| Desinformación, manipulación, triunfalismo
y acompañamiento a la dictadura |
Los medios recuerdan la guerra de Malvinas
pero olvidan analizar el rol que cumplieron |
| Un submarino nuclear que nunca existió;
un teniente que ataca con su Pucará pero ya había fallecido; un combate
terrestre sin tropas; y el hundimiento del Belgrano que nunca fue
noticia. Las dos fotos de la revista La Semana. Todos mitos difundidos
a través de la prensa argentina durante la gesta de las Malvinas.
El DsD presenta los escasos textos inéditos, o libros sobre la guerra
en el archipiélago –editados en nuestro país- que describen el rol
que jugó el periodismo argentino en aquella época. Además el testimonio
del periodista Diego Pérez Andrade, quien cubrió la guerra para la
agencia Télam. |
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Como todos los 2 de abril, los medios de comunicación, preparan
notas especiales para recordar la guerra de Malvinas. Este
año, la apuesta es superior, dado que se cumplen 25 años del
desembarco de las tropas argentinas en las islas. Los medios
ya están difundiendo informes de todo tipo, con textos emotivos,
de recuerdo, de contenido político o de revisión histórica.
Algunos incluso enviaron periodistas al archipiélago. La industria
cultural tampoco se queda atrás y lanza novedades editoriales
sobre el tema. Sin embargo, son escasas las producciones que
ponen en el centro del debate el rol que los propios medios
de comunicación cumplieron en la cobertura de la guerra.
Por eso, Diario sobre Diarios (DsD) presenta aquí algunos
textos que se encuentran disponibles y analizan esos aspectos.
Hay casos de “desinformación” o “manipulación informativa”
que los diarios y revistas de la época llevaron adelante,
según los autores. DsD presenta estos textos como ejemplos
de crítica de medios en un contexto muy particular como lo
fue la gesta de Malvinas. El objetivo no es hacer una imputación
genérica a los medios y periodistas de aquella época, sino
presentar un aporte que contenga los matices imprescindibles
para comprender la complejidad de informar en una dictadura
militar y en medio de una guerra.
Los materiales incluidos son los siguientes: Un pasaje del
libro “Malvinas: el gran relato” de la profesora Lucrecia
Escudero (publicado en 1996 por editorial Gedisa), algunos
tramos de una tesina que el periodista Santiago Lozada presentó
en facultad de Comunicación Social de la Universidad del Salvador
en el 2000 que analiza el tratamiento que el diario Clarín
y la revista Gente le dieron al conflicto armado y el testimonio
del sociólogo y periodista Roberto Herrscher incluido en el
libro “La noticia deseada” de Miguel Wiñazki (editorial Marea,
2004). Los tres materiales aportan una visión crítica de la
cobertura que hicieron las distintas empresas periodísticas
del conflicto.
En el recuadro lateral, un texto exclusivo para DsD del periodista
Diego Pérez Andrade, quien cubrió para la agencia Télam la
guerra desde las Islas Malvinas. Su testimonio, emotivo y
en primera persona, entre otras cosas afirma que durante el
conflicto “Volvió a repetirse la alianza entre los generales
y los propietarios de los medios de comunicación que tan bien
había funcionado durante la represión. Todos ellos supieron
todo, siempre. Pero nunca dijeron nada”.
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| El submarino que nunca zarpó |
En su libro “Malvinas: el gran relato”,
la profesora Lucrecia Escudero cuenta, entre otras cosas,
la historia del rumor en torno al submarino Superb. Escudero
fue profesora de letras en la Universidad de Rosario, se especializó
en Ciencias del Lenguaje en París y se doctoró en semiótica
en la Universidad de Bolonia. El tutor de su tesis doctoral
fue el semiólogo italiano Umberto Eco, de quien Escudero se
reconoce discípula. El propio Eco es el autor del prólogo
del libro.
Según el texto, la historia del submarino comenzó el 31 de
marzo, cuando Clarín se hizo eco de dos cables de las agencias
AFP y EFE que a la vez “levantaron” información del canal
inglés ITV, según la cual “la marina británica habría enviado
un submarino de propulsión nuclear a la región austral del
Atlántico Sur”.
Dice Escudero que “el anuncio de la televisión británica lo
hace el cronista de guerra del canal, que agrega que el submarino
nuclear Superb habría dejado la base de Gibraltar con destinación
desconocida”. Clarín tituló la noticia: “Londres habría enviado
submarinos”.
Escudero afirma que “esta cadena inicial de reenvíos de medio
a medio, que como hemos ya visto es una de las formas características
de legitimación de la información mediática, tiene a los medios
como fuente exclusiva de información, a tal punto que el Foreign
Office encarga a su portavoz de anunciar que se abstenía de
comentar la noticia: ‘No tenemos nada que decir sobre esta
versión’”.
Al día siguiente, el 1° de abril, Clarín volvió a publicar
información sobre el misterioso submarino nuclear inglés.
Según comenta la autora del libro, en una nota titulada “Agravamiento
de la crisis con Inglaterra: horas decisivas” el matutino
“hace propia la versión del 31 de marzo” en el párrafo que
afirmó: “Fuentes consultadas por Clarín han afirmado que Williams
(el embajador británico) habría sido convocado por la Cancillería
(…) En base a la versión que el gobierno británico habría
enviado un submarino nuclear a la zona de conflicto, declara:
‘Puedo solamente responder en lo que respecta al terreno diplomático,
no entro en cuestiones militares”.
Ese mismo día, Clarín en su página 4 insiste con el tema y
titula “Se confirma el envío de naves británicas a las Malvinas”,
en base a cables de AFP, ANSA y Latin Reuter. Para sorpresa
de los lectores, la nota agrega que “un segundo submarino
nuclear de la clase ‘Hunter-Killer’ y diferentes cazatorpedos
y fragatas podrían sumarse al Superb”.
Escudero afirma que “en 24 horas las versión inicial de la
noticia ha adquirido ya la categoría de certeza, no solamente
por la cantidad de signos identificatorios adicionales que
permiten al lector imaginar un submarino en todas sus características,
sino también por la resonancia y el eco recibido en otros
medios, reconfirmando de este modo al lector en sus abducciones
iniciales”.
La historia del submarino, relata Escudero, continúa el 4
de abril, “pasado el shock político-militar de la acción argentina”.
Dice la autora que “fiel a la orden que toda criatura parida
en el interior de un mundo posible mediático debe ser alimentada
y asistida”, Clarín publica que “un submarino atómico que
podría ser el Superb ha sido visto navegar en las aguas internacionales
frente a la ciudad de Mar del Plata (…) en dirección a las
Islas Malvinas (…) según cuanto se ha sabido ayer de fuentes
militares confiables, citadas por la agencia AFP”.
En la segunda semana que protagonizó el rumor, Escudero afirma
que se “desdobla” porque “ahora los submarinos en juego son
dos: el conocido Superb y el Oracle”. Según la autora, distintos
cables fechados en Londres, Madrid y Nueva York, por las agencias
AFP, ANSA, AP, EFE, Latin Reuter y UPI dieron cuenta de un
“hijo” del Superb, llamado Oracle. El 8 de abril, Clarín publica
entonces que, en realidad, “serían cuatro los submarinos atómicos
de la armada británica que navegan hacia las islas del Atlántico
Sur”, en una nota titulada “Continúa el avance de las tropas
británicas”. Estos “nuevos hijos” del Superb se llaman Scepter,
Spartan y Splendid.
El 10 de abril, Escudero dice que Clarín duda de la información
y “deja las pruebas momentáneamente de lado para volver a
la conjetura”. En una nota titulada “Refuerzan la infantería
británica”, Clarín señala que “según informaciones de expertos,
la mayor parte de las unidades podrían llegar a las inmediaciones
del archipiélago de las Malvinas en diez días. Sin embargo,
todo hace suponer que ciertos submarinos a propulsión nuclear
‘Hunter-Killer’ se encuentran ya en la zona y la prensa británica
habla frecuentemente de cuatro”.
El 11 de abril, consigna la autora, Clarín vuelve a la carga,
agregando ahora un nuevo submarino a los cuatro antes citados.
En una nota titulada “La Thatcher ha ratificado el bloqueo”,
el matutino publicó que “la prensa británica se hace eco de
los análisis de algunos observadores militares que señalan
que probablemente, Gran Bretaña iniciará un bloqueo con cinco
submarinos de propulsión nuclear, cuatro de los cuales se
encuentran en las aguas del archipiélago de las Malvinas.
Estos submarinos actuarían solos, en espera de la ‘fuerza
táctica’ británica compuesta por 36 naves que ha partido hace
cinco días de Portsmouth y de Gibraltar”.
Los días 12, 13 y 14 de abril, Clarín continúa publicando
información que asegura que submarinos británicos patrullan
la zona de las Malvinas, aunque ahora dice que “sólo dos serían
de energía atómica de la serie Hunter-Killer”. El 16 de abril,
Clarín sigue atribuyéndole funciones de “patrulla” a los submarinos,
el 17 de abril afirma que esos submarinos “no son localizables
por los radares” y el 18 publica un cable de Télam que afirma
que un piloto brasileño divisó al Superb en el Golfo de Santa
Catalina, Brasil. El diario consignó que el aviador le sacó
una foto al submarino, pero “se duda que se pueda efectuar
una correcta identificación a causa de las condiciones meteorológicas
adversas”. Escudero ironiza con “un caso raro: la fotografía
de un rumor. La degradación del Superb a la categoría de monstruo
del lago Ness”.
Al final, llega la muerte del submarino Superb. El 22 de abril,
Clarín publica un cable de la agencia Reuter que afirma: “Un
submarino que, como ha sido comunicado, habría patrullado
el área de las Islas Malvinas, ha sido identificado en Escocia
y parecería que nunca estuvo en la zona de guerra del Atlántico
Sur. Fuentes del ministerio de Defensa, han afirmado que el
submarino Superb de propulsión nuclear, se encontraba ayer
de regreso en su base de Faslane, en el estuario de Clyde,
desde el viernes”.
Escudero relata que “el 23 de abril el Daily Record, el diario
de mayor tiraje de Escocia, denuncia, junto a la red de televisión
regional, que el submarino Superb no habría salido nunca de
su base. En este punto, Clarín publicó que el ministro de
Defensa inglés “se vio obligado a admitir que se descubrió
el ‘bluff’ británico”, en una nota titulada “El ‘bluff’ del
Superb”.
Escudero incluye en su libro una opinión de Ricardo Kirschbaum,
“en la redacción del diario durante la guerra y coautor de
uno de los libros más incisivos del conflicto”, quien le dijo:
“Había una intensa guerra psicológica. Los periódicos serios
actuaron en modo moderado, las empresas tenían en claro cuál
habría sido el final, pero tenían que cumplir parte de su
papel. Fue un problema de fuentes de información. Por otra
parte, la fuente de información era británica. No había confirmación.
¿Qué se podía hacer? ¿Llamar a Londres? ¿Cuál era la fuente
que iba a legitimar el rumor? Se eligió la estrategia de publicar
directamente”. Cabe recordar que el actual editor general
de Clarín, Ricardo Kirschbaum, 25 años atrás
no tenía responsabilidad en la edición final
del matutino.
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| Tres casos de desinformación |
Santiago Lozada es Licenciado en Periodismo
de la Universidad del Salvador, escritor y conductor radial.
En el año 2000 presentó su tesina sobre “La Guerra de Malvinas
y los medios de comunicación”, en la que analizó la cobertura
realizada por el diario Clarín y la revista Gente, de Editorial
Atlántida. Se puede leer completa aquí.
En un extracto de su trabajo enviado a DsD, Lozada sostiene
que “del lado argentino, se utilizó sistemáticamente el control
de toda la información que salía de Puerto Argentino y del
teatro de operaciones. La agencia de noticias Télam estaba
controlada por el servicio de inteligencia del Estado Mayor
Conjunto y fue la encargada de esta acción. Casi todas las
noticias difundidas en los medios nacionales provenían de
fuentes oficiales (Télam o por Comunicado). Toda la información
fue controlada en gran medida y también las autoridades se
ocuparon de difundir un documento que reglaba las nuevas acciones
que se venían”.
Añade que “por otra parte, el gobierno británico realizó lo
suyo durante la Guerra de Malvinas. En el libro Una Cara de
la Moneda del Sunday Times Insight Team, de Londres, periodistas
de ese país cuentan como fueron objeto de censura. Uno de
los casos que más llamaba la atención por lo grotesco se produjo
cuando un periodista encontró que le habían modificado el
‘fracaso’ de las acciones de los Vulcan, por un inefable ‘éxito’.”
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| En vez del hundimiento, la noticia es el rescate |
Lozada sostiene que “el 4 de mayo de 1982
Clarín encabezó su primera plana con esta noticia que tanta
congoja provocaba en los argentinos. ‘Rescatan náufragos del
crucero hundido’, fue el titular elegido. Inmediatamente después,
en un recuadro, se podía ver la posición exacta del crucero
durante el ataque y un párrafo que aclaraba que ‘Argentina
denunció que atacaron fuera de la zona de guerra’. Al profundizar
la
noticia en la pagina 2 y 3 titula con un ‘Rescatan a 123
sobrevivientes del Belgrano’. Sólo en la bajada, y con letras
muy pequeñas, aclara que la tripulación total del crucero
consistía en 1042 tripulantes”.
Según la tesis, “la noticia del hundimiento del General Belgrano
se explica desde la prensa con dos intencionalidades bien
definidas. En primer lugar la ubicación que tenía el barco
al momento del ataque, es decir fuera de la zona de exclusión
declarada por el Reino Unido. Cabe recordar la portada de
Clarín del 4 de mayo de 1982 donde en una infografía claramente
se observa que el crucero estaba fuera de la zona de guerra
y se aclara que Argentina denunció el hecho a las Naciones
Unidas. La intencionalidad es mostrar al país como víctima
de un crimen de guerra. Lo cual era cierto, de acuerdo al
derecho internacional”. Y agrega que “por otra parte, y en
la misma portada, se puede ver que el titular principal dice
que ‘Rescatan náufragos del crucero hundido’. Es decir, nada
dice de los que no rescatan (que son la mayoría, teniendo
en cuenta que la tripulación era de más de mil hombres). Se
podría entender de esta portada, viéndola en su conjunto,
que la Argentina sufrió un crimen de guerra y sin embargo
hace todo lo posible para salvar a su gente”.
Lozada concluye que “el hundimiento del Belgrano es una de
las muestras más claras de cómo la prensa juega un papel preponderante
durante una guerra. En una sola portada se observa manifestación
de política externa (Argentina víctima) y política interna
(no se preocupen que vamos a rescatar la mayor cantidad de
hombres posibles)”.
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| Un teniente que ya murió, atacó al Hermes |
La tesis de Lozada incluye otro hecho
publicado en la revista Gente. Con respecto a este semanario,
el periodista afirma que “tuvo una participación periodística
activa durante el conflicto del Atlántico Sur. El celebre
‘Vamos ganando’, fue rubricado con su firma y quedó para la
posteridad como un ejemplo de la prensa exitista durante una
guerra”.
Relata entonces “el supuesto ataque por parte de un solitario
Pucará a la flota británica, realizando graves averías al
portaaviones HMS Hermes”. Agrega que “esta noticia fue levantada
también por otros medios pero Gente realizó un desarrollo
digno de análisis”.
Sostiene Lozada que “el desarrollo de esta noticia cuyo origen
fue la agencia de noticias DyN fue bastante peculiar. Mostró
al teniente Daniel Antonio Jukic como un héroe que en su tarea
había atacado al portaviones británico HMS Hermes, dañándolo
gravemente, y retornado a su base en Darwin. En la información,
con un desarrollo amarillista y sensacionalista, se puede
observar una ilustración del supuesto Pucará atacante escapando
indemne de las defensas británicas, dejando atrás fuego y
destrucción sobre la cubierta del portaaviones”
Afirma que “la característica principal de la información
que detallamos radica en el acento brindado a la acción heroica
de un piloto argentino. Según Gente, éste había desoído todas
las órdenes y había atacado solitariamente a un portaaviones
británico (cuyas defensas aéreas son tremendas) y le había
causado daños de consideración. Toda la editorial Atlántida
se cuadró en esta política de triunfalismo que como ya veremos
trajo consecuencias en la opinión pública argentina al finalizar
la guerra”.
Sin embargo, el periodista asegura que “el Hermes nunca fue
atacado por un solitario avión Pucará al mando del teniente
Daniel Antonio Jukic (como dijeron algunos medios el 2 de
mayo y profundizo Gente en días posteriores) puesto que lamentablemente
el piloto del avión había fallecido horas antes de dicho ataque
en otras circunstancias completamente diferentes”.
Asegura Lozada que “al producirse el ataque de aviones británicos
Vulcan B-2 a Puerto Argentino/Stanley, en una base cercana
(BAM Cóndor, Darwin) se ordenó la evacuación de los aviones
Pucará que había en el campo de aterrizaje, ya que no existía
refugio alguno allí frente a los ataques británicos. Sólo
dos aviones habían sido evacuados cuando un tercero, como
consecuencia del barro de la pista, rompió la rueda de nariz
imposibilitando el despegue del resto. Eran las 07:30 hs”.
Continua que “el ataque efectuado por tres Sea Harrier poco
tiempo después sorprendió al personal de la base intentando
remover al avión accidentado en la pista. Una de las bombas
lanzadas por el Teniente Hale de la Royal Navy, dio de lleno
en el avión matricula A-527 mientras los armeros y los mecánicos
asistían al piloto, quien era en realidad el Tte. Daniel Antonio
Jukic, oriundo de la ciudad de Bariloche. Como consecuencia
de la tremenda explosión, Jukic y siete personas más fallecieron
en el acto”.
La tesis incluye el testimonio del teniente Hernández, compañero
de Jukic, quien le dijo al tesista: “Estábamos por despegar
con la segunda escuadrilla del día, esperando en la pista
que lo hiciese la primera, cuando un accidente dejó la pista
bloqueada. El jefe de la misma, en plena carrera de despegue,
metió la pata de nariz en un pozo y el avión dio de frente
contra el suelo. Fue en ese momento cuando los vimos. Giré
la cabeza y vi a tres Harrier en formación cerrada, volando
a 10 o 20 metros y arrojando sus bombas. Sólo atine a arrojarme
al piso, el que parecía flamear y rebotar con las explosiones.
Luego del bombardeo levanté la cabeza y vi el avión de mi
compañero incendiado y partido en dos. (...) Mi compañero
de vuelo había muerto junto con ocho de nuestros mecánicos(...).
Eran el teniente primero Jukic, (...)”.
Lozada agrega que “además el contraataque argentino a la flota
británica (donde supuestamente fue averiado el Hermes y otras
fragatas) comenzó en horas del mediodía. Mal Jukic podría
haber participado de dicho ataque al encontrarse fallecido
desde hacia más de tres horas”.
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| EL
ÚLTIMO HELICOPTERO
Por Diego Pérez Andrade*
La mañana del 17 de junio de 1982
pintaba ventosa y muy fría. Algunos nubarrones grises
corrían por arriba nuestro, mientras observábamos
las interminables maniobras de aterrizaje y despegue de los
helicópteros sobre la cubierta del rompehielos Almirante
Irízar.
Unos dos kilómetros delante teníamos,
detrás de la franja de mar verde y revuelto, las costas
de Comodoro Rivadavia. Volvíamos, ¡por fin! al
continente, después de haber pasado toda la Guerra
de Malvinas en las Islas. Derrotados. Pero contentos de estar
de nuevo en casa.
Los helicópteros Bell del Ejército
se llevaban de a cuatro, algunas veces de a seis, a los heridos
que traíamos a bordo desde Puerto Argentino, que eran
más de 300, y los depositaban en las ambulancias que
los trasladarían a distintos hospitales de Comodoro.
El Irízar, tras el comienzo de las
hostilidades, había sido convertido en buque hospital
y cubierto su casco, habitualmente de color naranja antártico,
con una capa de pintura blanca. La cuestión era evitar
que los británicos lo confundieran con un mercante
y lo echaran a pique.
Nos juntamos a proa a divisar con binoculares
el gentío que se apiñaba sobre la costa de la
ciudad. Son más de 50.000 personas, fantaseábamos
con Carlos García Malod, quien como yo había
sido cronista en la corresponsalía de Télam
en Puerto Argentino.
Eduardo Farré, nuestro fotógrafo,
trabajaba ensimismado con un teleobjetivo grande como un termo
y no nos daba bola. El radiooperador, Juan Carlos Torlica
González temía que se presentaran en el puerto
las dos novias que había dejado al irse a la guerra,
con lo que su desembarco amenazaba ser más peligroso
que el escenario que habíamos dejado atrás.
Todos sabíamos que entre la multitud
que esperaba a los primeros combatientes que volvían
de Malvinas, tras la rendición, también había
colegas nuestros de todo el mundo, cámaras de televisión
y reporteros estrella. Y secretamente ansiábamos nuestros
cinco minutos de fama luego de tanta censura, tanta tristeza
y un frío que no nos abandonaba. Y de tantas muertes.
No lo decíamos, pero por dentro esperábamos
vernos admirados como héroes y conseguir lo que rara
vez logra un periodista: ser noticia por sí mismo.
Brillar con luz propia y no por la habilidad de relatar los
claroscuros de este o aquel personaje. Sí. Aquél
sería nuestro momento, y nadie podría quitárnoslo.
Pero debíamos tener paciencia. No habían dicho
que nos llevarían a tierra después de que trasladaran
a todos los heridos. En el último helicóptero.
…………………………
Mentalmente, mientras acodado en la baranda
del barco oteaba el ir y venir de helicópteros, recordé
como en un flash back cuando el gobierno militar, no bien
comenzó la guerra, nos advirtió que Télam
no difundiría en el servicio a sus abonados ninguna
noticia originada en las Islas -esto es, escrita por nosotros-
en las que se hablara de bajas propias o de combates donde
las tropas argentinas hubieran sido derrotadas.
O sea, nada, ya que todo el conflicto armado
fue una derrota para la Argentina, de principio a fin. Hubo
excepciones, sí, alguna que otra incursión de
los cazas navales o de la Fuerza Aérea. Pero que nunca
fueron suficientes ni ocurrieron cuando verdaderamente los
necesitábamos.
Nuestros conocimientos de estrategia eran
mínimos, pero no se necesitaba ser un Clausewitz para
darse cuenta que Malvinas es un escenario básicamente
aeronaval. Bueno, pues no teníamos ni aviones ni barcos.
Y sí 10.000 soldados enterrados en trincheras estáticas
que rezumaban humedad, sin armamento, sin comida ni ropa de
recambio.
Grandes y pequeños detalles que nosotros
informamos a Télam central en nuestros diarios despachos,
pero que eran minuciosamente grabados y llevados al estado
Mayor Conjunto por un grupo de militares de Inteligencia que
cumplían turnos de guardia junto al aparato de radio
las 24 horas. Detalles, como digo, que no fueron nunca publicados.
Pero que eran fuente de comentarios que los
jefes del Estado Mayor Conjunto hacían a los principales
editores de los grandes diarios y revistas de alcance nacional,
según el grado de cercanía que éstos
tuvieran con la causa del Proceso de Reorganización
Nacional.
Pienso que allí estuvo la clave para
comprender cómo fue posible que millones de argentinos
creyeran el Gran Engaño del “Estamos ganando”
y “Hundimos al Sheffield”. O las tapas de revistas
donde Margaret Thatcher salía con colmillos como si
fuera la novia de Drácula. Volvió a repetirse
la alianza entre los generales y los propietarios de los medios
de comunicación que tan bien había funcionado
durante la represión. Todos ellos supieron todo, siempre.
Pero nunca dijeron nada.
Estas y otras cuestiones que en estas pocas
líneas sería imposible narrar eran el meollo
del speech que pensaba, aquella fría mañana
embarcado frente a la costa patagónica, contar a quienes
estuvieran dispuestos a escucharme. ¡Y qué quilombo
se armaría! Seguramente me llevarían a entrevistarme
a Europa y a los Estados Unidos. ¿Qué menos?
……………………….
Pasado el mediodía nos juntamos para
almorzar en el comedor del buque y García Malod se
preguntó si debíamos ocultar los cassettes con
entrevistas que habíamos hecho durante los 74 días
que pasamos en las Islas. “Y también los rollos
de fotos, tengo como 60 y sería una cagada que nos
los afanaran”, terció el Pollo Farré.
El miedo no es zonzo Sabíamos que
el gobierno militar interceptaba y se incautaba de todo material
periodístico que habíamos intentado introducir
clandestinamente en el continente. Generalmente eran rollos
de fotos, o en el caso de ATC cassettes de video, que enviábamos
con las tripulaciones de los poquísimos Hércules
C-130 o los Fokker que lograban burlar el bloqueo en su regreso
a Comodoro, Río Gallegos o Río Grande.
No se supo cómo se enteraron los censores,
pero a partir del 15 de mayo a los pilotos y acompañantes,
al poner pie en tierra en el continente, los revisaban de
pies a cabeza.
Lo curioso fue que muchas de esas fotografías,
que nunca se publicaron en nuestro país, las vimos
luego en las paginas de los principales semanarios del mundo:
Stern, Newsweek, Time, Cambio 16, Paris Match y otros por
el estilo. Farré calcula que con ese material, cuya
obtención casi le costó la vida en muchos casos,
los militares argentinos que lo comercializaron deben haberse
forrado en dólares.
Entre el grupo de civiles que volvía
con nosotros a bordo del Irízar no dudamos en elegir
al jujeño Facundo Tolaba, un empleado de Vialidad Nacional
que había manejado una retroexcavadora para horadar
el suelo de turba y construir los pozos de zorro para los
soldados.
Su aspecto rústico y su piel cobriza
revelaban que era de origen colla, y su ropa de trabajo y
zapatones con suela de tractor despistarían -pensamos-
el olfato de los fisgones de la inteligencia militar en el
hipotético caso de que nos requisaran. Pero…¿quién
se atrevería con los primeros héroes que regresaban
a casa?
De cualquier forma, escondimos los rollos
de fotos en paquetes de dos kilos de café colombiano
que habíamos comprado baratísimo en el West
Store –el único supermercado de las Islas- ya
que regía en todo el archipiélago el régimen
de mercaderías libres de impuestos.
Cerca de las 18 nos tocó abordar el
último helicóptero. La ansiedad era generalizada,
y la preocupación de Farré era que llegáramos
con luz para salir bien en las entrevistas televisivas.
Pero nunca llegamos a la zona portuaria donde
se agolpaban los comodorenses y nuestros colegas. El piloto
del último helicóptero sobrevoló la muchedumbre
y encaró hacia un descampado en las afueras de la ciudad,
donde nos esperaban tres camionetas de color verde oliva.
De allí a unos galpones en desuso
donde funcionaba una unidad de Inteligencia a militar, al
mando del coronel Esteban Solíz, que nos recibió
con una arenga supuestamente patriótica según
la cual “el particular momento por el que atraviesa
el país torna inconveniente que ustedes cuenten lo
que vieron en nuestras Islas irredentas”.
Y, por supuesto, al que primero revisaron
fue a Tolaba y a su humilde bagayo, que era una valija de
cartón atada con una soga. Cuando comenzaron a caer
los rollos de los tajeados paquetes de café, el hombre
de Vialidad nos miró en silencio, con cara de póker.
No nos vendió.
Pero saltamos y nos hicimos cargo. Y eso
dio pie a los uniformados para que nos ordenaran desnudarnos
por completo y colocarnos de cara a la pared con los brazos
arriba y las piernas separadas. Hacía un frío
de locos, pero allí estábamos, en bolas y en
silencio.
Los fisgones, encima, nos revisaban a las
apuradas y se iban corriendo a otra oficina no lejos de allí.
Otros venían a relevarlos con gesto de fastidio. Era
como si no quisieran cumplir con esa ignominiosa misión.
Después desculamos que era porque estaban viendo por
TV un partido de Argentina en el Mundial de España.
Nos sacaron los rollos, los cassettes y varias
libretas con apuntes. Todo lo que oliera a memoria periodística
de la guerra. “Y ahora se van para la ciudad y cuidadito
con lo que andan contando. Bastantes problemas tenemos ya
los argentinos para que ustedes vengan a hablar boludeces”,
rugió Soliz a modo de despedida.
Esto ocurrió hace 25 años en
la Argentina, cuando el que firma era un joven periodista
que confiaba en que las cosas cambiarían para mejor.
Pero que ahora, a los 54 años, ya no está tan
convencido de esa posibilidad. Pero seguramente está
equivocado. No será la primera vez.
(*)
Periodista, integró la dotación de la agencia
de noticias Télam en Puerto Argentino, desde el 25
de abril al 15 de junio de 1982. Hijo de periodista y con
un hermano, Julio, desaparecido en 1978. |
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| El combate terrestre en San Carlos, que nunca existió |
Lozada afirma que “otro caso digno de análisis
es la información dada por la revista
Gente sobre los combates San Carlos. En una infografía a dos
páginas se da cuenta de movimientos de tropas argentinas hacia el
estrecho homónimo cuando esto nunca existió. Claramente la infografía
muestra como tropas argentinas se movilizan hacia la zona de desembarco
británico con el fin de neutralizar a las fuerzas invasoras”.
Añade que “Gente publicó una infografia que daba cuenta de cruentos
combates en San Carlos; estos sólo existieron de modo aeronaval,
es decir aviones argentinos que atacaban la flota británica. Titulando
‘Como fue la batalla del estrecho de San Carlos’, Gente dijo esto
entre otros comentarios: ‘El frente de combate se mantiene estable
y la situación bajo control de las fuerzas argentinas’. Esto no
pudo ser cierto por la sencilla razón que en esa zona había una
sola fuerza terrestre: la británica”.
Otro de los comentarios publicados por Gente fue: “efectivos terrestres
argentinos comienzan a acercarse a la zona donde los ingleses habían
establecido sus posiciones. El objetivo: cercar a las tropas ingleses”.
Lozada afirma que “los británicos se extrañaron mucho de no encontrar
resistencia terrestre argentina en la zona de desembarco”.
La tesis incluye otros datos que también dan por tierra la construcción
de Gente de los combates de San Carlos. Uno de ellos fue brindado
por el gobernador militar de las islas durante la guerra, Mario
Benjamín Menéndez, quien al finalizar el conflicto declaró: “No
nos movilizamos hacia San Carlos por que los medios que disponíamos
no nos lo permitían (...) Sólo algunos comandos pudieron acercarse
a la zona de desembarco pero sin causar mas daños que derribo de
algún helicóptero o alguna trifulca menor. (...) A partir de allí,
decidimos defender las islas desde Puerto Argentino y de manera
estática, concentrando todas nuestras fuerzas en el lugar y en los
alrededores”.
Además, Lozada añade que “difícilmente las fuerzas argentinas terrestres
hayan podido acercarse a la zona de San Carlos cuando no tenían
los medios para hacerlo. El suelo es de un material conocido como
‘turba’, cuya consistencia es pantanosa y solo sirve para calefaccionar
las casas de los isleños. Esto impedía la acción de grandes vehículos
de carga puesto que se enterraban en el barro. Por aire también
era complicado. A la carencia suficiente de helicópteros se le sumaba
la efectividad de los aviones Sea Harrier, dándoles a estos últimos
una supremacía aérea solo vulnerada por los aviones cazabombarderos
argentinos apostados en bases continentales”.
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| Qué hizo el periodismo |
Roberto Herrscher (1962, Buenos Aires) es sociólogo
(UBA) y periodista (Columbia University). Desde 1998 es Director
Académico y profesor del Máster en Periodismo de la Universidad
de Barcelona. También es ex combatiente de la guerra de las Malvinas.
Como se dijo antes, su testimonio escrito fue incluido en el libro
“La noticia deseada”, de Miguel Wiñazki. Estos son algunos pasajes
de su texto:
Cada año, aprovechando
los aniversarios y las declaraciones más o menos altisonantes de
autoridades civiles y militares, los medios vuelven a “contar” la
Guerra de las Malvinas. Pero, salvo muy honrosas excepciones, siempre
falta un personaje en el recuento de esa tragedia nacional: los
mismos medios y los periodistas que fabricaron esa guerra, y, al
hacerlo, influyeron en la forma en que los argentinos nos pensamos,
nos sentimos y nos recordamos desde entonces.
No es un olvido fortuito, por supuesto. Los medios de hoy y muchos
de los más respetados periodistas –desde los obvios Cacho Fontana
y Pinky de la maratón televisiva donde la gente regalaba las joyas
de la abuela para la causa patria hasta el sanguíneo Bernardo Neustadt
o el flemático Mariano Grondona- participaron en la euforia de Malvinas.
Hoy cuentan los errores de la guerra recortando prolijamente de
la foto la figura del periodista. Ellos no estaban.
Pero sí que estaban. El 14 de junio cuando los medios anunciaron
que se había producido un “alto el fuego” (nunca se mencionó la
palabra “rendición”), una multitud desesperada llenó Plaza de Mayo
sin haber sido convocada por nadie para gritarle al general Leopoldo
Galtieri que por qué no seguían peleando si hasta ayer estábamos
“ganando”. Fue en ese momento –como tal vez en ningún otro de la
historia de la relación de los argentinos con nuestros medios- que
los periodistas se hicieron visibles. Los periodistas habían ido
como siempre y cumplían con pulcritud su trabajo. El pueblo, entonces,
se dio vuelta y los increpó: “Ustedes también nos mintieron”, gritó
una señora. Los fotógrafos y cámaras no tuvieron otra alternativa
que registrar los gritos y los puños en alto de los manifestantes
dirigidos a ellos.
¿Qué hicieron los periodistas durante la guerra?
Lo más sencillo es seguir las hazañas de los que estuvieron allí.
Hubo tres periodistas argentinos en las islas: Nicolás Kasanzew
de Canal 7, y Diego Pérez Andrade y Carlos García Malod, ambos de
la agencia estatal Télam. Sus historias son fascinantes, pero muy
poco de lo que averiguaron llegó a los argentinos durante la guerra.
La historia se escribió en Buenos Aires. Desde las islas provenían
declaraciones, fotos, imágenes, personajes, todo previamente censurado.
Los editores ponían la guerra.
En Buenos Aires, el oficial a cargo de la censura de los medios
reunió el 2 de abril a los directores de diarios para anunciarles
que trabajarían a partir de entonces en el esfuerzo patriótico para
ganar la guerra y que ya sabían lo que tenían que hacer. El director
del diario centenario en idioma inglés, The Buenos Aires Herald,
James Neilson, contó años más tarde que ese día le dijo al oficial
que lamentablemente no sabía lo que tenía que hacer y que por favor
le pusiera un censor en la redacción. “Los demás entendieron perfectamente.
Hacía seis años que ellos mismos cumplían el triste papel de censores
en sus propias redacciones”, terminó Neilson el relato.
(…)
Durante Malvinas no se inventó nada. Se siguió el mismo método de
apoyo entusiasta que venía proponiéndose como contenido y tono en
los medios durante toda la época de Videla, Viola y Galtieri. En
algunos casos, el medio se hacía eco de las opiniones y posturas
del Gobierno proponiéndolas como propias (es triste volver a leer
en ese sentido los editoriales y los adjetivos editorializantes
usados para asegurar que “los argentinos somos derechos y humanos”).
En otros casos, un mínimo sentido de decencia llevaba a los periodistas
a advertir que sus informaciones provenían de “fuentes habitualmente
bien informadas”.
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| Creación del héroe en diarios y revistas |
(…) El libro esencial para entender por qué y cómo perdimos desde
el primer minuto es ‘Malvinas. La trama secreta’, de los periodistas
de Clarín Oscar Raúl Cardoso, Ricardo Kirschbaum y Eduardo van der
Kooy. El libro lo publicaron en 1983, poco antes de la restauración
democrática. En medio de una larga entrevista sobre el periodismo
durante Malvinas, le pregunté a Kirschbaum si sabían lo que cuentan
en el libro en el momento de la guerra. Sí, lo sabían. Le pregunté
entonces qué proporción de lo que realmente estaba pasando pudieron
publicar en las páginas de Clarín durante la guerra. La respuesta
fue: “Nada”.
Durante tres meses, cinco revistas de actualidad (Gente, Siete Días,
La Semana, Somos y Diez Minutos) llenaron el 90 por ciento de sus
páginas con fotos, noticias y reportajes de Malvinas. Ninguna tenía
ni un reportero ni un fotógrafo en las islas, ni mucho menos en la
flota británica. El análisis de esas revistas es una fuente inagotable
de maravillas para el estudioso del discurso de los medios.
A lo largo de los textos, los militares argentinos se despliegan en
tres tareas: como fuentes oficiales, emocionados proveedores de historias
humanas y entendidos expertos supuestamente objetivos. (…)
Las tapas de Gente, especialmente, quedaron grabadas en la memoria
de las generaciones que vivieron la guerra.
6 de mayo: Estamos ganando.
13 de mayo: Gran Bretaña asesina. Las fotos de la guerra que usted
nunca vio.
20 de mayo: Respuesta argentina a las agresiones británicas. Vamos
a atacar.
27 de mayo: ¡Seguimos ganando!
Dos semanas después de la rendición (14 de junio), la tapa de Gente
salió en rojo furioso con preguntas dignas de un periodismo opositor
y de investigación.
1º de julio: Los soldados que pelearon en Malvinas responden estas
preguntas: ¿Había comida? ¿Tenían ropa adecuada? ¿Qué pasó con las
armas? ¿Cuántos muertos hubo?
Son 98 páginas de la revista, y ni en ese número ni en ningún otro
hasta ahora Gente intenta responder, aunque sea con mentiras, por
qué no hizo esas preguntas cuando hacía falta.
Se ha publicado mucho sobre la revista Gente y sus formidables títulos
de tapa. Pero todos los medios de la época –salvo los ejemplos valientes
de la revista Humor y The Buenos Aires Herald- se plegaron al estilo
empalagoso que hacía propias las mentiras del gobierno y les agregaba
mucho de cosecha propia.
Mi preferido es el número de La Semana de mediados de abril, cuando
Alexander Haig vino a convencer a Galtieri de llegar a un acuerdo
y retirarse de las islas y el Gobierno orquestó una manifestación
en Plaza de Mayo para demostrar que no podía dar marcha atrás. A página
entera (impar), un padre tres cuartos de espaldas, con camisa a rayas
arremangada hasta el codo, sostiene a un niño rubio como el Principito.
El niño, de unos dos o tres años, lleva en la frente una cinta con
los colores de la bandera argentina. La mirada, entre semidormida
y soñadora, mira directamente a cámara. Sus deditos regordetes se
aferran al brazo del papá.
Este es el epígrafe: “Papá, ¿qué es la Argentina? Hijo mío: tenés
una bandera en la frente y una verdad en el alma. Si no fueras tan
niño te contaría todo lo que estás viendo. Estás viendo un país unido
por la Justicia, a pesar de todos nuestros desencuentros. Cuando seas
grande te vas a acordar de este día. Pero todavía eres niño. Duerme,
hijo mío, duerme”.
Nótese que en su exaltación poética, el periodista que había empezado
a hablarle al niño de vos, en “argentino” (“tenés”) termina imitando
la verba inflamada de los tribunos románticos del siglo pasado (“eres”,
“duerme”). En Argentina, el “tú” suena forzado, extranjero, solemne
o antiguo. Sin darse cuenta, el anónimo autor del epígrafe se metió
en el lenguaje de las arengas atemporales que le definieron en la
escuela primaria la forma en que se habla de la Patria.
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| Los medios no aprendieron la lección de Malvinas |
(…)La revista La Semana, la misma de “Papá ¿Qué
es la Argentina?”, había seguido en los últimos
meses de la dictadura el viento de la Historia y se había hecho
más opositora. Sacó documentos críticos, la dictadura
la cerró, su director se exilió en Venezuela y, apenas
restaurada la democracia, entre la elección de Alfonsín
y su asunción, publicó un número especial. Se
llamó Libro Histórico 2.800 días del Proceso.
Todo el horror del peor Gobierno de la Historia. Este es un recuento
en la primera página: “Muerte, desaparecidos, inflación,
endeudamiento, corrupción, ilícitos, terror, desocupación,
deserción escolar, desnutrición infantil, una guerra
sucia y una guerra loca”.
Las páginas que
dedica a la guerra de las Malvinas son lapidarias. Empieza con el
2 de abril y, dos páginas más adelante, el gran día.
Fue el 9 de abril, cuando Alexander Haig vino a ofrecerle a Galtieri
lo que había podido obtener como compromiso de Thatcher.
El Gobierno y todos los periodistas “transmitieron en cadena”
(la frase es de Decíamos ayer )* llamaron a la multitud a
manifestarse en Plaza de Mayo. “Si quieren venir que vengan”
alardeaba Galtieri. Pero en esta edición de La Semana del
83, la foto está tomada desde el centro de la plaza. Al fondo,
pequeñito, se ve a Galtieri entre banderas argentinas. “En
la Casa de Gobierno, Galtieri se creyó presidente por muchos
años”, dice el epígrafe.
¿Qué había
dicho la revista de esa semana del 82, un año y medio antes?
Ya en la elección de la imagen se ve que faltaba esa saludable
“distancia”. La foto del General es de primer plano,
tomada desde detrás de su hombro. Se ve la plaza llena y
se la mira desde el punto de vista de Galtieri. El General sonríe,
brazo en alto. El título: “Galtieri para todos”.
La última página del Libro Histórico 2.818
días del Proceso es una foto a todo color. Al lado, un epígrafe:
“Él espera. Nació cuando la Argentina se debatía
en el caos. Crecerá en la Argentina que sobrevivió
al Proceso de Reorganización Nacional. Por él tiene
sentido este viaje que hicimos a través de 2.818 días
de horror. Que este sea el primero y último Libro Negro de
su vida”.
Pero la foto que ocupa
toda esta última página es la misma del niñito
rubio con el lazo de los colores de la bandera en la frente, en
brazos de su padre, con la misma camisa a rayas arremangada. Es
la misma foto. La misma revista. Un año y medio después.
La Semana y su director,
Jorge Fontevecchia, no son excepciones ni portentos. Los que deciden
por la sociedad argentina, decidieron que Malvinas ya no tiene que
ver con nosotros. Fue la aventura loca de un general borracho. Y
están dispuestos a usar, abusar y cambiar el pasado para
recordarnos a todos como opositores.
Pero la verdad es que
prácticamente no hubo opositores durante Malvinas.
* Se refiere al libro "Decíamos
ayer" de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta, de editorial
Colihue.
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| “No fueron inocentes” |
Esto dijo un periodista que sobrevivió al infierno. Es Rodolfo
Braceli, en la revista Plural, en 1987: “La mayoría de
los medios de comunicación y muchos notables periodistas, más
que ser sumisos y salvar el pellejo, la pasaron bien. No fueron víctimas.
Ni fueron inocentes. Decir que no fueron inocentes es una manera suavísima
de decir que fueron, también, particularmente culpables…Y
hay más para revisarnos: una cosa es la sumisión por
pavura y otra cosa es la genuflexión azucarada y gozosa, la
de la complicidad. De esto último hubo demasiado”.
Braceli está hablando
de toda la noche de la dictadura militar, pero los días de
Malvinas fueron especialmente provechosos para los cómplices
y genuflexos: estábamos en guerra. Los periodistas nos enseñaron
a todos que agachar la cabeza y sonreír era no solamente
seguro, una garantía de preservación. Era bueno, era
necesario, era la única conducta patriótica y valiente
(frente al enemigo, Inglaterra).
(…)
|
| A modo de conclusión |
Todos los textos aquí
aludidos merecen leerse por completo. Y en el caso de la tesina
del periodista Lozada, bien merecería su publicación.
Quienes fueron contemporáneos de la Guerra, podrán
recordar y sacar sus propias conclusiones. Los más jóvenes
también, pero para prevenirse: en una guerra, en cualquier
país del mundo, la Verdad nace herida de muerte. ¿Podrá
explicárseles a nuestros niños que una multitud en
Plaza de Mayo vitoreaba por Malvinas frente a un dictador que la
arengaba? ¿Podrá explicárseles sin precisar
el rol que jugó el periodismo? ¿Podrán esos
veteranos periodistas seguir escribiendo sin autocríticas?
¿Habrá autocrítica? Es necesaria para que todo
no se explique –a los incautos- por la existencia de un Acta
de la Junta Militar en el control de la información. Habrá
que preguntarse por qué en casi 24 años de gobiernos
constitucionales asociamos a Malvinas con “abandono”;
“chicos de la guerra”; “dolor” y “tristeza”.
Y casi nunca con “gesta”; “valientes soldados”;
“coraje” ó “heroísmo”. Igual
que en 1982, nunca nos dijeron que podíamos perder. Nadie
nos dice ahora qué podemos hacer para ganar. Para recuperar
la verdad en forma completa. Como dice en su testimonio, Diego Pérez
Andrade, para que no nos saquen "todo lo que oliera a memoria
periodística de la guerra".
|
| Aportes de los lectores |
A propósito de "Los
medios recuerdan la guerra de las Malvinas."
Pasados 25 años de la guerra ha llegado el momento oportuno
para abordar Malvinas, desde la perspectiva mediática y su
responsabilidad, con más valentía pero al mismo tiempo
con menos pasión. Menos pasión porque nos ayuda a
ver con objetividad lo sucedido y con más valentía
porque es hora que aquellos que lucraron con la guerra sean desenmascarados,
no con la denuncia y el señalamiento impulsivo sino con el
análisis serio, maduro, académico y profesional, como
creo lo es el trabajo publicado por DsD.
La Argentina aún no ha superado la bifurcación -o
contradicción- política de considerar a la guerra
de Malvinas como un hecho apoteósico e inmaculado por un
lado, y a satanizarlo como un capítulo vergonzante por el
otro. Ambas posturas no son correctas, pues el oportunismo de la
dictadura militar de asirse de una causa nacional, justa y libertaria,
devino en un proceso que tuvo vida propia desbordando al régimen
y mostrándonos a los argentinos -como en un espejo- la realidad
de quiénes eran nuestros enemigos y quienes nuestros amigos
y esa realidad nos enfrentó a la desnudez interna política
y militar y al colonialismo salvaje que no tiene amigos, aunque
éstos hayan tenido relaciones carnales con ellos, sino intereses.
Debería partirse de este punto -nunca asumido por el Establishment-
para adentrarse en el porqué de la conducta de los medios
que en su mayoría eran funcionales al régimen.
Como veterano de guerra me interesa en sobremanera este debate
pues aún recuerdo claramente dos hechos de la posguerra:
el retorno donde el silencio y el ocultamiento de los soldados fue
el pasaporte del Estado Argentino para la reinserción, y
cuando descubrí el triunfalismo y la mentira de todo lo publicado
por los medios durante el conflicto. Por ese entonces apenas salido
del Ejército ingresé por mis propios medios a trabajar
en la Editorial Perfil como empleado de planta, y pude acceder a
todas las publicaciones de dicha editorial y de otras empresas en
lo referido a Malvinas. Descubrí como habían hecho
los refritos de las publicaciones europeas que recibían vía
courier y las presentaban como sus grandes notas, como muy bien
refiere Roberto Herrscher, veterano de Malvinas y colega, cuando
dice que "ninguna (de las publicaciones) tenía un reportero
ni un fotógrafo en las islas, ni mucho menos en la flota
británica". Recuerdo que en más de una ocasión
comenté a ciertos periodistas de esa Editorial que dado que
era ex combatiente sabía que lo publicado era ilegítimo
hasta en los mínimos detalles. Obviamente, nadie reparó
en mis cándidos comentarios en ese entonces.
El control sobre la información en una guerra convencional
es, obviamente, un arma más que puede ser utilizada sin ética
periodística alguna. No sorprende pues que hubieran tenido
lugar las censuras y los censores. Pero existe una diferencia diamantina
entre el la conducta de los militares y las medidas que de ellos
emanaban -aunque reprochables- y la actitud de genuflexión
oportunista y miserable de los dueños de los medios que especularon
con Malvinas amplificando las mentiras, inventando inclusive hechos
inexistentes que no pueden endilgarlos a los censores militares,
pues éstos seguramente carecían de tan prolífica
imaginación. Seguramente razones de mercado impulsaron a
los empresarios editoriales a falsificar la realidad. Pero una cosa
era aceptar la censura impuesta por el régimen y otra falsificar
la noticia. Esto lo demuestra palmariamente Diego Pérez Andrade
en su nota publicada por DsD.
Hasta dónde un medio debe aceptar lo ineluctable -la censura-
y dónde empieza la ética y también el patriotismo
a dictar la conducta periodística, sería bueno que
los mismos responsables de esos medios tuvieran la valentía
de responder.
No voy a redundar sobre definiciones y coincidencias comunes con
los autores del trabajo de DsD, pero si creo que debería
tenerse presente es analizar si los patrones de conducta de los
medios durante Malvinas, que fue la misma durante toda la dictadura,
siguen siendo los mismos, o si han cambiado, cuál es la brújula
que determina el proceso de informar a la ciudadanía.
Por eso volviendo a la reflexión inicial acerca del porqué
de la conducta de los medios durante Malvinas es necesario ponerse
de acuerdo sobre los comportamientos análogos entre los dueños
de medios, los poderes fácticos y los políticos: ante
un evento trascendente el poder político y los que ejercen
la vida pública analizan y toman una posición. A favor,
en contra, oportunista, temerosa, prescindente, etc. pero la toman.
Lo mismo ocurrió con los medios durante Malvinas: fijaron
su posición porque finalmente era su interés el que
corría -interés de mercado y de connivencia con el
régimen- y no la ética profesional y mucho menos el
patriotismo. Así de sencillo.
Ellos tienen su cuota de responsabilidad, que la asuman.
Miguel Ángel Trinidad.
Ex - Combatiente, perteneció a la Compañía
Comando del Regimiento de Infantería Mecanizado 3 Grl. Belgrano
de La Tablada. Arribó a la Isla Soledad el 11 de Abril hasta
el 18 de Junio luego de hacer sido durante 4 días prisionero
de los británicos.
Entre 1982 y 1987 fue Secretario del Centro de Ex Soldados Combatientes
en Malvinas de Capital Federal. Vive en el exterior desde 1992.
Es sociólogo y desde 1992 se ha desempeñado en distintas
misiones de Paz y de Resolución de Conflictos tanto de la
OEA como de Naciones Unidas: Nicaragua, Guatemala, El Salvador,
Bolivia, Paraguay, Venezuela, Honduras y Belice. Afiliado al Centro
de Ex Combatientes Islas Malvinas de La Plata.
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Sr Director:
Como acotación al artículo sobre la actuación
de los medios durante la guerra de Malvinas, creo que es muy interesante
recordar un artículo escrito por José Claudio Escribano,
el 31/03/2002, en un suplemento especial de La Nación, con
motivo del vigésimo aniversario del comienzo de la guerra.
En el se informa a los lectores que, durante mas de veinte años,
ocultó una confidencia del almirante Lacoste, según
la cual, las fuerzas armadas tenían como recurso para salvar
al Proceso, la invasión de las Malvinas.
El autor continúa relatando los muy buenos contactos que
tenía con algunos miembros del Proceso, o dictadura, como
califica La Nación, desde no hace mucho tiempo a ese período,
como Nicanor Costa Mendez, dando, creo que mostrando involuntariamente
s cuales eran sus prioridades desde un medio de prensa.
Incidentalmente, se puede decir que la confianza que Lacoste tenía
en Escribano estaba plenamente justificada. Atte,
Carlos Grimoldi
Buenos Aires. Argentina
18/04/07
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| DsD 30 - 3 - 2007 |
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