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#PASO 2017

Edición Especial - Viernes 11 de agosto 6:00 hs

GENERAL

07/10/2003

Una aproximación a la redacción del centenario matutino

Quien es Quién en La Nación: De Escribano a la Familia Saguier

Octubre de 2003. Qué saben los lectores de La Nación de su diario favorito. Quiénes son los profesionales que todos los días editan el centenario matutino. Cómo se edita. Quiénes deciden. Por primera vez, presentamos a nuestros lectores un “quién es quién” de La Nación. El matutino por dentro. La redacción. Y una reseña histórica de los principales cambios.

Octubre 2003. Cuando Fernán Saguier nació en 1963, el actual subdirector periodístico, José Claudio Escribano ya hacía siete años que trabajaba en el diario.

Sin embargo, aún hoy, cuando un grupo de periodistas o empresarios periodísticos se reúnen a charlar en confianza y se refieren al diario fundado por Bartolomé Mitre, siempre caen en la misma perspectiva: La Nación es una disputa contemporánea por el poder que hoy tienen en la empresa y en la redacción central los Saguier y el histórico Escribano. No hay como las miradas conspirativas: son simples de explicar. Pero la realidad suele ser mucho más compleja.

Numerosos lectores han solicitado que Diario sobre Diarios (DsD) haga un esfuerzo por mostrar “quién es quién” en los matutinos argentinos.

Las inquietudes apuntan a detallar quiénes son los periodistas que editan y qué trayectoria tienen. También piden saber quienes son los que toman las decisiones. Cómo editan. Y qué limitaciones tienen. La primera dificultad es la ausencia de bibliografía al respecto. Los pocos trabajos que existen y se hallan disponibles presentan varias dificultades: o son textos sesgados; desactualizados; incompletos o bien caen en discursos simplemente históricos repletos de formalidades, escritos por periodistas que prefieren quedar bien con sus entrevistados.

El diario mitrista

La Nación fue fundada por Bartolomé Mitre el 4 de enero de 1870. “La Nación será una tribuna de doctrina” fue su lema. El matutino tuvo que ganar sus primeros lectores (no más de un millar) compitiendo con otros dos diarios ya establecidos, El Nacional de Dalmacio Vélez Sarfield y La Tribuna, dirigido por los hermanos Héctor y Mariano Varela junto a Juan Ramón Muñoz.

La Nación representó desde siempre el poder terrateniente, ligado a la sociedad agro ganadera.

Después de una centuria, ¿que queda de dicha concepción político – ideológica? En 1996, José Claudio Escribano le dijo al periodista Carlos Ulanovsky (“Paren las rotativas”, Editorial Espasa) que:

“La presencia de Mitre perdura en lo que concierne al uso de la libertad, la defensa de las garantías individuales, la independencia de los poderes públicos y el ejercicio de un criterio pluralista en todos los órdenes. Si alguien nos dijera: ‘Ustedes hacen un diario conservador – liberal’, contestaríamos: ‘Está bien, no hay nada que corregir en su afirmación’. Ahora si en cambio, la expresión fuera: ‘Ustedes hacen un diario elitista’, nosotros diríamos: ‘Qué mal que nos ha entendido usted o qué mal que hacemos nosotros las cosas para que usted nos entienda de ese modo’”.

Quienes conocen La Nación por dentro aseguran que el diario ha perdido su predicamento liberal. Es más, que Escribano ha reconocido - en confianza - que los regímenes militares en nuestro país durante el siglo XX oradaron ese credo en defensa de las garantías cívicas y el pluralismo. Más que nada, el golpe militar de marzo de 1976, el posterior genocidio, dejó mal parado a un matutino que sólo pudo mantener en pie su postura a favor del liberalismo económico.

Empieza el retroceso

Para 1980 la Argentina ya había cambiado demasiado para el viejo diario mitrista.

En el país se conformaba un nuevo poder que se acentuaría progresivamente: el financiero de los bancos; el crecimiento de las pre-pagas y fondos de inversión y la trasnacionalización de la economía local. El país tenía nuevos actores. Ninguno de estos factores estaban representados en la década del 80 en la empresa periodística. Es más, no lo estuvieron hasta comienzos de la década del 90.

En los 80, La Nación siguió siendo ese diario conservador, no “aggiornado”.

Algunas de las costumbres propias de sus directivos y de la redacción sirven para describir que el matutino mantenía vestigios de una “edad de oro” que ya había quedado atrás.

Los Mitre controlaban el paquete accionario: casi unos cincuenta familiares retenían las acciones, incluso de 1 o 2 puntos. El garaje del edificio mostraba una veintena de impecables autos, con sus respectivos choferes. Algunos de ellos tenían como rutina llevar el pan recién horneado hasta los domicilios de la familia en la zona norte del Gran Buenos Aires. El restaurante del diario era aún fabuloso: contaba con impecables instalaciones, mozos y hasta un “maitre”, vestidos casi de gala.

Privilegios de otros tiempos en los cuales los periodistas tenían guardarropas, lo cual les permitía cambiarse para jugar al tenis y volver tranquilos a la redacción cerca de las 18. Hechos que mueven a la risa a algunos periodistas jóvenes que se desempeñan hoy en el diario.

En los “ochenta”, el diario empezó a perder terreno. El descenso progresivo de la publicidad, la caída de las ventas, el surgimiento de diarios económicos preferidos por el mundo “de la city”; el “postmodernismo” que arribaba a la costa rioplatense; la “apertura democrática”; y un sinfín de hechos históricos empezaron a carcomer los cimientos de la credibilidad del diario mitrista.

Avanzan los Saguier

En 1992, la viuda Matilde de Saguier (de Julio César Saguier, ex intendente de la Ciudad de Buenos Aires y militante de la UCR) aún conservaba un porcentaje mínimo de acciones. Pero en 1994, sus hijos – particularmente Julio – lograron gestionar en Estados Unidos un préstamo de aproximadamente 40 millones de dólares de un banco de financiamiento internacional.

Con ello, los Saguier comenzaron a comprar acción por acción a los Mitre. Sólo Bartolomé “Bartolo” Mitre decidió no vender. Así habría controlado al diario la familia Saguier. El hecho se lo conoce en el ambiente de los empresarios periodísticos.

Una versión sostiene que habría sido el Grupo Clarín en realidad el que asistió a los Saguier a hacerse del crédito. La especie se basa en que Ernestina Herrera de Noble tiene un parentesco familiar con ellos. Sólo muy pocas personas conocen los hechos tal como fueron.

Aprovechando ese vacío informativo, en el primer semestre de este año, el semanario El Guardián, vinculado supuestamente al empresario Raúl Moneta, salió a instalar que los Saguier pasaron a componer el directorio de MNMS (Matilde Ana María Noble Mitre de Saguier), al cual se integró en febrero de 1996, la sociedad extranjera Barton Corp con un 50% del capital social.

Aún se desconoce quién es Barton Corp. El Guardián le dedicó varias notas a La Nación. Su prédica – realizada desde un semanario que no dice en el staff quién es su dueño, ni precisa direcciones ni números de teléfonos - obtuvo una fuerte reacción: notas y editoriales en Clarín y La Nación; columnistas que defendieron al centenario diario desde diversos medios, incluso algunos funcionarios y políticos que se expresaron solidariamente. El secretario de redacción de Página /12, Martín Granovsky y Joaquín Morales Solá (La Nación) también firmaron sendas notas restándole crédito a la publicación atribuida a Moneta.

El nuevo La Nación

En 1995, Fernán Saguier se hizo cargo de la secretaría general de la redacción. Ya hacía un año que La Nación, con los Saguier tomando el control, se preparaba para cambiar.

En 1995, Guillermo Schmitt, conocido como “el alemán”, un consultor capacitado en rediseños y ajustes empresariales se hizo cargo de la reforma del viejo diario mitrista para convertirlo en una estructura más chica, más dinámica y sin los “privilegios” del viejo matutino.

En 1996, el gurú Freddy Koffman, fue contratado por la empresa que decidió trasladar a Uruguay a toda la plana de secretarios y editores responsables para una terapia de equipo. Con la presencia incluso de Luis Saguier, muchos de aquellos periodistas que participaron de la “motivación grupal” entendieron que La Nación preparó y decidió entonces quiénes estaban en condiciones de soportar semejante cambio.

Un dato interesante: Schmitt sería el mismo profesional que fué contratado años después por al Grupo Clarín para hacer un “achique”. A principios del nuevo siglo sería presentado en Editorial Perfil por Jorge Fontevecchia como el propulsor de un nuevo “management”. De un lado a otro - con tantos “achiques” - ya no sería conocido por los periodistas como “el alemán” sino como “el carnicero”, según fuentes periodísticas.

Poco a poco comienza a cambiar en la redacción la vieja guardia del diario mitrista. Ascensos y descensos. Nuevos roles. Profesionales que son alentados a jubilarse.

Siempre con decoro, el proceso de cambio no fue demasiado convulsionado. La Nación no se anduvo con vueltas a la hora de proponer incluso retiros voluntarios. Algunos que tuvieron nuevos roles, fueron Ángel Vega, Rafael Saralegui (padre) y Atilio Cadorín. Entre los que se alejaron, Fernando Lascano. La mayoría que optó por irse, se fue en buenos términos.

Se reorganizó el área de Publicidad. El poder financiero aportó las nuevas relaciones institucionales de La Nación. Entre otros, los banqueros Emilio Cárdenas, Manuel Sacerdote y Richard Handley. Manuel Solanet aportó operatividad. La Nación empezó a ser nuevamente la “institución” del nuevo establishment, del renovado “sistema”.

Los Saguier impulsaron el cambio.

Los últimos cambios

Cuando en 1994, la familia Saguier comenzó a tomar posesión del diario acotando a Bartolomé Mitre, fue Fernán Saguier el que en definitiva se ocupó de la redacción.

“Repartan la carga” le habría dicho Escribano a Julio Saguier, para que cada uno de los hermanos se distribuyera en funciones distintas. Así fue como Fernán fue designado secretario general del redacción en 1995, cargo que ocupaba Escribano, quien pasó entonces a desempeñarse en el puesto de “subdirector” creado a tal fin, por encima del secretariado general.

El prosecretario de redacción siguió siendo el periodista Germán Sopeña. Fernán hizo su aprendizaje periodístico en La Nación, “entornado” por los dos “grandes”: por arriba tenía a Escribano, por debajo a Sopeña.

“El pibe así y todo dio pelea, ocupó su espacio, hizo como pudo para hacer valer su palabra” recuerda un veterano periodista ya retirado del diario. En realidad Fernán estaba ligado al diario desde los 19 años, recorrió varias secciones y luego partió al exterior donde se perfeccionó e hizo las veces de corresponsal. Hasta que la familia “compró” y tuvo que regresar al país.

Se va Fernán

A fines de 97 y principios del 98, se produce la salida progresiva de Fernán Saguier como secretario general de redacción.

El diario siguió funcionando con Escribano como subdirector y Sopeña como prosecretario. En la redacción, los profesionales dicen que aún ignoran porqué se alejó Fernán.

El estilo elegante e indirecto que predomina en el trato entre los profesionales y sus jefes, impidió desde siempre la pregunta directa. O en todo caso, si alguien la hubiere hecho, la respuesta hubiera sido indirecta y algo eufemística, sugieren. Como siempre.

Si se mira el desarrollo que tuvo La Nación S.A. por entonces se podrá comprobar que tal vez los hermanos Saguier, sacaron a Fernán de la redacción con objetivos claros: un tiempo antes fue el momento en que la empresa empezó a expandirse, con revistas (“Rolling Stone”), asociándose a Clarín en CIMECO (la controladora de los matutinos La Voz del Interior y Los Andes de Mendoza), entre otros negocios que requirieron que Fernán se metiera en otros productos periodísticos.

Durante meses la redacción se movió al ritmo de Escribano / Sopeña.
Sopeña fue definitivamente promovido a secretario general de redacción. Sus prosecretarios fueron Héctor D’Amico y la periodista Ana D’Onofrio.

Esos años del 98 al 2000 fueron de muchos cambios. Comentarios sutiles, versiones encontradas, conspiraciones solapadas recorrieron la redacción. La Nación de los Saguier empezaba a escribir en sus páginas – conocidas como “sábanas” – “dictadura militar” para referirse al último régimen inaugurado en 1976.

Profesionales “progresistas” provenientes de Página/12 se incorporaban –entre otros - en forma impensada a la redacción: María O’Donell, Graciela Mochkofsky, Gabriel Pasquini, Luis Cortina. También Tomas Eloy Martínez se sumaba como columnista. Aires de renovación.

Los casos más polémicos fueron las versiones sobre la disputa entre D’Amico y D’Onofrio por la titularidad de la prosecretaría.

Durante el 98, el periodista Mauricio Carini se sorprendió cuando un día apareció en la redacción proveniente del diario La Voz del Interior, Sergio Suppo, quien llegó a La Nación promovido por Fernán.

Suppo empezó siendo subordinado a Carini, el editor general de Política, quien a su vez tuvo como secretario de Política al histórico Angel Vega (primo de Alfredo Vega, editor en La Prensa). Carini fue “promovido” al equipo de investigación del diario. Y cuando todos daban por “puesto” a Suppo, el cordobés se marchó a su provincia. No se sabe porqué. La versión más firme es que no pactó las condiciones de trabajo que quería.

Así llegó tiempo después Ricardo Carpena a ser editor general de Política, mientras Graciela Guadalupe pasaba a Información General. Carini hoy es el editor general del turno mañana.

Muere Sopeña

El 28 de abril de 2001, es una fecha imborrable en la redacción.

Ese día murió el secretario general Sopeña en un accidente de aviación. Sopeña aún es recordado en el diario. Su andar sencillo, su presencia de profesional liberal, su aspecto de intelectual, representó para Escribano casi el estereotipo del periodista ideal.

Aún cuando, más de una vez, tuvieron duras discusiones sobre ciertos enfoques periodísticos. Sopeña fue el “protector” de aquellos periodistas progresistas. No porque Sopeña compartiera el concepto político. Más bien porque coincidía con los Saguier en que había que renovar algunos conceptos profesionales. Su trágica muerte, fue el inicio de la salida lenta pero progresiva de “los chicos de Página/12”, como le decia Escribano por entonces.

“Sopeña fue el último gran jefe de redacción capaz de absorber las presiones del directorio sobre la redacción sin que se le notara. Más de una vez, encargaba tantas tareas a diversas áreas que la redacción se convertía en un pandemonio. Como si tuviera una especie de pensamiento “Windows” abría decenas de ventanas y cuando el sistema estaba por colapsar, en un segundo, las cerraba a todas, con un arte y armonía sin igual. Escuchaba, decidía, y ejecutaba, te podía perjudicar o beneficiar, pero todo lo hacía rápido, sin vueltas” describe un profesional que llegó a conocerlo.

Sopeña fue un gran caminador de la redacción.
Contribuía siempre a bajar las tensiones, y nunca se trabajó tan tranquilo en el diario como cuando él estuvo a cargo, aseguran varias fuentes. Las criticas a Sopeña fueron también duras: su famosa eficacia para resolver conflictos lo ubicó más de una vez en el lugar del despiadado e insensible; su formación económica empujó al diario hacia las tapas con títulos repletos de economía. Las otras secciones perdían siempre terreno en la edición final.

Nuevo secretario general

D'Amico le ganó la pulseada a D'Onofrio. El primero fue designado secretario general tras la muerte de Sopeña, y luego de un tiempo en que Escribano sólo, se cargó a toda la redacción. D'Onofrio tuvo su recompensa: aún hoy retiene nada menos que la prosecretaría de redacción, y coordina la revista dominical, que edita la joven Valeria Shapira, recientemente promovida.

Hoy La Nación es bien distinta a aquella de Sopeña. Hombres nuevos, con diversas prácticas profesionales, hasta con matices culturales muy distintos editan a diario. Escribano es hoy otro: menos circunspecto, está obligado a hablar en forma más directa y sin tantas vueltas. Y en ese sentido la "cultura organizacional" de la redacción está en proceso de cambio.

En el diario los profesionales no dudan: La Nación sigue siendo "la institución" del establishment. Es el sistema. Los Saguier lograron "desacartonar" el matutino, "aggiornarlo" en algunas secciones y estilos. Pero no es cierto que dentro del pensamiento de los Saguier figure la intención de volverlo "más progresista". Nada más lejos de la realidad. Y en eso coinciden con el "tradicionalismo" de Escribano. No hay dudas: José Claudio Escribano manda hoy en la redacción.

La Nación hoy

El edificio de La Nación está ubicada en la calle Bouchard 557, de la Capital Federal. Frente a Plaza Roma, a pocos metros de esa "catedral" que es el Luna Park. Ocupa tres pisos, del sexto al cuarto. En el sexto piso está el directorio. En el quinto la redacción. Y en el cuarto funciona ahora Recursos Humanos, la Intendencia y el Masters en Periodismo.

El edificio aún está en refacción. Julio Saguier, presidente de La Nación S.A permanece en el 6° piso. Atiende las relaciones públicas y la marcha comercial del diario. Habla mucho con sus hermanos y con Escribano. Bajo su responsabilidad está el área de Editoriales que supervisa en forma permanente. Articula con Escribano la sección, pese a que los funcionarios que han pasado por la Casa Rosada cada vez que leen un editorial crítico con la gestión oficial suelen atribuir su redacción al subdirector periodístico.

Bartolomé Mitre, "Bartolo" para los amigos, también tiene su oficina en el sexto piso. El exponente en vida de la línea sucesoria del fundador, se dedica casi exclusivamente a las relaciones públicas. No se mete con la redacción. Suele reunirse y salir a almorzar con su amigo, Octavio Paz Hornos, el columnista de los lunes del "Diálogo semanal con los lectores".

Luis Saguier, tiene su oficina en el 6° piso, de estilo suelto y descontracturado, baja poco a la redacción. Para muchos es el "hombre clave" de la empresa. A Alejandro Saguier se lo ve muy poco por el diario, es el que menos frecuenta el edificio.

Fernán Saguier, con sus 40 años, es quien más está relacionado con la redacción central. Su cargo no es fácil: figura como "adscrito a la vicepresidencia ejecutiva". Tiene oficinas en el sexto y en el quinto piso. Es más, su escritorio en la redacción está al lado de la línea de los secretarios de áreas. Comenta y propone notas. Asiste - algunas veces - a las "reuniones de blanco" como denominan en el diario al encuentro de las 13 horas, en que secretarios y editores generales arman la agenda de las noticias principales bajo la atenta mirada de Escribano.

Fernán cada tanto propone temas y opina. Incluso en sentido opuesto a Escribano. Pero siempre el subdirector tiene la última palabra, según varios de los profesionales que editan el día a día de La Nación. Cuando hay cortocircuitos u opiniones encontradas, es cuando las demoras en la redacción tienen en vilo a los editores. "Hay que esperar, aún no decidieron arriba" comentan los periodistas mientras esperan el "humo blanco".

El subdirector, José Claudio Escribano, es miembro del directorio de La Nación S.A. Dice que el diario es una "institución" más como los otros tres poderes constituidos. Preside las reuniones "de blanco" de las 13 y también la de las 17, en la cual se define la tapa del día siguiente. Es quien tiene la última palabra en la redacción.

Los periodistas no lo tutean. Se dirigen a él como "doctor" o bien por su apellido. El Guardián dijo que Escribano es: " (...) quien conoce con precisión los negocios de los Saguier y quién es Barton Corp".

Muchos periodistas del diario no tienen dudas al respecto: Escribano forma parte del Directorio desde 1997 y tiene más de 40 años trabajando en el matutino. "Integra, desde hace más de cuatro décadas, la redacción del diario La Nación. Fue jefe de la sección Política, corresponsal para América Latina, columnista político, subjefe de Editoriales, secretario general de redacción y actualmente ejerce la Subdirección. Abogado graduado en la Universidad de Buenos Aires, José Claudio Escribano se especializó en el estudio de las instituciones de los Estados Unidos de América en el Macalester College, de St. Paul, Minnesotta" apunta su biografía oficial.

Escribano quedó muy expuesto este año, cuando el periodista Horacio Verbitsky revelara en Página/12 que en una reunión reservada con el entonces candidato presidencial Néstor Kirchner intentó condicionarlo.

Escribano tuvo sus preferencias: desde el régimen militar, pasando por Fernando de la Rúa hasta Ricardo López Murphy. 

Luego de un periplo por el exterior, Escribano regresó a la redacción "con tanto o más poder que antes" precisa un periodista que se define como "escribanista".

Así es la redacción

El organigrama de La Nación tiene por debajo de Escribano y Fernán Saguier, al secretario general de redacción, Héctor D'Amico, quien debe absorber muchas veces las tensiones o desencuentros en determinados temas o enfoques "de arriba".

Por su estilo pensativo y reflexivo, algunos cariñosamente le dicen en la redacción "Dudamel". Otros explican que como proviene de Noticias arrastra aún esa costumbre de pensar la presentación y edición de las notas principales, con el tiempo de un semanario que no tiene obviamente un diario.

"Parece que duda, pero en realidad reflexiona" señalan quienes lo defienden, que valoran su rápida adaptación al ritmo febril de un matutino.

D'Amico suele almorzar más de una vez por semana con Saguier y Escribano. Quienes adscriben a las teorías conspirativas y sólo narran supuestos enfrentamientos en la "cúpula" de la redacción deben apuntar un dato: sólo tienen que detenerse frente a la puerta de diario La Nación entre las 13 y 14 horas para ver salir sonrientes - varias veces a la semana - a Escribano, Saguier y D'Amico que parten juntos hacia el habitual almuerzo.

Ana D'Onofrio, la prosecretaria de redacción es la segunda de D'Amico. Bajo su responsabilidad está la revista La Nación de los domingos. Algunos colegas la critican por tener escaso "criterio" periodístico, pero la valoran a la vez, por resolver muchísimos problemas cotidianos de la redacción - desde administrativos hasta logístico - que permiten mejorar la labor diaria de los periodistas. Quienes la defienden aportan que "tiene una mirada original de la realidad".

No es casual que D'Amico y D'Onofrio tengan cargos decisorios en el diario. Ambos trabajaron en revistas. D'Amico condujo a Noticias en su época dorada donde batió record de ventas de ejemplares. También fue el piloto de la redacción cuando el semanario se enfrentó al crimen de José Luis Cabezas.

D'Onofrio fue nada menos que directora de Gente, el semanario más vendido de la Argentina durante años. Es precisamente la concepción de "diario revistado", el criterio periodístico que se impuso en La Nación, durante la era "saguierista". El diario se sumó así tardíamente a una tendencia mundial que en la Argentina tuvo sus primeros exponentes en Página/12 y Clarín. Ya no se informa únicamente: se trata de leer la realidad con un poco más de profundidad y el despliegue y diseño buscan asemejarse al de las revistas. La modalidad barre con ciertas fronteras antes bien delimitadas entre información y opinión. El nuevo estilo liquidó los últimos vestigios del diario mitrista.

Por debajo se encuentra la línea de los secretarios de áreas. Son solamente cinco (un número escaso que envidiaría cualquier gerente del diario Clarín). Ellos son:

staff la nacion 2003

A esta estructura hay que sumar:

staff la nacion 2 2003

Algunos datos:

A "el Gordo" Fernández Díaz desde que cerrara el diario Perfil, los Saguier ya lo tenían en carpeta para traerlo al diario. Su llegada no solamente fue sugerida por D'Amico. Contó con el beneplácito de Escribano. La versión conspirativa señala que Fernández Díaz comentó a poco de llegado a la redacción que "me trajeron los Saguier, creo que para hacer algunos cambios que no sé bien en qué consisten aún".

Ese día Escribano le recordó que "usted está aquí porque cuenta con mi aprobación" y le sugirió que se dedicara a realizar entrevistas extensas a intelectuales o personalidades públicas, señala una fuente de la redacción. Ya hizo más de cuatro. Es justo decirlo: Fernández Díaz es considerado en varios medios gráficos uno de los mejores profesionales surgidos en los últimos años.

Reymundo Roberts, Jacquelin y Landivar son conocidos como los "históricos". En la redacción ya son los que más tiempo llevan en el diario. Todos ponderan sus opiniones porque conocen mejor que nadie el "evangelio" que se practica en la redacción. Los tres son nacidos en 1963. Reymundo Roberts fue el único periodista que no puso excusas cuando le propusieron ir a cubrir la Guerra del Golfo. Cuando volvió la empresa le regaló un reloj de gentileza y Escribano lo ponderó para una futura promoción que finalmente lo instaló - tiempo después -como secretario de área. Fue el creador del suple "Enfoques".

Jacquelin se desempeñó en siete secciones del diario desde que ingresara hace 20 años como colaborador. No hay secretos para él, según dicen. "Es áspero cuando quiere" señala una ex periodista del centenario matutino.

Landivar lleva diez años en el matutino y ya recorrió las secciones de Economía y Política. Su esposa es familiar de los Saguier. No es poco.

Al secretario de Deportes, Daniel Arcucci nadie podrá señalarlo como "escribanista" o "saguirista". Arcucci es "maradoniano". Un dato que tal vez no conozcan los lectores de la sección de Deportes, Arcucci es el autor del libro de editorial Planeta, "Conocer al Diego". Es amigo del astro del fútbol argentino desde los tiempos en los cuales Arcucci se desempeñaba en El Gráfico.

En la redacción no pocos periodistas creen que Jacquelin y Landivar cuentan con posibilidades de llegar algún día a ser considerados para el cargo de secretario de redacción. Aún son "muy jóvenes" para poder conducir un diario "liberal y conservador" como le gusta definirlo a Escribano, apuntan.

Si la "cultura organizacional" de Clarín en su redacción central es "el verticalismo" que "aplasta la creatividad" - como señaló en su carta de despedida el saliente secretario de redacción, Roberto Guareschi - en La Nación ese "clima" está constituido por el "lenguaje indirecto"; el uso del "eufemismo" y las famosas promociones que sirven para remover. Algunos ex profesionales del diario - por cierto que algo dolidos - llegan incluso a señalar condimentos de "hipocresía". Esta "cultura" es la que deben decodificar los profesionales nuevos. Dicen que "no es fácil".

El futuro

Del diario mitrista queda Escribano. Y es el propio Escribano quien comenzó la transición. Hoy La Nación - con avances y retrocesos - pelea por la recuperación de sus ventas; por terminar de definir un producto que muchas veces se queda a mitad de camino entre la formalidad del matutino y el diario/revista.

"Hoy no es nada, ni una cosa ni la otra" se queja un ex directivo de La Nación que no comparte el resultado final.

Escribano algún día se alejará de la redacción. ¿Quién será la cabeza de la edición entonces?

¿Será Fernán Saguier? En caso contrario el matutino se enfrentará a varias opciones: o promueve de la línea de mando de la redacción (desde D'Amico hasta los "históricos"), o sale a buscar por fuera del matutino un nuevo jefe, como muchos creen. Pero esa discusión ni siquiera comenzó en La Nación. No es una de las urgencias de hoy.

Por ahora, alcanza con que se concluyan las obras del remodelado edificio.

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