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A 27 años del secuestro del fundador del diario La Opinión
Veintisiete años después,
Jacobo Timerman sigue escribiendo
Cuando un jefe de redacción se vuelve furioso y exigente ante uno de sus periodistas, surge el mito de Jacobo Timerman. Cuando alguien recuerda el papel cómplice que los grandes empresarios periodísticos de nuestro país tuvieron durante la última dictadura militar, emerge su figura. Talentoso, innovador en la prensa gráfica y un conspirador permanente, Timerman resiste el paso del tiempo.
El 15 de abril de 1977, un grupo de tareas del Ejército secuestró al periodista Jacobo Timerman, en aquel momento director del diario La Opinión. El periodista más polémico y más reconocido en el exterior. Timerman marcó al periodismo argentino, a través de sus dos mejores creaciones: la revista “Primera Plana” y el mencionado matutino “La Opinión”.

Timerman nació en Bar, un pueblo de Ucrania el 6 de enero de 1923 y llegó a la Argentina a los cinco años. Sus primeros pasos en la profesión fueron en la agencia France Press, luego pasaría por las redacciones de El Nacional, Noticias Gráficas, La Razón y Clarín. Su época más prolífica comenzó en 1962 con la edición de la revista “Primera Plana” y su continuadora “Confirmado”.
Un innovador
La Opinión se editó en Buenos Aires desde 1971 a 1979. Fue un tabloide sin fotografías en el que se valoraba el análisis de la noticia y que introdujo innovaciones periodísticas que aún hoy tienen vigencia. Y su capacidad que armar redacciones con profesionales talentosos. Su aparición coincidió con el ascenso del presidente de facto, el general Alejandro Agustín Lanusse.

Todas sus publicaciones tuvieron un tinte polémico con respecto a los análisis de la realidad política y marcaron una vanguardia en temas literarios y culturales. Por sus páginas pasaron periodistas de renombre como Ramiro de Casasbellas (ya fallecido), Tomás Eloy Martínez (actual columnista de La Nación), Juan Gelman (columnista de Página/12, Julio y Juan Carlos Algañaraz (actuales corresponsales en Europa del diario Clarín); Horacio Verbitsky (actual presidente del CELS y colaborador de Página/12), Osvaldo Soriano (fallecido); Mariano Grondona (columnista de La Nación); Julio Nudler (Página/12); Miguel Bonasso (actual diputado nacional); Paco Urondo (ya fallecido) y Ernesto Schoo (La Nación), entre otros.
La persecución
Durante la dictadura militar que se inició el 24 de marzo de 1976, Timerman fue acusado de haberse asociado con el banquero David Graiver, a quien, a su vez, se lo acusaba de administrar fondos de la guerrilla peronista Montoneros.

Un año después de su detención, luego de ser torturado por el general Ramón Camps, Timerman fue expulsado del país. Se radicó en Israel, privado de su ciudadanía argentina. Allí generó también polémicas. Se opuso a la política oficial de Tel Aviv con respecto al conflicto de Medio Oriente. Desde Estados Unidos denunció la existencia de campos clandestinos de detención en la Argentina y criticó la política de derechos humanos del presidente norteamericano Ronald Reagan.
La asamblea de la SIP de 1980

El 30 de octubre de 1980 - aún cuando en la Argentina se vivía una dictadura militar - en la 36° Asamblea General de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) realizada en San Diego (California, EE.UU) enfrentó a los directores y editores periodísticos de nuestro país, allí presentes, quienes al intentar desacreditarlo defendieron al régimen argentino. En esa memorable sesión se enfrentó con Annuar Jorge (El Pregón de Jujuy); Máximo Gainza (La Prensa); Raúl Kraiselburd (El Día de La Plata); y José Claudio Escribano (por entonces jefe de editoriales de La Nación y actual subdirector del mismo matutino. Sobre Escribano, leer http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/diarios/zona_dura/7-10-2003.htm).
Un año después, en 1981, la Universidad de Columbia decidió premiar a Timerman con el prestigioso “María Moors Cabot”. Una vez más los editores periodísticos de la Argentina se opusieron. Además de los ya mencionados, reaccionaron Bartolomé Mitre (La Nación), Diana de Massot (directora de La Nueva Provincia de Bahía Blanca), Elena Mangieri de Valmaggia (viuda del ex subdirector de La Nación); Jorge Remonda Ruibal (La Voz del Interior de Córdoba), Carlos Ovidio Lagos (La Capital de Rosario), María Constanza Huergo (La Prensa), Ernestina Herrera de Noble (Clarín, se puede leer http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/diarios/zona_dura/12-1-2004.htm ), los hijos del fallecido periodista de La Prensa José Santos Gollán, Enrique Nores Martínez, ex director de Los Principios y el historietista Juan Carlos Colombres (conocido como Landrú). (1)

Regresó al país el 23 de marzo de 1984. Declaró en el juicio a los comandantes de la Junta Militar (1976/83) y dirigió un proyecto fallido de renovación del diario vespertino La Razón. Falleció el 11 de noviembre de 1999. Un día después, en Clarín, el entonces secretario de redacción, Roberto Guareschi, firmó “Voy a hablar bien de Jacobo Timerman”. La nota aún se puede leer en http://old.clarin.com/diario/1999/11/12/e-04102d.htm El periodista también de Clarín, Jorge Aulicino (actual editor de la sección El País, del mismo matutino) escribió el artículo “Murió Jacobo Timerman, un innovador del periodismo”. Se puede leer en http://old.clarin.com/diario/1999/11/12/e-04001d.htm

El año pasado se editó en Buenos Aires el libro “Timerman - El periodista que quiso ser parte del poder” (Editorial Sudamericana) escrito por la periodista Graciela Mochkofsky (ex Página/12 y La Nación). La obra fue considerada por los periodistas argentinos como una de las mejores investigaciones periodísticas que se hicieron en nuestro país. Por ejemplo, el director y editor de Ambito Financiero, Julio Ramos dijo en la edición del 25 de noviembre de 2003 que “es una obra valiosa por tratarse de las mas objetivas que se hayan escrito” Tiene la virtud de mostrar a Timerman desde todas las ópticas posibles.

El DsD, pone al servicio de los lectores, un tramo de ese libro en el cual se narra el secuestro de Jacobo Timerman. Fue un día como hoy. Hace 27 años.

 

Libro:

“Timerman. El periodista que quiso ser parte del poder (1923-1999)”
Graciela Mochkofsky (Capítulo 6, pgs. 270-279)

“El 1° de abril, en tránsito hacia La Opinión, fue secuestrado Edgardo Sajón, gerente técnico del diario: un hombre de dos metros de alto a bordo de un auto, a las 10 y 30 de la mañana, en camino de San Isidro a Barracas, se había desvanecido en el aire. Nadie había visto nada. La Opinión publicó la noticia a todo lo ancho de su tapa: “Ha conmovido a los medios periodísticos y políticos del país la desaparición del seños Edgardo Sajón”. Nada se sabía sobre los motivos de la desaparición- no se hablaba de secuestro-; sólo que había dejado “su domicilio conduciendo un automóvil Renault 12 break, de color blanco, matrícula 725.183 de la Capital Federal”. La Opinión pedía a sus lectores que acercaran “ a las autoridades” cualquier información sobre el paradero de Sajón. Desde el 3 de abril, el diario publicó cada día en su tapa un texto breve, pero destacado, con el título “Sajón”, que decía: “Hoy se cumple (tantos) días de la desaparición del señor Edgardo Sajón. Ningún indicio ha trascendido aún sobre su paradero ni sobre la identidad de quienes lo secuestraron. Ningún comunicado oficial se ha producido, por otra parte, sobre la marcha de la investigación”. No había nada en los artículos que hiciera suponer que Sajón había sido detenido por miembros de las fuerzas armadas. Pero Timerman, Jara y Casasbellas sabían que habían sido los “duros”.
De inmediato, se extendió la versión de que el secuestro había sido un tiro por elevación al general Lanusse, sujeto del odio unánime de los militares (“duros” y “moderados”) porque había permitido el regreso del peronismo. El ex presidente, que lo entendió antes que nadie, se apresuró a pedir a Videla por la vida de su ex secretario de Prensa e íntimo amigo. Videla le confió que sospechaba de Suárez Mason, Camps y Saint Jean, pero se declaró impotente; nada podía hacer. Lanusse dejó la reunión furioso y dolorido. Se paseaba como un león enjaulado por su casa de fin de semana, en el exclusivo country club Lagartos. “Estuve con Videla – dijo a Yofre, su vecino-. Este hombre no conduce, no manda. Así, esto se va a ir al diablo. Hay que acabar con las situaciones por izquierda”. Ni Lanusse, ni Timerman, ni los periodistas de La Opinión lo sabían, pero Sajón ya estaba muerto: había sufrido un ataque cardíaco durante una sesión de tortura en alguna cárcel clandestina de la provincia de la Buenos Aires. Sus torturadores no imaginaron que un hombre tan grande y de aspecto saludable, con sólo 42 años, tenía un corazón débil. Querían vincularlo con la fortuna sucia de Graiver y así dañar a Lanusse. Había elementos para unir a ambos: dos de los hijos del ex presidente habían trabajado con Graiver, que había sido funcionario del gobierno de Lanusse, y es probable que sus bancos manejarán ahorros del general; Sajón mismo tenía unos miles de dólares en el Banque pour I’ Amérique du Sud. Además, los “duros” se habían enterado de que Sajón ayudaba a Lanusse a escribir un libro de reflexiones políticas que, creían, éste planeaba utilizar como base de lanzamiento para disputar la presidencia en el futuro. Poco después de su encuentro con Videla, Lanusse difundió un comunicado en el que aseguraba que el presidente le había dicho que la desaparición de Sajón no tenía relación alguna con la investigación de Graiver.
Unos días después, La Nueva Provincia, un diario ultraderechista de Bahía Blanca ligado ideológicamente a la Marina y a los militares bonaerenses, desató un escándalo al revelar que Graiver y Gelbard habían tenido trato con los Montoneros. Era la primera mención pública de esa relación. De inmediato, los diarios y revistas nacionales tomaron el tema. La Nueva Provincia mantuvo la delantera: actuaba como vocero de Suárez Mason y Camps, que hacían propaganda de su investigación. Era una pésima señal para Timerman, que mantenía una vieja y pública enemistad con el diario. En julio del anterior, en un largo y furioso editorial, La Nueva Provincia había acusado a La Opinión de “subversiva”. “Si Jacobo Timerman cree que una carta de ciudadanía concedida, hace algunos años, cuando arribara desde la Unión Soviética, lo habilita para enlodar nuestra Patria, se equivoca (...) Dedicada a proporcionar un supuesto barniz intelectual a los oscuros mandatos de las banderías izquierdosas, La Opinión, desde hace seis largos años, ha enderezado su crítica baja y artera contra la Nación. Para vaciar y viciar, groseramente, el perfil de nuestra cultura, maneja el arte de corromper con una maestría inigualable. Así, la cultura deviene una empresa subversiva: la familia, un perjuicio burgués; la tradición resulta un vulgar lastre; y día a día, semana a semana, domingo a domingo, La Opinión hermana una cierta dosis de bolchevismo –oculto, ahora, bajo las protestas democráticas, y favorables a las fuerzas armadas en que rompen sus redactores- con una exaltación rastrera de todo lo disolvente (...) Con la autoridad que nos otorga una conducta de 78 años sirviendo a la Patria sin claudicar ante ningún poderoso de turno, reiteramos que La Opinión, vocero subversivo, conspira contra el país”.
El editorial reflejaba sin distorsiones la visión que tenían de Timerman –y de su propia misión- los militares más reaccionarios. El gobernador Saint Jean lo había dicho con mayor brutalidad en aquel discurso que La Opinión había criticado, en el que declaraba la guerra a los cómplices financieros y culturales de la guerrilla. Los militares entendían que el enemigo comunista se infiltraban en la Argentina no sólo por intermedio de las guerrillas, sino, más eficazmente, a través de un sistema de ideas “disolventes” que se difundían en diarios como La Opinión, revistas, libros, películas y toda otra manifestación intelectual –la dictadura puso tanto énfasis en destruirlos, que llegó a extremos ridículos como detener al poseedor de un libro titulado La subversión del arte- y que era sostenido por una red de financistas que, bajo disfraz capitalista, ayudaba a socavar, decía Camps, “los valores morales del cristianismo”. Esos financistas, notaban los militares con honda conciencia antisemita, eran mayormente judíos. Todo lo cual llevaba linealmente a la conclusión de que existía un proyecto comunista –sionista para tomar el país. “Se pelea más por la captación de conciencias que de territorios”, escribió Camps. “Subversivo es –explicaba- aquel que busca demoler los valores, la cultura y el orden de un país que ha sido elegido como objetivo de una agresión ideológica, agresión que, a su vez, tiene por objetivo dominar al país para asimilarlo a un bloque político al que no pertenece naturalmente (...) Por eso, los primeros pasos subversivos procuran desencadenar la alteración social, educacional, religiosa y económica, pasos previos a la acción armada o terrorista”. Timerman concentraba todos los rasgos del enemigo. En la visión de Camps, su apoyo al Proceso no significaba más que una estrategia de distracción: “...mientras convencía a los gobiernos de turno, civiles o militares, de su oficialismo en las páginas dedicadas en La Opinión al análisis de la política nacional, destruía las bases societarias en los suplementos culturales y la sección destinada a reseñar la política internacional”.
José Ignacio López, que tenía muy buenas fuentes militares insistió a Timerman en que debía irse. “Te van a chupar, te van a agarrar”, le advirtió. “Yo tengo el cepillo de dientes listo, yo voy dos días. En dos días estoy en casa. Quedate tranquilo vos”, contestó Jacobo, con su aire displicente. Lo mismo le dijo al coronel Cesio, que lo llamó por teléfono para advertirle que no estaba seguro en Buenos Aires. “Estaba esperando que lo pusieran en cana en cualquier momento –recordó Cesio, todavía atónito-. Le dije : “Mirá, Jacobo, yo por vos no puedo hacer nada, pero sabés que estoy de tu lado”. Él sabía que iba a caer en cualquier momento.



La alusión de Timerman a que “aclararía todo” en el momento de la detención refleja la extendida mentalidad de esos días: sólo quienes habían “hecho algo” –los guerrilleros y sus cómplices-eran sometidos a los horrores de la tortura. Si uno no había hecho “nada”, no tenía que temer. Si uno era “importante” y tenía aliados, mucho menos todavía. Timerman combatía a la guerrilla desde La Opinión, había apoyado el golpe y el gobierno de Videla y tenía buenos contactos militares. Seguramente, los “duros” lo detendrían a plena luz del día, lo llevarían a una comisaría, estallaría un escándalo internacional (¡Violación a la libertad de prensa en la Argentina!¡Ataque antisemita en la Argentina!) y los “moderados” obligarían a sus adversarios internos a liberarlo. Tenía razón, pero no calculaba bien la relación de fuerza internas del régimen, ni sus códigos, ni el consenso sobre la naturaleza y los objetivos de la represión ilegal.
Creía, como en los procesos anteriores, que los militares habían venido a resolver el problema de la guerrilla y la violencia y que, una vez finiquitado, volverían a los cuarteles, quizás a esperar el siguiente llamado. Timerman debía hacer todavía el descubrimiento de Grondona: que estos militares eran una cosa nueva, brutal, cerrada sobre sí misma y ajena a los deseos y valores de la sociedad, decididos a hacer parir a sangre y fuego una nueva sociedad disciplinada, construida sobre la base de los “valores morales del cristianismo”, sin restos de lo que había sido en los malditos sesenta.
Era cierto que los “duros” sabían –y lo deseaban- que el escándalo internacional dañaría a los “moderados”, que se esforzaban por enderezar la imagen de su administración (no con un cambio real de política de derechos humanos, sino con un mayor cuidado por el secreto y con campañas de publicidad pagas en Estados Unidos), y que alteraría sus planes de apertura política interna, de los que Timerman había sido vocero principal desde La Opinión. Los “moderados” sabían que “los duros” querían dañarlos, pero no podían anteponer consideraciones políticas al sagrado acuerdo interno de las fuerzas armadas sobre la necesidad de aniquilar cualquier vestigio real de la “subversión” en cualquiera de sus formas, y ese juramento común, que veía en el terrorismo de Estado una cruzada santa, es el que Timerman no entrevió a tiempo en sus aliados militares.



Aparentemente, Enrique Jara no tenía nada que temer. No tenía antecedentes izquierditas ni relación con la guerrilla; se encontraba frecuentemente con funcionarios militares, incluso con algunos comandantes, para recoger información; apoyaba la dictadura tanto o más que Timerman. Llevaba una cómoda y relativamente apacible existencia burguesa. Vivía con su mujer y sus hijos pequeños en una casa bien puesta en Acassuso, un barrio de clase alta en el norte del Gran Buenos Aires.
La noche del jueves 14 de abril de 1977, el presidente de un laboratorio farmacéutico lo invitó a cenar con su esposa en su casa de La Lucila, un barrio cercano e igualmente opulento. Otros tres matrimonios los acompañaron. La comida fue agradable. Pasada la medianoche, los Jara se despidieron, subieron a su auto y volvieron a su casa. Cuando jara dobló par entrar a la cochera, un auto que estaba estacionado en la esquina aceleró marcha atrás hacia él, como dispuesto a chocarlo. Otro auto apareció por detrás, de la nada. Jara no tuvo tiempo de sentir miedo. Los reflectores de su jardín se prendieron todos a la vez; alguien los había orientado hacia la calle. La luz inundó la escena, aturdiéndolo. Aparecieron varios hombres, todos vestidos de civil. Unos tomaron del brazo a la esposa de Jara y la llevaron hacia la casa, donde otros esperaban desde hacía rato. Allí retenían a su madre tapada con una sábana, como un mueble viejo, y a su hija mayor, de 9 años. Los otros chicos no se habían despertado. “Somos unos compañeros montoneros que tenemos que hablar con Enrique”, le dijeron a la esposa. “¿De qué me está hablando?”, contestó la mujer. Afuera uno de ellos se presentaba ante Jara: “Soy el teniente Medina, del Ejército Argentino. ¿Dónde está Timerman?”. Jara seguía confundido. “Supongo que en la casa, porque salió del diario un poco antes que yo”. Lo subieron a uno de los autos y se lo llevaron hacia la Capital.
Jara no recordaba la dirección exacta, pero sus secuestradores hicieron una consulta y la confirmaron: Ayacucho 2150. A la 1 y 30, entraron al edificio y subieron al piso 15, departamento A. Dijeron a Jara que tocara el timbre y preguntara por Timerman. Cuando éste abrió la puerta, el grupo llenó el living con armas en las manos. El subcomisario Darío Rojas apoyó una pistola en la frente de Timerman. Jara quedó en el comedor. Los policías entraron al cuarto matrimonial y comenzaron a revisar los cajones. Se guardaron el encendedor DuPont de oro de Risha y un Rolex de oro de Jacobo. A Daniel y Javier, que se habían despertado (Héctor no estaba en casa, porque su padre le había comprado un departamento de soltero en San Telmo), los encerraron en un cuarto. Ordenaron a Timerman que se vistiera y buscara un abrigo, cigarrillos y medicinas, si las necesitaba. Le pidieron las llaves del auto, lo esposaron, arrancaron los cables telefónicos. “¿Qué tengo que hacer?¿A dónde voy a preguntar, dónde lo voy a ver?”, rogó Risha. Le dijeron que fuera a la Décima Brigada, en Palermo. Cubrieron a Timerman con una manta, lo llevaron al subsuelo, le quitaron la manta para que señalara cuál era su auto, le vendaron los ojos, lo tiraron en el suelo en el asiento de atrás, volvieron a cubrirlo, subieron al asiento y pusieron sus pies sobre él. Era el procedimiento habitual de los secuestros o “chupadas”. En otro auto subieron a Jara y partieron.
¿Por qué a Jara? Camps argumentó que Timerman había desaparecido “de los lugares en que actuaba habitualmente” y que no podían dar con él: “Sabíamos que no iba al diario, tampoco a su domicilio, que tenía un hijo internado en una clínica y que pernoctaba en distintos lugares”. No era cierto: Timerman había ido al diario la tarde anterior a su secuestro, tal como lo dijo Jara al oficial que lo detuvo, y dormía en su casa. Tampoco lo necesitaban para que les dijera dónde vivía Timerman, porque lo sabían. Lo más probable es que fuera un ardid típico de la policía: al verlo llegar a su casa con los secuestradores, Timerman pensaría que Jara era su entregador y se pondría en su contra; el enfrentamiento sería útil a la hora de los interrogatorios.
Una hora después, el auto que llevaba a Timerman se detuvo. Oyó un chirrido de portones y perros ladrando. Lo hicieron bajar, lo tiraron al suelo, sobre césped. “Me siento realizado” dijo uno de los hombres. El mismo, u otro, apretó un revólver contra su cabeza: “Voy a contar hasta diez. Despedite, Jacobito. Se te terminó”. Timerman no dijo nada. “¿No querés tus oraciones?”. La voz comenzó a contra. Cuando llegó a diez, los hombres se rieron con ganas. Volvieron a subirlo al auto, que siguió su viaje hasta que otra vez se detuvo y lo sacaron, lo sentaron en una silla junto a Jara (supo que era Jara), lo hicieron subir escaleras y le descubrieron los ojos. Frente a él había cuatro hombres, dos de uniforme militar, uno vestido de policía y otro de civil. Uno de ellos le preguntó: “¿Sabe quién soy?”. Timerman no lo conocía. “Soy el coronel Camps. De lo que usted diga aquí depende vida”, le advirtió, y le extendió un vaso de agua. Estaban en la jefatura de policía de la provincia de Buenos Aires, en La Plata. Timerman conocía le lugar: había ido a hacer un trámite para el curso de ingreso universitario que había iniciado treinta años antes. Los policías eran el subcomisario Darío Rojas y el comisario Miguel Etchecolatz, “director de investigaciones” y mano derecha de Camps en la represión clandestina. Lo sometieron a su primer interrogatorio, que duró más o menos una hora. Luego de las preguntas formales –edad, estudios, historia profesional-, le preguntaron por Graiver. Contestó que había el 45 por ciento del paquete accionario original, pero la participación de los herederos de Graiver se reducía en ese momento a un insignificante dos por ciento de la planta impresora y otro mínimo cuatro por ciento en el diario.
-¿Qué relación tenía Graiver con al banda subversiva Montoneros?.
-No conozco en absoluto la vinculación que pueda tener Graiver con Montoneros, ni oí tampoco referencias sobre el tema en ninguna oportunidad. Las únicas dos o tres oportunidades en que hablamos sobre esos temas, Graiver, no refiriéndose específicamente a Montoneros sino a ‘la pesada’ o a la guerrilla, me recomendó que no siguiera escribiendo cosas tan duras en el diario porque si no, me iban a hacer boleta. Es completamente incierto que yo haya apoyado o apoye a la guerrilla.
Camps volvió varias veces sobre Graiver. “Mis contactos con él no eran íntimos –dijo Timerman-. Conozco de él lo que todo el mundo sabe: que era un tipo muy extraño, que toda su vida era muy rara”. Camps preguntó sobre otra de sus obsesiones:¿le había hablado Graiver sobre la candidatura de Lanusse? “Es uno de los tanto temas de lo que hablamos –dijo Timerman-. Yo consideré que el resultado de este proceso tenía que ser la continuidad de un candidato o dos aceptados por las fuerzas armadas. En las elecciones se tendrían que elegir únicamente dos candidatos, o uno fijado por las fuerzas armadas. Esto es todo lo que tengo que decir”.
El coronel se dio por satisfecho. Hizo firmar a Timerman la trascripción del interrogatorio, que había sido grabado de principio a fin. Lo hicieron esperar en una sala con ventanas a la calle, donde también estaba Jara. El policía que los custodiaba les dijo: “Dentro de un rato se van a casa los dos”. Luego vinieron otros, que los esposaron y lo llevaron de vuelta al auto. Lo sentaron el asiento trasero, con dos policías adelante, y manejaron durante una hora y media. Llegaron a un lugar que, por lo que pudo ver desde el auto, identificó como el regimiento militar de Campo de Mayo. Le vendaron los ojos y lo llevaron a una celda vacía, con cama de cemento. Lo desvistieron y le quitaron la venda. Entraron dos hombres robustos de mamelucos verde oliva y capuchas, y otro hombre más pequeño, de mameluco azul y capucha, a quien Timerman identificó de inmediato como el jefe. Le dieron un mameluco blanco y zapatillas blancas, para que se vistiera. Timerman conservaba su arrogancia. “Soy el director de La Opinión -los desafió- y sé que estoy en Campo de Mayo”. Uno de los de mameluco verde preguntó al de azul: “¿Le mostramos dónde está?”, y tomó a Timerman de un brazo. El otro de mameluco verde hizo lo mismo. “No, no, suéltenlo, déjenlo tranquilo”, ordenó el jefe (Timerman supo después era Rojas). Le trajeron una cama y un colchón, y lo dejaron solo en la celda. Al día siguiente, volvieron a vendarle los ojos y, bastante amablemente, lo sometieron a un nuevo interrogatorio. Volvió a la celda. Dos días después, llegaron a buscarlo. Lo vendaron, le ataron las manos a la espalda y lo sacaron de Campo de Mayo. Alguien dijo: “Se terminó la joda”. Lo tiraron boca abajo en una camioneta, que se puso en movimiento.
Luego de un largo viaje, llegaron a un campo clandestino llamado “Puesto vasco”, cerca de Quilmes. Lo desnudaron, lo acostaron en cama de lona llena de agua, le ataron lo pies y las manos y le aplicaron descargas eléctricas en todo el cuerpo. Lo interrogaron sobre su relación con la guerrilla y la orientación ideológica de La Opinión . Le mencionaron artículos publicados por el diario que supuestamente probaban su vínculo con la guerrilla y mostraban que el diario era marxista. Lo torturaron especialmente al recordar sus críticas al general Saint-Jean y la publicación de hábeas corpus. Se ensañaban porque era judío. Lo preguntaban si era judío, si era sionista, si La Opinión era sionista. Dijo a todo que sí. Le preguntaron sobre su relación con el embajador de Israel, sobre el vínculo de Montoneros con el sionismo y con el Estado de Israel, y sobre una imaginaria reunión del premier israelí Menachem Begin con Montoneros en la Argentina; quisieron que confesara su participación en el Plan Andinia, la fantasiosa conspiración judía de los Sabios de Sión para apoderase de la Patagonia.
No sabía quién lo había interrogado. Eran dos voces. Un tercer hombre, silencioso, no le sacaba las manos de encima: le tiraba la lengua hacia fuera para que no se la tragara, le ponía algo en la boca que le impedía apretar los dientes, le auscultaba el corazón, le recorría la cintura con las manos. Timerman perdió la noción del tiempo. Lo devolvieron a su celda a las patadas. Quedó tirado, muerto de dolor. Lo atormentaban, en especial, las encías. Del otro lado de la reja, una voz le preguntó cómo se sentía. Timerman contestó que muy mal. “A ver, sáquese la venta”, dijo la voz. Le revisó las encías con cuidado. “No le va a pasar nada, no se preocupe”, le aseguró. Se presentó: “Soy el que lo atendía mientras lo interrogaban”. Era el médico policial Jorge Bergés”.

(1) Extraído del capítulo 8 (pgs 395 a 401) del libro de Graciela Mochkofsky, “Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder (1923 – 1999) de Editorial Sudamericana.

Comentarios sobre el libro Timerman:
http://www.lanacion.com.ar/Archivo/Nota.asp?nota_id=578923 (Del periodista Tomás Eloy Martínez, publicada en La Nación, el 6 de marzo de 2004)
http://www.pagina12web.com.ar/suplementos/libros/vernota.php?id_nota=939&sec=10-19k (De Página/12, Argentina)

Respuesta del perodista Hector Timerman a propósito del artículo publicado por Tomás Eloy Martínez en La Nación que aquí se reproduce:

De Camps a Eloy Martínez

Hace unos años tuve la oportunidad de preguntarle a un activista por los derechos humanos muy vinculado a James Carter cómo había logrado sobrevivir en un campo de concentración nazi. La respuesta es tan instructiva como breve: "Jamás le preguntes eso a un sobreviviente".
Nunca lo hice ni siquiera cuando mi padre en sus noches de insomnio me hablaba de los meses en que estuvo secuestrado y desaparecido. Se que pasó por los centros clandestinos Puesto Vasco, Pozo de Banfield y Coti Martinez. También se, por otros prisioneros, que fue brutalmente torturado, y que el coronel Ramón Camps dirigía personalmente las sesiones de tormentos.
Para muchos argentinos Camps es el símbolo de la más brutal violencia ejercida durante la dictadura. No así para el escritor Tomás Eloy Martínez. Para él Camps es una fuente de información valida. Alcanza con el testimonio de Camps para elaborar un juicio sobre una víctima de la dictadura. O tal vez sobre todas. O peor aún sobre la dictadura misma.
Para Martinez Camps no torturaba, simplemente interrogaba. ¿Es lo mismo interrogar que torturar?.
Camps dejó un testimonio donde indica que Jacobo Timerman acusó de extremistas a algunos colegas. Para Martinez es suficiente utilizar dicha afirmación en su artículo publicado en La Nación. Para martinez la palabra de Camps alcanza para describir a Jacobo Timerman. ¿También alcanza para describir a los miles de personas que fueron torturadas por Camps, o interrogadas según la definición de Martínez?
El tema en cuestión no es mi padre. Me alcanza con saber que sus colegas de todo el mundo lo eligieron entre los 50 héroes del periodismo del siglo pasado.
El tema en cuestión pasa por otro lado. ¿Están los periodistas dispuestos a aceptar que la picana y la sala de torturas, que los centros clandestinos y que la relación entre un torturador y su víctima se conviertan en herramientas para buscar información?
Porque entonces podriamos preguntarle a Alfredo Astiz que nos relate las últimas horas de cada una de sus víctimas y juzguémoslas con ese único testimonio.
Sería ilustrativo para nuestros lectores que muchos periodistas opinen sobre este tema. A mi me gustaría conocer, porque les tengo una alta estima profesional, la opinión de Horacio Verbitsky, Rogelio García Lupo, Mario Diament, José Ignacio López, Victor Hugo Morales, Joaquín Morales Solá y Martín Granovsky. Son periodistas que han asumido riesgos mucho mayores que opinar sobre la actitud de Tomás Eloy Martinez. Espero que lo hagan.

Ya en otra oportunidad la obsesión de Martinez con mi padre lo llevó a afirmar que utilizar a Camps como fuente es tan valida como utilizar las transcripciones de los interrogatorios de Joseph Macarthy cuando perseguía supuestos comunistas en Estados Unidos.
El macartismo con todo lo siniestro que fue, con todo el dolor que produjo fue llevado adelante en una democracia, los interrogatorios se realizaban en el Senado y la mayoría de las sesiones fueron filmadas.
Con su comparación Martinez humaniza la dictadura y se convierte en su mejor defensor.
Ahora es el turno de preguntar a los activistas de los derechos humanos si comparten esta comparación de Martinez. Si es como Martínez afirma deberíamos cambiar todos nuestros juicios de valores sobre la dictadura, la democracia, y los objetivos de la lucha por la dignidad del ser humano.
Sería importante que gente querida y respetada como Estela de Carlotto, Miriam Lewin, Lila Pastoriza, Juan Carlos Dante Gullo, Julio Strasera, Luis Moreno Ocampo y especialmente quienes fueron torturados por Camps dieran su opinión.
Expertos en la recuperación de víctimas de la tortura sostienen que los torturados son considerados menos que humanos por sus victimarios. Son, en general, caracterizados como animales, subversivos, "los otros", etc. Son los enemigos que deben ser derrotados. Los enemigos a los que se les puede aplicar cualquier tormento porque es la tarea del torturador lograr que su víctima pierda su condición humana.
Esto es lo que trató de hacer Camps con mi padre y lo difícil de entender es que el resultado lo logró con Tomás Eloy Martinez.
Ramón Camps ha encontrado su protector intelectual.

 

Nota de Héctor Timerman en revista NOTICIAS del 13 de Marzo

DsD 15 - 4 - 2004
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