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“Timerman.
El periodista que quiso ser parte del poder (1923-1999)”
Graciela Mochkofsky (Capítulo 6, pgs. 270-279)
“El
1° de abril, en tránsito hacia La Opinión, fue secuestrado
Edgardo Sajón, gerente técnico del diario: un hombre de dos
metros de alto a bordo de un auto, a las 10 y 30 de la mañana,
en camino de San Isidro a Barracas, se había desvanecido en
el aire. Nadie había visto nada. La Opinión publicó la noticia
a todo lo ancho de su tapa: “Ha conmovido a los medios periodísticos
y políticos del país la desaparición del seños Edgardo Sajón”.
Nada se sabía sobre los motivos de la desaparición- no se
hablaba de secuestro-; sólo que había dejado “su domicilio
conduciendo un automóvil Renault 12 break, de color blanco,
matrícula 725.183 de la Capital Federal”. La Opinión pedía
a sus lectores que acercaran “ a las autoridades” cualquier
información sobre el paradero de Sajón. Desde el 3 de abril,
el diario publicó cada día en su tapa un texto breve, pero
destacado, con el título “Sajón”, que decía: “Hoy se cumple
(tantos) días de la desaparición del señor Edgardo Sajón.
Ningún indicio ha trascendido aún sobre su paradero ni sobre
la identidad de quienes lo secuestraron. Ningún comunicado
oficial se ha producido, por otra parte, sobre la marcha de
la investigación”. No había nada en los artículos que hiciera
suponer que Sajón había sido detenido por miembros de las
fuerzas armadas. Pero Timerman, Jara y Casasbellas sabían
que habían sido los “duros”.
De inmediato, se extendió la versión de que el secuestro había
sido un tiro por elevación al general Lanusse, sujeto del
odio unánime de los militares (“duros” y “moderados”) porque
había permitido el regreso del peronismo. El ex presidente,
que lo entendió antes que nadie, se apresuró a pedir a Videla
por la vida de su ex secretario de Prensa e íntimo amigo.
Videla le confió que sospechaba de Suárez Mason, Camps y Saint
Jean, pero se declaró impotente; nada podía hacer. Lanusse
dejó la reunión furioso y dolorido. Se paseaba como un león
enjaulado por su casa de fin de semana, en el exclusivo country
club Lagartos. “Estuve con Videla – dijo a Yofre, su vecino-.
Este hombre no conduce, no manda. Así, esto se va a ir al
diablo. Hay que acabar con las situaciones por izquierda”.
Ni Lanusse, ni Timerman, ni los periodistas de La Opinión
lo sabían, pero Sajón ya estaba muerto: había sufrido un ataque
cardíaco durante una sesión de tortura en alguna cárcel clandestina
de la provincia de la Buenos Aires. Sus torturadores no imaginaron
que un hombre tan grande y de aspecto saludable, con sólo
42 años, tenía un corazón débil. Querían vincularlo con la
fortuna sucia de Graiver y así dañar a Lanusse. Había elementos
para unir a ambos: dos de los hijos del ex presidente habían
trabajado con Graiver, que había sido funcionario del gobierno
de Lanusse, y es probable que sus bancos manejarán ahorros
del general; Sajón mismo tenía unos miles de dólares en el
Banque pour I’ Amérique du Sud. Además, los “duros” se habían
enterado de que Sajón ayudaba a Lanusse a escribir un libro
de reflexiones políticas que, creían, éste planeaba utilizar
como base de lanzamiento para disputar la presidencia en el
futuro. Poco después de su encuentro con Videla, Lanusse difundió
un comunicado en el que aseguraba que el presidente le había
dicho que la desaparición de Sajón no tenía relación alguna
con la investigación de Graiver.
Unos días después, La Nueva Provincia, un diario ultraderechista
de Bahía Blanca ligado ideológicamente a la Marina y a los
militares bonaerenses, desató un escándalo al revelar que
Graiver y Gelbard habían tenido trato con los Montoneros.
Era la primera mención pública de esa relación. De inmediato,
los diarios y revistas nacionales tomaron el tema. La Nueva
Provincia mantuvo la delantera: actuaba como vocero de Suárez
Mason y Camps, que hacían propaganda de su investigación.
Era una pésima señal para Timerman, que mantenía una vieja
y pública enemistad con el diario. En julio del anterior,
en un largo y furioso editorial, La Nueva Provincia había
acusado a La Opinión de “subversiva”. “Si Jacobo Timerman
cree que una carta de ciudadanía concedida, hace algunos años,
cuando arribara desde la Unión Soviética, lo habilita para
enlodar nuestra Patria, se equivoca (...) Dedicada a proporcionar
un supuesto barniz intelectual a los oscuros mandatos de las
banderías izquierdosas, La Opinión, desde hace seis largos
años, ha enderezado su crítica baja y artera contra la Nación.
Para vaciar y viciar, groseramente, el perfil de nuestra cultura,
maneja el arte de corromper con una maestría inigualable.
Así, la cultura deviene una empresa subversiva: la familia,
un perjuicio burgués; la tradición resulta un vulgar lastre;
y día a día, semana a semana, domingo a domingo, La Opinión
hermana una cierta dosis de bolchevismo –oculto, ahora, bajo
las protestas democráticas, y favorables a las fuerzas armadas
en que rompen sus redactores- con una exaltación rastrera
de todo lo disolvente (...) Con la autoridad que nos otorga
una conducta de 78 años sirviendo a la Patria sin claudicar
ante ningún poderoso de turno, reiteramos que La Opinión,
vocero subversivo, conspira contra el país”.
El editorial reflejaba sin distorsiones la visión que tenían
de Timerman –y de su propia misión- los militares más reaccionarios.
El gobernador Saint Jean lo había dicho con mayor brutalidad
en aquel discurso que La Opinión había criticado, en el que
declaraba la guerra a los cómplices financieros y culturales
de la guerrilla. Los militares entendían que el enemigo comunista
se infiltraban en la Argentina no sólo por intermedio de las
guerrillas, sino, más eficazmente, a través de un sistema
de ideas “disolventes” que se difundían en diarios como La
Opinión, revistas, libros, películas y toda otra manifestación
intelectual –la dictadura puso tanto énfasis en destruirlos,
que llegó a extremos ridículos como detener al poseedor de
un libro titulado La subversión del arte- y que era sostenido
por una red de financistas que, bajo disfraz capitalista,
ayudaba a socavar, decía Camps, “los valores morales del cristianismo”.
Esos financistas, notaban los militares con honda conciencia
antisemita, eran mayormente judíos. Todo lo cual llevaba linealmente
a la conclusión de que existía un proyecto comunista –sionista
para tomar el país. “Se pelea más por la captación de conciencias
que de territorios”, escribió Camps. “Subversivo es –explicaba-
aquel que busca demoler los valores, la cultura y el orden
de un país que ha sido elegido como objetivo de una agresión
ideológica, agresión que, a su vez, tiene por objetivo dominar
al país para asimilarlo a un bloque político al que no pertenece
naturalmente (...) Por eso, los primeros pasos subversivos
procuran desencadenar la alteración social, educacional, religiosa
y económica, pasos previos a la acción armada o terrorista”.
Timerman concentraba todos los rasgos del enemigo. En la visión
de Camps, su apoyo al Proceso no significaba más que una estrategia
de distracción: “...mientras convencía a los gobiernos de
turno, civiles o militares, de su oficialismo en las páginas
dedicadas en La Opinión al análisis de la política nacional,
destruía las bases societarias en los suplementos culturales
y la sección destinada a reseñar la política internacional”.
José Ignacio López, que tenía muy buenas fuentes militares
insistió a Timerman en que debía irse. “Te van a chupar, te
van a agarrar”, le advirtió. “Yo tengo el cepillo de dientes
listo, yo voy dos días. En dos días estoy en casa. Quedate
tranquilo vos”, contestó Jacobo, con su aire displicente.
Lo mismo le dijo al coronel Cesio, que lo llamó por teléfono
para advertirle que no estaba seguro en Buenos Aires. “Estaba
esperando que lo pusieran en cana en cualquier momento –recordó
Cesio, todavía atónito-. Le dije : “Mirá, Jacobo, yo por vos
no puedo hacer nada, pero sabés que estoy de tu lado”. Él
sabía que iba a caer en cualquier momento.
La alusión de Timerman a que “aclararía todo” en el momento
de la detención refleja la extendida mentalidad de esos días:
sólo quienes habían “hecho algo” –los guerrilleros y sus cómplices-eran
sometidos a los horrores de la tortura. Si uno no había hecho
“nada”, no tenía que temer. Si uno era “importante” y tenía
aliados, mucho menos todavía. Timerman combatía a la guerrilla
desde La Opinión, había apoyado el golpe y el gobierno de
Videla y tenía buenos contactos militares. Seguramente, los
“duros” lo detendrían a plena luz del día, lo llevarían a
una comisaría, estallaría un escándalo internacional (¡Violación
a la libertad de prensa en la Argentina!¡Ataque antisemita
en la Argentina!) y los “moderados” obligarían a sus adversarios
internos a liberarlo. Tenía razón, pero no calculaba bien
la relación de fuerza internas del régimen, ni sus códigos,
ni el consenso sobre la naturaleza y los objetivos de la represión
ilegal.
Creía, como en los procesos anteriores, que los militares
habían venido a resolver el problema de la guerrilla y la
violencia y que, una vez finiquitado, volverían a los cuarteles,
quizás a esperar el siguiente llamado. Timerman debía hacer
todavía el descubrimiento de Grondona: que estos militares
eran una cosa nueva, brutal, cerrada sobre sí misma y ajena
a los deseos y valores de la sociedad, decididos a hacer parir
a sangre y fuego una nueva sociedad disciplinada, construida
sobre la base de los “valores morales del cristianismo”, sin
restos de lo que había sido en los malditos sesenta.
Era cierto que los “duros” sabían –y lo deseaban- que el escándalo
internacional dañaría a los “moderados”, que se esforzaban
por enderezar la imagen de su administración (no con un cambio
real de política de derechos humanos, sino con un mayor cuidado
por el secreto y con campañas de publicidad pagas en Estados
Unidos), y que alteraría sus planes de apertura política interna,
de los que Timerman había sido vocero principal desde La Opinión.
Los “moderados” sabían que “los duros” querían dañarlos, pero
no podían anteponer consideraciones políticas al sagrado acuerdo
interno de las fuerzas armadas sobre la necesidad de aniquilar
cualquier vestigio real de la “subversión” en cualquiera de
sus formas, y ese juramento común, que veía en el terrorismo
de Estado una cruzada santa, es el que Timerman no entrevió
a tiempo en sus aliados militares.
Aparentemente, Enrique Jara no tenía nada que temer. No tenía
antecedentes izquierditas ni relación con la guerrilla; se
encontraba frecuentemente con funcionarios militares, incluso
con algunos comandantes, para recoger información; apoyaba
la dictadura tanto o más que Timerman. Llevaba una cómoda
y relativamente apacible existencia burguesa. Vivía con su
mujer y sus hijos pequeños en una casa bien puesta en Acassuso,
un barrio de clase alta en el norte del Gran Buenos Aires.
La noche del jueves 14 de abril de 1977, el presidente de
un laboratorio farmacéutico lo invitó a cenar con su esposa
en su casa de La Lucila, un barrio cercano e igualmente opulento.
Otros tres matrimonios los acompañaron. La comida fue agradable.
Pasada la medianoche, los Jara se despidieron, subieron a
su auto y volvieron a su casa. Cuando jara dobló par entrar
a la cochera, un auto que estaba estacionado en la esquina
aceleró marcha atrás hacia él, como dispuesto a chocarlo.
Otro auto apareció por detrás, de la nada. Jara no tuvo tiempo
de sentir miedo. Los reflectores de su jardín se prendieron
todos a la vez; alguien los había orientado hacia la calle.
La luz inundó la escena, aturdiéndolo. Aparecieron varios
hombres, todos vestidos de civil. Unos tomaron del brazo a
la esposa de Jara y la llevaron hacia la casa, donde otros
esperaban desde hacía rato. Allí retenían a su madre tapada
con una sábana, como un mueble viejo, y a su hija mayor, de
9 años. Los otros chicos no se habían despertado. “Somos unos
compañeros montoneros que tenemos que hablar con Enrique”,
le dijeron a la esposa. “¿De qué me está hablando?”, contestó
la mujer. Afuera uno de ellos se presentaba ante Jara: “Soy
el teniente Medina, del Ejército Argentino. ¿Dónde está Timerman?”.
Jara seguía confundido. “Supongo que en la casa, porque salió
del diario un poco antes que yo”. Lo subieron a uno de los
autos y se lo llevaron hacia la Capital.
Jara no recordaba la dirección exacta, pero sus secuestradores
hicieron una consulta y la confirmaron: Ayacucho 2150. A la
1 y 30, entraron al edificio y subieron al piso 15, departamento
A. Dijeron a Jara que tocara el timbre y preguntara por Timerman.
Cuando éste abrió la puerta, el grupo llenó el living con
armas en las manos. El subcomisario Darío Rojas apoyó una
pistola en la frente de Timerman. Jara quedó en el comedor.
Los policías entraron al cuarto matrimonial y comenzaron a
revisar los cajones. Se guardaron el encendedor DuPont de
oro de Risha y un Rolex de oro de Jacobo. A Daniel y Javier,
que se habían despertado (Héctor no estaba en casa, porque
su padre le había comprado un departamento de soltero en San
Telmo), los encerraron en un cuarto. Ordenaron a Timerman
que se vistiera y buscara un abrigo, cigarrillos y medicinas,
si las necesitaba. Le pidieron las llaves del auto, lo esposaron,
arrancaron los cables telefónicos. “¿Qué tengo que hacer?¿A
dónde voy a preguntar, dónde lo voy a ver?”, rogó Risha. Le
dijeron que fuera a la Décima Brigada, en Palermo. Cubrieron
a Timerman con una manta, lo llevaron al subsuelo, le quitaron
la manta para que señalara cuál era su auto, le vendaron los
ojos, lo tiraron en el suelo en el asiento de atrás, volvieron
a cubrirlo, subieron al asiento y pusieron sus pies sobre
él. Era el procedimiento habitual de los secuestros o “chupadas”.
En otro auto subieron a Jara y partieron.
¿Por qué a Jara? Camps argumentó que Timerman había desaparecido
“de los lugares en que actuaba habitualmente” y que no podían
dar con él: “Sabíamos que no iba al diario, tampoco a su domicilio,
que tenía un hijo internado en una clínica y que pernoctaba
en distintos lugares”. No era cierto: Timerman había ido al
diario la tarde anterior a su secuestro, tal como lo dijo
Jara al oficial que lo detuvo, y dormía en su casa. Tampoco
lo necesitaban para que les dijera dónde vivía Timerman, porque
lo sabían. Lo más probable es que fuera un ardid típico de
la policía: al verlo llegar a su casa con los secuestradores,
Timerman pensaría que Jara era su entregador y se pondría
en su contra; el enfrentamiento sería útil a la hora de los
interrogatorios.
Una hora después, el auto que llevaba a Timerman se detuvo.
Oyó un chirrido de portones y perros ladrando. Lo hicieron
bajar, lo tiraron al suelo, sobre césped. “Me siento realizado”
dijo uno de los hombres. El mismo, u otro, apretó un revólver
contra su cabeza: “Voy a contar hasta diez. Despedite, Jacobito.
Se te terminó”. Timerman no dijo nada. “¿No querés tus oraciones?”.
La voz comenzó a contra. Cuando llegó a diez, los hombres
se rieron con ganas. Volvieron a subirlo al auto, que siguió
su viaje hasta que otra vez se detuvo y lo sacaron, lo sentaron
en una silla junto a Jara (supo que era Jara), lo hicieron
subir escaleras y le descubrieron los ojos. Frente a él había
cuatro hombres, dos de uniforme militar, uno vestido de policía
y otro de civil. Uno de ellos le preguntó: “¿Sabe quién soy?”.
Timerman no lo conocía. “Soy el coronel Camps. De lo que usted
diga aquí depende vida”, le advirtió, y le extendió un vaso
de agua. Estaban en la jefatura de policía de la provincia
de Buenos Aires, en La Plata. Timerman conocía le lugar: había
ido a hacer un trámite para el curso de ingreso universitario
que había iniciado treinta años antes. Los policías eran el
subcomisario Darío Rojas y el comisario Miguel Etchecolatz,
“director de investigaciones” y mano derecha de Camps en la
represión clandestina. Lo sometieron a su primer interrogatorio,
que duró más o menos una hora. Luego de las preguntas formales
–edad, estudios, historia profesional-, le preguntaron por
Graiver. Contestó que había el 45 por ciento del paquete accionario
original, pero la participación de los herederos de Graiver
se reducía en ese momento a un insignificante dos por ciento
de la planta impresora y otro mínimo cuatro por ciento en
el diario.
-¿Qué relación tenía Graiver con al banda subversiva Montoneros?.
-No conozco en absoluto la vinculación que pueda tener Graiver
con Montoneros, ni oí tampoco referencias sobre el tema en
ninguna oportunidad. Las únicas dos o tres oportunidades en
que hablamos sobre esos temas, Graiver, no refiriéndose específicamente
a Montoneros sino a ‘la pesada’ o a la guerrilla, me recomendó
que no siguiera escribiendo cosas tan duras en el diario porque
si no, me iban a hacer boleta. Es completamente incierto que
yo haya apoyado o apoye a la guerrilla.
Camps volvió varias veces sobre Graiver. “Mis contactos con
él no eran íntimos –dijo Timerman-. Conozco de él lo que todo
el mundo sabe: que era un tipo muy extraño, que toda su vida
era muy rara”. Camps preguntó sobre otra de sus obsesiones:¿le
había hablado Graiver sobre la candidatura de Lanusse? “Es
uno de los tanto temas de lo que hablamos –dijo Timerman-.
Yo consideré que el resultado de este proceso tenía que ser
la continuidad de un candidato o dos aceptados por las fuerzas
armadas. En las elecciones se tendrían que elegir únicamente
dos candidatos, o uno fijado por las fuerzas armadas. Esto
es todo lo que tengo que decir”.
El coronel se dio por satisfecho. Hizo firmar a Timerman la
trascripción del interrogatorio, que había sido grabado de
principio a fin. Lo hicieron esperar en una sala con ventanas
a la calle, donde también estaba Jara. El policía que los
custodiaba les dijo: “Dentro de un rato se van a casa los
dos”. Luego vinieron otros, que los esposaron y lo llevaron
de vuelta al auto. Lo sentaron el asiento trasero, con dos
policías adelante, y manejaron durante una hora y media. Llegaron
a un lugar que, por lo que pudo ver desde el auto, identificó
como el regimiento militar de Campo de Mayo. Le vendaron los
ojos y lo llevaron a una celda vacía, con cama de cemento.
Lo desvistieron y le quitaron la venda. Entraron dos hombres
robustos de mamelucos verde oliva y capuchas, y otro hombre
más pequeño, de mameluco azul y capucha, a quien Timerman
identificó de inmediato como el jefe. Le dieron un mameluco
blanco y zapatillas blancas, para que se vistiera. Timerman
conservaba su arrogancia. “Soy el director de La Opinión -los
desafió- y sé que estoy en Campo de Mayo”. Uno de los de mameluco
verde preguntó al de azul: “¿Le mostramos dónde está?”, y
tomó a Timerman de un brazo. El otro de mameluco verde hizo
lo mismo. “No, no, suéltenlo, déjenlo tranquilo”, ordenó el
jefe (Timerman supo después era Rojas). Le trajeron una cama
y un colchón, y lo dejaron solo en la celda. Al día siguiente,
volvieron a vendarle los ojos y, bastante amablemente, lo
sometieron a un nuevo interrogatorio. Volvió a la celda. Dos
días después, llegaron a buscarlo. Lo vendaron, le ataron
las manos a la espalda y lo sacaron de Campo de Mayo. Alguien
dijo: “Se terminó la joda”. Lo tiraron boca abajo en una camioneta,
que se puso en movimiento.
Luego de un largo viaje, llegaron a un campo clandestino llamado
“Puesto vasco”, cerca de Quilmes. Lo desnudaron, lo acostaron
en cama de lona llena de agua, le ataron lo pies y las manos
y le aplicaron descargas eléctricas en todo el cuerpo. Lo
interrogaron sobre su relación con la guerrilla y la orientación
ideológica de La Opinión . Le mencionaron artículos publicados
por el diario que supuestamente probaban su vínculo con la
guerrilla y mostraban que el diario era marxista. Lo torturaron
especialmente al recordar sus críticas al general Saint-Jean
y la publicación de hábeas corpus. Se ensañaban porque era
judío. Lo preguntaban si era judío, si era sionista, si La
Opinión era sionista. Dijo a todo que sí. Le preguntaron sobre
su relación con el embajador de Israel, sobre el vínculo de
Montoneros con el sionismo y con el Estado de Israel, y sobre
una imaginaria reunión del premier israelí Menachem Begin
con Montoneros en la Argentina; quisieron que confesara su
participación en el Plan Andinia, la fantasiosa conspiración
judía de los Sabios de Sión para apoderase de la Patagonia.
No sabía quién lo había interrogado. Eran dos voces. Un tercer
hombre, silencioso, no le sacaba las manos de encima: le tiraba
la lengua hacia fuera para que no se la tragara, le ponía
algo en la boca que le impedía apretar los dientes, le auscultaba
el corazón, le recorría la cintura con las manos. Timerman
perdió la noción del tiempo. Lo devolvieron a su celda a las
patadas. Quedó tirado, muerto de dolor. Lo atormentaban, en
especial, las encías. Del otro lado de la reja, una voz le
preguntó cómo se sentía. Timerman contestó que muy mal. “A
ver, sáquese la venta”, dijo la voz. Le revisó las encías
con cuidado. “No le va a pasar nada, no se preocupe”, le aseguró.
Se presentó: “Soy el que lo atendía mientras lo interrogaban”.
Era el médico policial Jorge Bergés”.
(1) Extraído del capítulo 8 (pgs 395 a 401) del libro de Graciela
Mochkofsky, “Timerman, el periodista que quiso ser parte del
poder (1923 – 1999) de Editorial Sudamericana.
Comentarios sobre el libro Timerman:
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=578923
(Del periodista Tomás Eloy Martínez, publicada en La Nación,
el 6 de marzo de 2004)
http://www.pagina12web.com.ar/suplementos/libros/vernota.php?id_nota=939&sec=10-19k
(De Página/12, Argentina)
Respuesta del perodista Hector Timerman a propósito
del artículo publicado por Tomás Eloy Martínez
en La Nación que aquí se reproduce:
De
Camps a Eloy Martínez
Hace unos
años tuve la oportunidad de preguntarle a un activista
por los derechos humanos muy vinculado a James Carter cómo
había logrado sobrevivir en un campo de concentración
nazi. La respuesta es tan instructiva como breve: "Jamás
le preguntes eso a un sobreviviente".
Nunca lo hice ni siquiera cuando mi padre en sus noches de
insomnio me hablaba de los meses en que estuvo secuestrado
y desaparecido. Se que pasó por los centros clandestinos
Puesto Vasco, Pozo de Banfield y Coti Martinez. También
se, por otros prisioneros, que fue brutalmente torturado,
y que el coronel Ramón Camps dirigía personalmente
las sesiones de tormentos.
Para muchos argentinos Camps es el símbolo de la más
brutal violencia ejercida durante la dictadura. No así
para el escritor Tomás Eloy Martínez. Para él
Camps es una fuente de información valida. Alcanza
con el testimonio de Camps para elaborar un juicio sobre una
víctima de la dictadura. O tal vez sobre todas. O peor
aún sobre la dictadura misma.
Para Martinez Camps no torturaba, simplemente interrogaba.
¿Es lo mismo interrogar que torturar?.
Camps dejó un testimonio donde indica que Jacobo Timerman
acusó de extremistas a algunos colegas. Para Martinez
es suficiente utilizar dicha afirmación en su artículo
publicado en La Nación. Para martinez la palabra de
Camps alcanza para describir a Jacobo Timerman. ¿También
alcanza para describir a los miles de personas que fueron
torturadas por Camps, o interrogadas según la definición
de Martínez?
El tema en cuestión no es mi padre. Me alcanza con
saber que sus colegas de todo el mundo lo eligieron entre
los 50 héroes del periodismo del siglo pasado.
El tema en cuestión pasa por otro lado. ¿Están
los periodistas dispuestos a aceptar que la picana y la sala
de torturas, que los centros clandestinos y que la relación
entre un torturador y su víctima se conviertan en herramientas
para buscar información?
Porque entonces podriamos preguntarle a Alfredo Astiz que
nos relate las últimas horas de cada una de sus víctimas
y juzguémoslas con ese único testimonio.
Sería ilustrativo para nuestros lectores que muchos
periodistas opinen sobre este tema. A mi me gustaría
conocer, porque les tengo una alta estima profesional, la
opinión de Horacio Verbitsky, Rogelio García
Lupo, Mario Diament, José Ignacio López, Victor
Hugo Morales, Joaquín Morales Solá y Martín
Granovsky. Son periodistas que han asumido riesgos mucho mayores
que opinar sobre la actitud de Tomás Eloy Martinez.
Espero que lo hagan.
Ya en
otra oportunidad la obsesión de Martinez con mi padre
lo llevó a afirmar que utilizar a Camps como fuente
es tan valida como utilizar las transcripciones de los interrogatorios
de Joseph Macarthy cuando perseguía supuestos comunistas
en Estados Unidos.
El macartismo con todo lo siniestro que fue, con todo el dolor
que produjo fue llevado adelante en una democracia, los interrogatorios
se realizaban en el Senado y la mayoría de las sesiones
fueron filmadas.
Con su comparación Martinez humaniza la dictadura y
se convierte en su mejor defensor.
Ahora es el turno de preguntar a los activistas de los derechos
humanos si comparten esta comparación de Martinez.
Si es como Martínez afirma deberíamos cambiar
todos nuestros juicios de valores sobre la dictadura, la democracia,
y los objetivos de la lucha por la dignidad del ser humano.
Sería importante que gente querida y respetada como
Estela de Carlotto, Miriam Lewin, Lila Pastoriza, Juan Carlos
Dante Gullo, Julio Strasera, Luis Moreno Ocampo y especialmente
quienes fueron torturados por Camps dieran su opinión.
Expertos en la recuperación de víctimas de la
tortura sostienen que los torturados son considerados menos
que humanos por sus victimarios. Son, en general, caracterizados
como animales, subversivos, "los otros", etc. Son
los enemigos que deben ser derrotados. Los enemigos a los
que se les puede aplicar cualquier tormento porque es la tarea
del torturador lograr que su víctima pierda su condición
humana.
Esto es lo que trató de hacer Camps con mi padre y
lo difícil de entender es que el resultado lo logró
con Tomás Eloy Martinez.
Ramón Camps ha encontrado su protector intelectual.
Nota
de Héctor Timerman en revista NOTICIAS del 13 de Marzo
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