“El señor de los mercados” de Fernando Ruiz

El primer libro que cuenta la
historia de Ambito Financiero

Las librerías argentinas lucirán muy pronto el primer intento periodístico de reconstrucción de la historia del diario Ambito Financiero, creado y aún dirigido por el periodista Julio Ramos. Editado por El Ateneo se posiciona como un texto de lectura imprescindible. Qué periodistas acompañaron al actual propietario del matutino en la aventura. Porque lo echaron a Ramos del diario Clarín. El DsD presenta algunos pasajes del primer capítulo.
Un ejemplar de Ambito de abril de 1978, la tapa de
"El señor de los mercados" y su autor, Fernando Ruiz.
En los próximos días saldrá a la venta el libro “El Señor de los Mercados”, una historia de “Ámbito Financiero, la City y el poder económico de Martínez de Hoz a Cavallo”. Su autor es Fernando Ruiz, periodista, profesor de la Facultad de Comunicación de la Universidad Austral y autor del libro “Las palabras son acciones”, la historia del legendario diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman.

En el primer capítulo, “El Señor de los Mercados” reconstruye el inicio del diario Ambito Financiero, quiénes fueron los fundadores y cómo fue evolucionando. Además contextualiza en los albores de la dictadura el espacio público y las distintas líneas culturales y económicas que el diario de Julio Ramos supo ver para consolidarse en el mercado periodístico.

Ruiz asegura que “el espectacular surgimiento de Ámbito Financiero se explica por ser una tabla de surf que se posó sobre tres corrientes feroces que latían en las profundidades de la economía de la época: una revolución en la cultura económica, una revolución intelectual mundial y una revolución periodística. Quien tuvo la pericia de aprovechar esas fuerzas profundas fue un obstinado periodista, sin ninguna fortuna, por quien pocos habrían apostado algo”.

Mientras todos esos cambios se produjeron en la realidad social, Ruiz señala que “Julio Alfredo Ramos Varela observó el inicio de estas revoluciones desde un excelente mirador: la floreciente sección económica de La Opinión, el principal diario interpretativo de Buenos Aires, que dirigía su admirado Jacobo Timerman. La Opinión fue la incubadora de Ámbito Financiero. Allí Ramos formó parte del equipo que inició un suplemento económico, que apareció la semana siguiente al golpe militar de marzo de 1976. Con su columna ‘Papiro’, seudónimo creado por Timerman, Ramos fue calibrando su certeza de que la información financiera ofrecida desde los diarios nacionales era insuficiente, y que en general la cobertura económica no había alcanzado la misma jerarquía de la que gozaban la política, la sección internacional o la cultural. Se estaba por concretar, como dijo él, una feliz ‘conjunción de oportunidad y oficio’.”

A continuación se reproducen algunos tramos del primer capítulo, en donde se cuentan los inicios, tanto de Ramos como de su creación: Ambito Financiero.

El núcleo fundador
Ramos tenía cuarenta y un años y empezaba a darle forma a su sueño. Lo conversó con algunas de sus fuentes informativas habituales y potenciales anunciantes. Consultó a Enrique Folcini, que era director del Banco Central; al presidente de la Cámara de Compañías Financieras, Isidro Valls, que aportó un grupo de técnicos para pensar los primeros cuadros novedosos de información financiera, y quien además pagó el primer aviso que el diario tuvo, el de su Financiera Central; al ascendente Julio Macchi, quien había sido periodista económico y se convertiría en un activo compañero de ruta del diario; a Gismondi, agente de Bolsa; a Alfredo Peralta, del Banco Español, quien se entusiasmó con la idea; a directivos de otros bancos como el Boston, el Galicia y el Latinoamericano; y también a representantes del sector Ahorro y Créditos. Un directivo del Banco Deutsche, Raúl Stocker, que leía habitualmente el diario La Opinión y llamaba para corregir los datos erróneos, fue también consultado y luego se convirtió durante dos décadas en un riguroso columnista del diario en temas cambiarios y monetarios. Su función era escribir para el diario un muy denso informe, repleto de especificaciones técnicas, comparando circulares del Banco Central. Ese texto era llamado “el stocker” en la jerga de la redacción.

Los periodistas que confluyeron en la creación del diario fueron seis. Todos eran periodistas económicos y trabajaban en diarios clave de Buenos Aires. Ramos, que estaba en La Opinión, entusiasmó a su jefe Daniel Muchnik, pero éste, tiempo después, se fue a Clarín como jefe del área económica. Juan Carlos Voievdca era periodista económico de La Prensa. Osvaldo Granados era periodista económico de Clarín. Rodolfo René Arias cubría el agro para el mismo matutino. Carlos Balaña había trabajado con Ramos en la sección económica de Mayoría; se desempeñaba como redactor en El Cronista Comercial, y era del grupo quien más conocía de taller y diagramación. Y, por último, Leopoldo Melo Posse era el analista bursátil de La Prensa. Un dirigente bursátil le dijo al diario que “tenía el monopolio de los mejores periodistas de plaza”. “Tenían aire de constelación de estrellas”, recordó Ramos.

En esas conversaciones previas se fueron delineando los contornos del producto.

• Al hablar con los financistas y banqueros se percibió que ellos no querían que los insertaran en una tabla de posiciones. Cada entidad debía aparecer por separado con su ofrecimiento de interés para los ahorristas. Fue por eso que en Ámbito cada entidad presentó por separado la tasa de interés que ofrecía al inversor. Cada inversor debía confeccionar la tabla por su cuenta. El presidente de un banco nacional consideró que eso era tratar “con dignidad” a las instituciones pues no se armaban “listados que parecen tablas de posiciones para clubes de fútbol”.

• No era bueno que alguna entidad financiara la publicación pues produciría desconfianza en las demás. Por eso se buscaron apoyos económicos que no provenían del sector. Los empresarios que aportaron capital u oficinas fueron, entre otros, Erwin Voss, del comercio oftalmológico, a quien Ramos asesoraba en inversiones desde hacía varios años; Daniel Muchnik acercó a Noe Davidovich, del sector maderero, quien en un principio pareció que iba a financiar todo el proyecto y luego terminó aportando las oficinas, y Néstor del Blanco, del sector de bienes raíces, y su suegro, el comerciante Eduardo Thomas.

La revolución del periodismo económico
Un domingo de 1976, el suplemento económico de La Opinión publicó en su nota principal las tasas de interés para depósitos a plazo fijo que ofrecían una veintena de entidades. Al día siguiente, decenas de lectores pedían al diario más información. Era una señal de oportunidad.

Timerman decía que al empresario no había que tratarlo como si fuera de una raza distinta, para el que se escribía con estilo formal y se entrevistaba con extrema cautela. Ramos escribió que “Timerman inventó algo tan insólito como hacer que los propios empresarios escribieran sus notas, o sea no que el periodista les hiciera siempre los mismos reportajes halagadores, y teniendo como destinatario final siempre al público”. El diario que crearía Ramos marcó el fin de una situación en la que el empresario se solía encontrar con un periodista que lo protegía en exceso y que además no entendía bien de qué estaba hablando. Ámbito trasladó a la economía las reglas que La Opinión había utilizado con los políticos: fuerte conocimiento sobre el tema e inexistencia de complejo de inferioridad de los periodistas frente a sus fuentes. Pero Timerman no conoció ese Ámbito. Fue detenido en abril de 1977, cuando Ámbito tenía cuatro meses “y Jacobo en ese entonces ni lo había oído nombrar”.

En el mundo la crisis del petróleo aumentaba la sed de información sobre la economía y eso generó una revolución en el campo periodístico: el crecimiento de la información económica. La vida económica de los ciudadanos perdía seguridad y les exigía un mayor activismo para maximizar sus decisiones y defenderse mejor. Esto tuvo un inmediato correlato en un fenomenal desarrollo de la prensa económica, que hasta entonces tenía un espacio secundario en el campo de los medios.

Los diarios comenzaron a atender las nuevas demandas del público. Fortalecían su sección económica y ésta empezaba a dirigirse también a los ahorristas e inversores individuales y no sólo a los empresarios y los tradicionales consumidores de la información de mercados.

Esos cambios en la información económica ya habían estado ocurriendo en el mundo desarrollado desde los primeros años de la década de 1970. Según el profesor de la Universidad de Navarra, Ángel Arrese, “la economía y los negocios dejarán de ser ámbitos informativos reservados a una minoría de lectores y dominados por unas pocas publicaciones prestigiosas, para pasar a ser tema de interés del público en general y de todo medio de comunicación, cualquiera fuese su naturaleza”. Arrese explica que la crisis de la economía mundial ––inflación, desempleo y estancamiento–– fue un estímulo para el desarrollo del periodismo especializado. Las grandes marcas como el Wall Street Journal, el Financial Times y The Economist iniciaron su proyección internacional. En 1973, el año de la primera crisis del petróleo, apareció el Reuters Monitor, que conectaría los mercados de capitales del mundo. Surgieron publicaciones específicas para el público inversor, al estilo de Ámbito, como Institutional Investor y Money. Entrepreneur apareció en 1975 e Inc en 1979. El francés Le Monde, The New York Times, los italianos Il Corriere della Sera y los flamantes La Repubblica y El País, ambos creados en 1976, ofrecían cada vez más información económica.

En la Argentina, los cambios eran muy lentos. Ramos aprovechó “la miopía informativa alarmante de la prensa tradicional”. “En el orden económico, por ejemplo, nadie salía a interpretar los mercados, a observar los movimientos del público, a entrevistar expertos. Casi toda la información económica era la sectorial que venía por comunicados de las cámaras privadas o la oficial que venía por planillas ministeriales”, explicó Ramos. Clarín se obsesionaba con los datos sobre producción de bienes, pero postergaba la información sobre mercados.

El Cronista Comercial, Economic Survey y la Gaceta Financiera eran medios preexistentes a Ámbito, pero no percibieron cómo estaba creciendo el público para la información financiera. Gaceta Financiera fue un reducto de buenos periodistas económicos, donde estaban Julio Nudler y Horacio Lachmann, que trabajarían luego con Ramos. “(Los diarios nacionales) tardaron cuatro años en darse cuenta de que ese tipo de información interesaba a miles de lectores. Y a los más importantes lectores… Era tarde. En 1981, Ámbito Financiero ya estaba consolidado”, sostuvo Ramos.

El diario La Nación publicaba un cuadro donde apenas informaba las tasas máxima y mínima del mercado; Clarín en sus últimas páginas agrupaba también un poco de información de los mercados y la Bolsa. Si cualquiera de estos gigantes hubiera incluido las tasas de interés, así como tenían las carreras de caballos o los horarios de los aviones, habría aniquilado a Ámbito. Pero los grandes mamuts de la prensa argentina hicieron sólo pequeños cambios en su oferta de información económica. Ampliaron apenas la información que daban sobre mercados e inversiones financieras. Entonces Ramos tenía el camino libre para avanzar solo por el nuevo camino del periodismo económico.

Publicar íntegras las pizarras día a día de la Bolsa, y las tasas de interés diarias de todas las instituciones, era exhibir el mercado. Algunas innovaciones ya habían sido desarrolladas por Ramos durante su paso por La Opinión de Jacobo Timerman, como la de ofrecer no sólo la variación bruta sino también porcentual de las acciones. “Hasta ese momento la información financiera eran puros números. Ámbito le insufló periodismo”, dijo Carlos Scavo, destacado periodista económico de Clarín.

Ámbito no era un diario económico, sino financiero. Su primera autodefinición fue “el diario de la zona bancaria”, y al principio ni siquiera quería ser un diario sino un boletín de tasas y otras informaciones financieras. Nació sin la pretensión de convertirse en un diario de alcance nacional que abarcara toda la actividad económica y la política. Pero a los tres meses ya se percibió que la demanda exigía ampliar el lugar de circulación.

Era un diario por el que no pasaban las empresas, ni las industrias, ni los comercios, ni los trabajadores, ni las familias. Solamente las finanzas, los créditos, las deudas, las tasas de interés, y los indicadores macroeconómicos. En el aniversario de las primeras cien ediciones, Ámbito se definió como un diario de “un carácter sectorial financiero”. Fue todo un símbolo de esos veinticinco años que éste haya sido el indiscutible referente informativo de la economía argentina.

Los matices del liberalismo de Ámbito
Si bien Ámbito había bendecido la reforma liberal de la economía emprendida por Martínez de Hoz, no fue su puro reflejo. El diario no desligaba la salud del sistema financiero del ritmo de la actividad económica. Ámbito tenía algún latido productivista, una cierta pulsión por la demanda, y parecía estar más cerca del más keynesiano Paul Samuelson, a quien Ramos había estudiado en la universidad, que del liberal monetarista Milton Friedman, cuyo influjo fue posterior. Ramos venía del estructuralismo y abrazó al liberalismo, pero nunca fue un ideólogo abstracto despreocupado de la economía real.

Ámbito mantuvo una buena relación con Martínez de Hoz y su equipo, pero le hizo críticas desde sus primeras semanas. Se cuestionó, por ejemplo, la poca comunicación pública del Banco Central. Adolfo Diz, presidente de la entidad, no solía recibir a periodistas de Ámbito. Tampoco lo hacía Ricardo Arriazu, su principal asesor y luego inspirador de la convertibilidad que implementó Cavallo en 1991. Pero igual Ramos obtenía información a través de otros directores del Banco Central, como Enrique Folcini y Francisco Soldati. El diario cuestionó las estrategias “tecnicistas” del ministro Martínez de Hoz que atacaban la inflación “por sus manifestaciones técnicas o numéricas” y no parecían generar ningún incentivo desde el lado de la demanda.

Durante 1977 y 1978 sostuvo que para lograr un verdadero despegue era necesaria la reactivación. El diario mantenía una mayor relación ––como era lógico–– con el sector financiero de los negocios, y no tanto con el productivo. En sus célebres diálogos de contratapa ––expresamente copiados de los famosos “Dialoguitos en el Fútbol” del diario de la tarde La Razón––, conducida por el legendario Félix Laíño, la mayoría de los interlocutores eran banqueros, agentes de bolsa, economistas, financistas o funcionarios. La presencia de empresarios de la industria, el agro o el comercio, era menos frecuente. Pero había voceros del sector financiero que pedían la reactivación. En un diálogo, “un presidente de importante compañía financiera” pide “no centrar todo en los aspectos monetarios” y promover cierta reactivación, pues tiene exceso de dinero y no tiene quién se lo pida.

Si bien los periodistas de Ámbito defendieron la especulación en el mercado financiero, no festejaron esta nueva visibilidad pública del mercado de capitales: “Lo financiero en el país se destaca cuando la economía se vuelve involutiva”.

Sobre el presupuesto de 1978, dudó de que una herramienta “de tan extrema austeridad permitirá llegar a una economía de expansión. De cierta reanimación, al menos”. Y aclaró: “Todo, también lo financiero, depende de ello en el mediano plazo”. Cuando parecía que los funcionarios querían cortar toda posibilidad de crecimiento pues “el recalentamiento de la economía crearía presiones alcistas sobre los precios”, Ramos escribió: “Una economía estancada no puede dar ganancias genuinas y con sustento a nadie, a mediano plazo, ni aun a los muy pocos que puedan disponer de efectivo colocable en estos días”.

Cuando eran las políticas fiscal y monetaria las principales herramientas antiinflacionarias, el diario también cuestionaba. Ámbito criticó a Martínez de Hoz por dedicarse a atacar la inflación “por sus manifestaciones técnicas o numéricas” y no por “el fortalecimiento de la demanda, que al mejorar las ventas aumentaría las unidades y diluiría en su mayor número los costos”. Y en mayo de 1978, frente a un nuevo plan contra la inflación que comenzaba la sobrevaluación del peso, el diario supuso que “quizá se ingrese desde hoy a la última estrategia técnica antiinflacionaria” (la cursiva es nuestra). En sus suplementos aniversario desfilaban en las páginas principales los economistas críticos a Martínez de Hoz. Cuando al diario se lo acusó de oficialista, Ramos contestó:

Yo le diría que muchos nos han criticado por lo contrario. Siempre, por ejemplo, hemos dado cabida a Frigerio o a Alsogaray, que son críticos acérrimos de Martínez de Hoz. Eso sí, cuando creemos que algo del equipo económico merece un juicio favorable, lo damos.

Ni entonces ni nunca el diario fue oficialista. No hubo para ningún ministro una tapa que le ofreciera una sonrisa todos los días.

Censura y periodismo económico
El diario no tuvo ningún problema con los militares. No fue considerado relevante por los gobernantes que tenían a cargo las palancas represivas. A pesar de ser la dictadura más severa que vivió el país en el siglo xx, el periodismo económico tuvo una libertad que el periodismo político ni soñaba tener. Mientras los políticos tenían prohibida su actividad, los empresarios eran ciudadanos casi plenos. Su libertad de manifestar sus preferencias públicas fue apenas inhibida. De algún modo, los empresarios eran el demos que era consultado con frecuencia por el gobierno para orientarse en el campo de la política económica. La Comisión de Asesoramiento Legislativo (CAL), instancia creada por el régimen para elaborar y sancionar las leyes, consultaba en forma sistemática a las organizaciones empresarias sobre las materias del área económica, como era difícil que hiciera con otros sectores sociales para el resto de los temas.

Esta legitimidad que daba el régimen al mundo empresario contribuyó a que, desde la prensa especializada, se pudieran criticar aspectos de la política económica del gobierno.

La elite social y económica de la Argentina formaba parte del Proceso. Se solían autodenominar como “hombres del Proceso”. La elite política, en cambio, sólo muy marginalmente participó. El periodismo económico era un canal de diálogo público entre funcionarios del área y banqueros, financistas y empresarios, y en esa conversación había críticas hacia aspectos de la política económica. En un primer momento, como suele ocurrir en todos los gobiernos, el periodismo económico tenía cierta comprensión por la herencia recibida. Pero durante el transcurso de 1977 se fue perdiendo esa benevolencia y comenzaron a dispararse críticas cada vez más fuertes.

Los militares no respondieron haciendo desaparecer a sus interlocutores críticos. Esa política estuvo reservada, en el campo económico, a los sindicalistas. En enero de 1977, el dirigente lucifuercista Oscar Smith desapareció tras liderar un duro conflicto gremial. Con la elite social y económica, en cambio, había diálogo. Un dirigente de la asociación de productores rurales (Carbap) podía amenazar con llamar al no pago de un impuesto y eso no sólo no terminaba con un dirigente muerto, sino que era factible que el impuesto se levantase. Estaba en la naturaleza del liberalismo procesista desaparecer sindicalistas (de derecha o de izquierda) y respetar empresarios.

Ámbito fue un espacio desde el cual opinaban políticos con formación económica, y economistas críticos de Martínez de Hoz, relacionados públicamente con partidos políticos. Ya el suplemento del segundo aniversario del diario, publicado en diciembre de 1978, contiene voces críticas al programa económico. Y en el suplemento del tercer aniversario del diario, editado el 9 de diciembre de 1979, los tres primeros artículos fueron del economista peronista Roberto Lavagna, del desarrollista Rogelio Frigerio y de Aldo Ferrer, tres voces críticas respecto de Martínez de Hoz con activas relaciones político-partidarias. Además se publicaron en esa edición artículos de Mario Brodersohn y de los políticos radicales Rubén Rabanal y Antonio Tróccoli; aunque habría que esperar hasta diciembre de 1982 para que aparecieran los columnistas con el rótulo expreso de su identificación partidaria.

Discutir el rumbo económico era más tolerable para la cúpula militar que discutir el rumbo político. Este último era un tema que la censura militar pretendía preservar, y castigaba las intromisiones. Pero en el campo económico, había mayor libertad. Los nuevos actores sociales y políticos tenían mayor posibilidad de cuestionar a Martínez de Hoz que al esquema de poder que lo sostenía. En primer lugar, el poder económico nunca dejó de ser poder. Y en segundo lugar, esta libertad para la discusión económica se explicaba porque desde la misma cúpula militar se la estimulaba, ya que por lo menos la Marina y un sector del Ejército realizaban críticas cada vez más audibles a Martínez de Hoz, en especial cuando se iniciaba la “posguerra” tras la derrota militar de las guerrillas hacia fines de 1976. El político y economista desarrollista Rogelio Frigerio pudo decir desde Ámbito que el ministro Martínez de Hoz estaba creando un nuevo “estatuto del subdesarrollo”. Los mismos días en que Ámbito criticaba sin censura la política económica, el diario popular Crónica y el intervenido La Opinión, que ya estaba bajo el control del Ejército, eran sancionados por leves comentarios políticos sobre lo que se llamaba, con una timidez extrema, “el esquema de poder”.

Un hombre común
La historia profesional del hombre que había insertado su idea en el cruce de estas transformaciones no era una espiral de éxitos.

Para los colegas fue una sorpresa que Julio Ramos llegara a cambiar el periodismo como lo hizo.

Ramos vivía entonces en Castelar, provincia de Buenos Aires. Luego de estudiar en la Escuela Superior de Periodismo, sus primeros trabajos periodísticos datan de los últimos años del primer peronismo en Noticias Gráficas y la revista Leoplán, antes de cumplir los dieciocho años. El despegue de su carrera periodística se da con su entrada a Clarín en agosto de 1958, donde permaneció hasta abril de 1965. Comenzó como asistente del secretario de redacción Moisés Jacoby. Clarín se había ido transformando desde su creación en 1945 en un diario con un programa económico, y era posiblemente por eso que su periodismo económico superaba al resto. La Nación y La Prensa tenían también ideas bastante concretas para la economía pero su identificación con el ideario de la libertad de mercados no parecía motivarlos a profundizar su periodismo sobre la economía real ––con la excepción del sector agropecuario–– y su principal tarea consistía en la publicación de artículos doctrinarios sobre un modelo económico ideal.

En diciembre de 1963, Ramos fue acreditado por Clarín para cubrir la información sobre el gobierno de la ciudad de Buenos Aires. El nuevo intendente era Francisco Rabanal, el político radical que había recomendado a Ramos para entrar al diario cinco años antes. Esa relación se concretó en contratos de sueldos y en una cobertura favorable desde la columna de Ramos, “Hora Municipal”. Ramos tenía un sueldo como empleado del Museo “Isaac Fernández Blanco”. El diario habría decidido castigarlo por esa actitud. La versión de Ramos sobre su despido es que se negó a publicar una nota pedida por un concejal y este protestó al diario y cortó su carrera.

En la década del sesenta, el pluriempleo no era la excepción sino la norma entre los periodistas y era habitual que el periodista complementase su ingreso aprovechando las influencias a las que accedía por su función periodística. Los medios pagaban bajos sueldos que hacían difícil el monoempleo. Además, las salas de periodistas funcionaban casi como clubes de profesionales que coexistían en determinada institución cumpliendo un servicio informativo mínimo y pudiendo tener acceso a los privilegios que ese lugar brindaba. En algunas instituciones, había periodistas acreditados que funcionaban como gestores. La sala de prensa de la municipalidad tenía un referente central que era el acreditado de la agencia oficial Telam, Juan Belluschi, quien era en gran medida el canal de transmisión de los favores de la municipalidad hacia los periodistas, viceversa, y a veces también con todo tipo de personas. Cuenta Ramos que el boxeador Pascual Pérez y el histórico sindicalista Cipriano Reyes se reunían con Belluschi para pedirle favores de funcionarios municipales. Ramos escribió una carta al director de Clarín: “Yo creo, sin duda, que el periodista debe ser independiente de cualquier emulumento (sic) que no sea el proveniente del diario donde trabaja… pero pienso si se puede ser independiente con un sueldo de 17.000$”.

Había seguramente muchos periodistas del diario que recibían sueldo de sus fuentes informativas, pero por algún motivo con Ramos no hubo tolerancia y fue despedido. Comenzó a trabajar en horario nocturno en la agencia estadounidense United Press, y durante el día estudiaba la carrera de economía en la Universidad de Buenos Aires, bajo la hegemonía keynesiana. Una cierta humillación provocada por el principal exponente del liberalismo económico argentino, Álvaro Alsogaray, lo había decidido a ingresar en la universidad a los treinta y un años, aun teniendo una mujer y dos hijos que sostener. Alsogaray lo cuestionó por no saber diferenciar un monopolio de un oligopolio, y eso hirió su orgullo. De ser un periodista sin especialización, se convirtió en un abanderado de los estudios académicos para ejercer el periodismo económico. En Ámbito, a diferencia de los otros diarios, la contratación de economistas para escribir sobre economía fue un criterio casi excluyente.

Al recibirse, Ramos abandonó el periodismo y comenzó a redactar memorias e informes económicos para la empresa francesa Renault. En 1974 ingresó al diario peronista Mayoría. Cuando este medio se cerró pocas horas después del fin de la experiencia democrática, en marzo de 1976, Ramos ya no estaba allí. En enero de ese año, había ingresado en el mítico diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman, el medio más pujante de esa década, que con su reconocida sensibilidad profesional estaba fortaleciendo su cobertura económica.

En esa redacción, el periodismo económico había sido jerarquizado desde su fundación, en 1971. Jorge Riaboi, que había tenido una fulgurante carrera en El Cronista Comercial, fue su primer encargado. Cuando Ramos ingresó, el jefe de Economía era Daniel Muchnik, quien estaba secundado por Horacio Cháves Paz. Para Timerman, la economía era el lugar donde se definían los vencedores y los derrotados de la batalla política e ideológica y por eso era tan importante como las secciones de Política, Cultura o Internacional. En los primeros años, La Opinión tuvo un pensamiento económico estructuralista cuyo líder de opinión era el experto en economía Marcelo Diamand. Su oposición al libreempresismo y a todos sus representantes era frontal. Tenía cierta discusión interna, como ocurría en otras áreas estructuralistas, entre el pensamiento desarrollista y el llamado nacional-populismo, que podía estar representado por el empresario José Ber Gelbard, y su organización de empresarios nacionales, la Confederación General Económica (CGE).

En la medida en que la fortaleza del programa gelbardiano comenzó a diluirse, la fuerza prescriptiva de los artículos económicos de La Opinión también declinó. A medida que se desplegaba la crisis económica de 1975, el diario ya no voceaba lo que había que hacer y sólo intentaba reflejar lo que pasaba, abriendo cada vez más la diversidad ideológica de sus fuentes. Perdió confianza en sus propias ideas sobre la economía argentina, y así otras fuentes informativas y otras organizaciones empresarias, que eran libreempresistas, y que habían sido históricamente cuestionadas por el diario de Timerman, gozaban de un nuevo y sorprendente espacio en sus páginas.

“¿Qué costo tuvo el haber podido apreciar desde el suplemento económico dominical del diario La Opinión, porque las circunstancias se dieron así, las necesidades de los lectores de esa época (1975-1976) durante más de un año?”, dijo Ramos en 1986.

El editor aprovechó a fondo esa experiencia.

El ejemplo de Timerman
El nombre original para Ámbito era Mundo Financiero, pero no se pudo usar por la continuidad de la marca del cerrado diario El Mundo. El capital de arranque, según el propio Ramos, no fue mayor a veinte mil dólares.

Apenas el nuevo producto periodístico comenzó a madurar, la admiración de Ramos por Timerman comenzó a expresarse no en palabras, sino en hechos. El parecido de familia entre Ámbito Financiero y La Opinión era cada vez más evidente. Varios de los hombres clave del nuevo diario tuvieron su escuela en el diario de Timerman. Además de Ramos, el luego subdirector Roberto García había sido jefe de sección en La Opinión. Claudio Panza como jefe de diagramación; Emilio Randi, jefe de corrección, y Mario Medina, jefe de taller, habían ocupado cargos parecidos en La Opinión y ahora lo hacían en Ámbito. Ramos afirmó que del diario de Timerman “surgió la columna vertebral del nuevo diario”. Otros “ex opi” que trabajaron en Ámbito fueron Alicia Esteban, Eduardo Paredes, Jorge Elorza, Julio Nudler, Máximo Soto y Horacio Finoli.

Es posible que Ámbito haya sido a la información económica lo que el diario La Opinión fue a la información política. Su principal innovación fue incorporar el periodismo interpretativo a gran escala a la economía, como lo había hecho Jacobo Timerman en el campo político. Los diarios ofrecían algunos comentarios sobre la economía, pero Ámbito los publicaría cada vez en forma más abundante. A fines de los sesenta, El Cronista Comercial publicaba en su portada análisis interpretativos de la economía, y también lo hicieron, además de algunas revistas como Mercado, publicaciones de circulación más restringida como Economic Survey y Gaceta Financiera. En ese momento también existía la publicación denominada Prensa Económica, que contaba con el apoyo económico del financista Luis Oddone, que fue propietario de la Financiera Fiandra y del Banco Oddone.

En los primeros meses, Julio Ramos fue cauteloso y la información de tasas fue siempre la prioridad frente a las notas de análisis y opinión. El carácter del periódico lo acercaba a un boletín, pero a medida que el diario maduraba, crecían su éxito y su fortaleza, creció también su fuerza interpretativa, en especial, la de su portada. Además, Ramos alentaba a sus periodistas a que fueran mucho más allá de los datos, aunque sus pronósticos fueran inciertos. Varias veces el director escribió que el lector exige del periodista económico que le diga también su opinión y su pronóstico, aunque tenga dudas y finalmente se equivoque. Del diario de Timerman, Ámbito también tomó la rápida comunicación entre el director y la redacción, un franco estilo de diálogo con los lectores, una enorme plasticidad para adaptar los materiales periodísticos, la inexistencia del género editorial entendido como una columna diaria que se diferencia del resto de los artículos sino que está presente en todo el contenido.

El siguiente estilo de diálogo con el lector era típico del diario de Timerman. “Dr. Ocampo, nosotros hacemos reportajes muy de vez en cuando. Pero pretendemos hacerlos en serio. Sin ofender al reporteado, pero tampoco al lector. No nos gustan algunos reportajes que últimamente se ven en la prensa, que parecen diálogos telefónicos matrimoniales en lo que hace al periodista, que sólo dice ‘sí querida, bueno querida, no querida’; creemos que hay temas interesantes y que hay que hablar decididamente de ellos, o todo esto no tiene sentido”.

Ramos comparaba su diario con La Opinión, con el francés Le Monde, y luego, a partir de 1987, con Página/12. Ramos pensaba como Timerman. Si uno tenía todo el diario para opinar, ¿por qué iba a usar sólo un pequeño espacio?

Rápida inserción
El número cero se imprimió el 22 de noviembre de 1976 con plomo derretido en los talleres Cogtal. La composición de todas las tablas llevó tres días. En esos días la publicación especializada Gaceta Financiera, que no se distribuía en la calle, comenzó a publicar las tasas de todas las entidades, pero lo hacía en una tabla comparativa y eso, según Ramos, desagradó a las financieras y banco.

El número uno salió el 9 de diciembre, pero fue un completo fracaso. Completar las tablas de todas las entidades con tres mil cotizaciones llevó muchas horas más de lo planeado. A pesar de que empezaron a trabajar el lunes, recién terminaron el miércoles a las 7 de la mañana. Cuando los camiones del distribuidor Marcelo Noriega llegaron a la imprenta, la edición todavía no estaba lista. “A esta hora no esperamos ni a Crónica”, dijo. Ese día sólo se vendió a viva voz en las calles de la City. Noriega había sido recomendado a Ramos por Edgardo Sajón, veterano periodista y gerente técnico del diario La Opinión, a quien Ramos también asesoraba en temas cambiarios y bursátiles.

Sajón intercedió ante uno de los líderes de la organización de distribuidores de diarios, el Cholo Peco, con quien tenía una histórica relación, para que permitieran distribuir por suscripción, una modalidad que era resistida. Años más tarde, una de las sobrinas del Cholo, Silvia Peco, se convirtió en la más relevante periodista mujer de Ámbito.

La edición terminó de salir de la imprenta a las siete de la mañana y apenas pudo distribuirse. Su título de tapa fue “Dispares variaciones en tasas al inversor”. El segundo día se mejoraron los tiempos de producción y a las dos de la mañana el diario estuvo en la calle. De los 1500, Noriega se llevó 1200 y los otros 300 se los llevó Valdivia, un personaje clave, según Ramos, “a quien el diario Ámbito Financiero le debe toda la difusión inicial que no pudo alcanzar con publicidad abierta por falta de fondos para pagarla”. La versión directa es la mejor:

Valdivia había sido canillita y había perdido el kiosco. Revendía productos en la zona céntrica y como vendedor ambulante tomaba cualquier objeto que pudiera asegurarle el ingreso del día. Vivía eludiendo las “corridas” policiales a los ambulantes, pero dominaba como ninguno los vericuetos y zaguanes de la zona céntrica para ocultarse mientras pasaba la requisa. Era el jefe natural de un grupo de vendedores similares a él, y en esa época andaba sin “producto” para operar en las calles. Tomó Ámbito Financiero recordando también su paso por el gremio de canillitas. Ese viernes vendió los 300 ejemplares en la zona céntrica y tanto él como los fundadores del diario quedaron sorprendidos. […] Fue su voceo ininterrumpido durante tres meses ––con algunos pasos por los calabozos de la comisaría 1ª–– lo que le dio su gran popularidad al diario.

A las pocas semanas de iniciado el diario, ingresó al staff un joven de diecinueve años, Luis González, que vivía a pocos metros de la casa de los Ramos en Castelar y necesitaba pagarse los estudios de veterinaria. Luis era amigo de Gabriel, el hijo mayor de Ramos, y tenía relación también con Claudio, su otro hijo varón, quien lo presentó a su padre. Luis estuvo veintiséis años en el diario. Comenzó de cadete y terminó de secretario general de redacción. Renunció en diciembre de 2002 para irse al Bolsón a producir frutillas para exportar. Desde enero de 1977, el cadete González recorrió las calles de la City copiando las tasas de las pizarras de las entidades financieras. En agosto de 1977 ingresó también como cadete Ricardo D’Aloia, que todavía no había cumplido dieciocho años, y comenzó a caminar con González recogiendo la información sobre las tasas. Al poco tiempo ya había entidades que los llamaban al final del recorrido para pedirles que pusieran su tasa por encima de las demás. Debían caminar más de cien cuadras por día cada uno copiando los números de las pizarras de las entidades. Uno caminaba las paralelas y otro las perpendiculares. Entre ambos conseguían la información para construir el corazón del diario, la estratégica sección “Tasas”. Las entidades pagaban para que aparecieran las tasas que ofrecían, y las que no pagaban figuraban sin el logotipo, o con un recuadro más pequeño, o con menos información sobre las tasas que ofrecían.

Desde sus inicios el diario fue un éxito:

• Desde el comienzo recibió avisos de algunas de las principales asociaciones y entidades bancarias y financieras del sector privado.

• Antes del primer mes ya había recibido avisos oficiales.

• Según Ramos, “a los cuatro meses exactamente de vida, el diario Ámbito Financiero dejó de dar pérdidas aunque debió subsistir un tiempo más sin poder pagarle a sus periodistas fundadores”.

• A los pocos meses ya recibían consultas de bancos o financieras, que estaban necesitadas de salir a captar fondos, que preguntaban qué tasa iban a ofrecer sus competidores.

• Antes del primer mes, fuentes importantes aparecían mencionando al diario.

• Antes de cumplir un semestre, un importante banquero atribuía a Ámbito influencia sobre una decisión de las autoridades económicas.

• El diario se atribuyó la suba de la Bolsa ocurrida a principios de noviembre de 1977 por difundir la primicia de que el gobierno sería muy cuidadoso al vender acciones de empresas en su poder para mantener las cotizaciones.

• El diario difundió además casi una decena de primicias que fueron impactantes para los mercados, todas referidas a cuestiones financieras o bursátiles. Algunas de ellas fueron: el nombre del nuevo presidente de la Bolsa, el acuerdo para que un banco oficial dejara de vender los paquetes oficiales de acciones, la noticia de que se elevaba de seis meses a un año el plazo de reintegro para capitales de financiamiento que ingresaran del exterior, la reducción de 300 a 500 de la comisión de venta de divisas, la primera cifra de resultados de blanqueo.

• Su lectura estaba generalizada entre los inversores tradicionales y los nuevos. A los pocos meses, el diario se equivocó al publicar una tasa más alta que la que un banco estaba ofreciendo, pero fue tan grande la cantidad de gente que se presentó que el banco decidió ofrecer esa tasa para no perder esos nuevos depósitos.

• Durante su primer año el diario ya era un canal por medio del cual agentes económicos relevantes enviaban mensajes a las autoridades económicas.

Habría que esperar todavía varios años para que el diario se institucionalizara como canal de comunicación, por ser elegido por las autoridades para hablar a los mercados. El tradicional diario La Nación todavía era el medio confiable desde donde las autoridades se comunicaban con el mundo financiero. Habría que esperar hasta que la dictadura hiciera crash y la turbulencia de los mercados se volviera estructural, para que Ámbito se convirtiera también en un canal imprescindible desde donde el formulador de la política económica intentara domar el potro de los mercados.

El boletín de noticias financieras, de 32 centímetros de alto por 23 centímetros de ancho, y de veinte páginas ––de las cuales tres o cuatro tenían notas periodísticas y lo demás eran números–– iba camino a convertirse en una importante institución económica argentina. Un caos, una dictadura, tres revoluciones, un hombre convencido y una buena idea, fueron el motor de un invento que cambió el mapa periodístico argentino.
DsD 30 - 11 - 2005
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