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#PASO 2017

Edición Especial - Viernes 11 de agosto 6:00 hs

Periodistas

25/08/2015
Julio Nuldler
Julio Nuldler

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Quién fue Julio Nudler

Hace una década murió Julio Nudler. Los profesionales que tienen menos de diez años en la profesión tal vez ni siquiera escucharon hablar de él. Diario sobre Diarios (DsD) rinde homenaje a quien, muchos de sus pares, despidieron como “el mejor periodista económico” que haya habitado las redacciones del diario papel. Su vida, sus luchas. Su pasión por el tango. El recuerdo de los periodistas que lo trataron. Un carácter difícil. La escisión en el periodismo argentino por un caso de censura. Su amor por Página/12. 

Escuelas de periodismo podrá haber muchas, pero al fin y al cabo el periodismo se aprende en la calle, en las redacciones y también –solo a veces- de los buenos periodistas. Leyéndolos en un principio, trabajando codo a codo con ellos -si tuviéramos la suerte- y conociendo sus luchas, convicciones, idearios, trayectorias y hasta sus sueños.

Julio Nudler fue para muchos un maestro de periodistas. Y no porque así se lo propusiera, sino porque su pluma, rigor y agallas pesaron más que su carácter difícil en la siempre aventurada balanza del reconocimiento.

Diez años sin Julio ameritan este repaso de su vida que el DsD publica para el recuerdo de quienes lo conocieron y la guía de las nuevas generaciones: si quieren saber cómo se hace periodismo económico, entonces estudien a Nudler.

Julio Nudler nació un 16 de diciembre de 1941. Hijo de una pareja de inmigrantes polacos (Faiwisz, sastre de profesión; y Ryfka ama de casa), pasó su infancia en Caballito, muy cerca del monumento al Cid Campeador. El primer gran referente de su joven mundo fue su hermano Oscar, cinco años mayor que él, quien con el tiempo se transformaría en filósofo. El barrio, las múltiples lecturas y el tango en la radio fueron encargándose de labrar en Julio un espíritu inconformista y curioso, desprendido y cabal. Todavía era un chico cuando se decidió a estudiar violín, y a los 15 años ya había compuesto la partitura de un tango con letra de Héctor Negro. Los Nudler llevaban una vida austera, aunque tampoco pasaban necesidades. De hecho fueron los primeros en su cuadra en comprarse un televisor.

Julio empezó la carrera de Ciencias Económicas en la Universidad de Buenos Aires, y ya antes de recibirse había conseguido trabajo en una oficina de investigaciones económicas del Banco Central. En 1966 obtuvo por fin su título y un año después, casi por casualidad, conoció a quien fue su compañera de vida, la también periodista Hilda Cabrera.

El encuentro tuvo lugar en un teatro alternativo del centro de Buenos Aires. Hilda solía ir sola al teatro o al cine y en esa oportunidad estaban dando Los prójimos, de Carlos Gorostiza. Entró y quedaban solamente dos sillas libres en un espacio al que se accedía por una pequeña escalera. Se sentó ahí y ni bien se apagaron las luces, subió casi a las corridas el último espectador. Era Julio. Cuando la obra terminó la invitó a tomar un café, charlaron y descubrieron varias coincidencias: tenían los mismos libros, los mismos vinilos y unos intereses sorprendentemente parecidos. Se encontraron dos veces más y él le contó de una posible partida a Alemania: hacía tiempo que había solicitado una beca a la Deutscher Akademischer Austauschdienst. Hilda le dijo entonces que lo mejor era no verse más. Tenía un trabajo firme desde hacía seis años, y por fin estaba encaminada en sus estudios de sociología. Pero un día Julio la esperó temprano en la parada del colectivo y le propuso irse juntos a Alemania. Una locura. Pero más insano hubiese sido separarse.

Hilda habló con sus padres y con su hermana y finalmente se decidió a partir. Antes de eso, la pareja pasó por el registro civil para casarse. Faiwisz y Ryfka no supieron que su hijo se iba casado, y menos con una “goie”. Julio no era religioso, pero decía que no quería tener problemas con su madre, muy apegada a las tradiciones. Con el tiempo ella se enteró de todo y en un principio, efectivamente, rechazó a su nuera con virulencia a través de una serie de cartas. Sin embargo las asperezas se limaron cuando regresaron a Buenos Aires.

Partieron en enero de 1967 y ya en el viaje debieron sortear algunos imprevistos, como la pérdida en Francia de su única valija. Con escasos recursos llegaron a un pueblo cercano a Frankfurt donde se dedicaron a estudiar alemán durante ocho horas diarias en una sede del Goethe Institut. Obtenido ese certificado, la meta era la Universidad de Hamburgo.

“Nos instalamos en las afueras de la ciudad. Debíamos tomar un bus, un tren de trocha angosta y luego otro de mayor porte para llegar a Hamburgo. Julio tenía su beca y yo obtuve otra menor para cursar historia de Grecia Antigua y de Roma. ‘Estadística’, ‘Teoría y precio’, ‘Interpretación de teorías económicas’ y ‘Práctica de estilo en la transmisión de las teorías’ eran materias cubiertas por Julio en su posgrado. Hubo una propuesta de doctorado, pero eran seis años más. Demasiados”, repasa Hilda.

Tras un año y medio de aventura europea la joven pareja estaba de vuelta en Buenos Aires. Se instalaron en una casa de un entonces despoblado Beccar, la misma en la que Hilda continúa viviendo hasta estos días. 

Nace un periodista

Cómo germinó en Julio Nudler la vocación periodística es algo difícil de rastrear. Lo que sí es seguro es que sus primeros pasos en la profesión tuvieron lugar en el semanario Análisis, dirigido por el abogado Fernando Morduchowicz y con Gregorio Verbitsky como subdirector. Ahí comenzó a escribir Nudler hacia fines de 1968 sobre temas de economía. Y permaneció en ese medio cerca de un año.

“Julio no pensaba en el periodismo como una ‘carrera’, tal como se entiende en esta época”, explica Hilda Cabrera. “Hoy es todo más lineal. Pero entonces había periodistas que eran abogados, escritores, artistas plásticos, lingüistas, sociólogos o músicos. El periodismo era un trabajo más. Interesante, porque permitía expresarse y trabajar en equipo. No existía Internet y se necesitaba tener buena memoria, archivo propio o consultar a viva voz con los compañeros. Julio vio que en Análisis podía congeniar la escritura con lo aprendido en la UBA y en Alemania, e incluso con sus conocimientos musicales. Y lo cierto es que tampoco se veía como profesor o investigador”.

Dedicada en un principio exclusivamente a la economía, Análisis comenzó con el tiempo a diversificarse. Allí trabajaron profesionales muy reconocidos, algunos de los cuales debieron emigrar o fueron desaparecidos, como fue el caso de Enrique Raab. Durante las jornadas de trabajo Julio solía bromear con Oscar Delgado, que se ocupaba de política internacional, y con Carlos Abalo, también de economía.

Tras salir de Análisis, Nudler se embarcó en un emprendimiento conjunto con otros socios: la publicación Gaceta Financiera. Firmaron contrato en febrero de 1971, pero el 2 de diciembre Julio se apartó de la sociedad. Ese mismo año había empezado a trabajar en La Opinión de Jacobo Timerman, donde fue redactor especial y luego secretario de economía.

Graciela Mochkofsky relata en Timerman, el periodista que quiso ser parte del poder, una anécdota que con sutileza denota el carácter de Nudler. El hecho ocurrió en el ‘71 cuando el periodista, entonces de 30 años, publicó un artículo que se titulaba “Los culpables del desastre económico argentino” y citaba los nombres de Krieger Vasena (segundo y último ministro de Economía de Onganía), Dagnino Pastore (sucesor de Vasena), Moyano Llerena (ex ministro de Economía de Livingston), Aldo Ferrer (ex ministro de Economía de Lanusse) y Juan Quilici (sucesor en el nuevo Ministerio de Hacienda y Finanzas).

“Quizás haya alguna esperanza de que los profesionales de la economía, que se autotitulan apolíticos para poder ubicarse en cualquier gobierno, dejen de engañar a las fuerzas armadas, sobre cuyas espaldas suelen gobernar el país”, se leía en la nota.

“El artículo era de Julio Nudler –escribe Mochkofsky- joven redactor de economía. Timerman lo había llamado por primera vez a su despacho del noveno piso para encargarle una serie de notas que debía demostrar que Krieger Vasena había destruido la economía nacional y que ésta no existiría ni volvería a existir. Nudler, naturalmente introvertido, estaba apabullado por la presencia avasalladora de Timerman y no se animó a decirle que su teoría le parecía un disparate. Angustiado, se dirigió a su jefe, Jorge Riaboi. ‘No te preocupés –lo tranquilizó este-. Él ya se dio el gusto de decir lo que quería. Vos hacé lo que quieras’. Nudler escribió lo que pensaba. Timerman no hizo ningún comentario”.

“En otra oportunidad –cuenta también el libro- Riaboi explicó a Nudler que su artículo sobre el colapso de un banco de la colectividad judía no sería publicado; orden de Timerman. Nudler se quedó atónito: su información era buena; era la primera vez que lo censuraban. Vio pasar a Timerman por la redacción y lo encaró, desafiante, para exigirle una explicación. Sin dejar de caminar hacia la salida, éste lo tomó del brazo y le dijo: ‘Julio, nosotros no vamos a moralizar el país’”.

De La Opinión Nudler saltó a Clarín, donde arrancó a trabajar en 1972. Su cargo era secretario de redacción y escribía sobre economía, finanzas e internacionales. Jorge Asís, quien compartió redacción con él durante algunos de esos años, dijo de él que “fue el mejor periodista económico. Cuando yo escribía sobre economía, él me hacía sentir con todo rigor que yo no sabía nada del tema”. El escritor expresó estas palabras en el homenaje a Nudler que el DsD publicó tras su muerte, donde refirió también esta anécdota:

“Recuerdo que un día Clarín había titulado una nota ‘Crece la natalidad infantil’. Y había pasado desapercibido por todo el mundo. Hasta que lo descubrió Julio, que recortó la página y la pegó en su oficina. El periodista que había escrito esa nota consideraba que así como había ‘mortalidad infantil’ también había ‘natalidad infantil’. Nudler lo tomó como un ejemplo de un error garrafal del diario. Después nos divertíamos porque lo apodamos a ese periodista ‘natalidad infantil’”.


Cinco años pasaron sin demasiados sobresaltos. Pero 1977 traería un nuevo golpe de timón: Julio e Hilda partieron hacia España. “La decisión de irnos estuvo en parte relacionada con la situación política. Julio no era militante y tampoco yo, pero él había escrito, siempre desde lo económico, sobre la corrupción de funcionarios ligados a la dictadura. Y en el ambiente de esa época se lo tenía como un tipo de izquierda. Votó siempre a alguno de los partidos de izquierda, pero lo suyo era, creo, la democracia republicana. Tuvimos amigos que lo pasaron mal y otros que lograron partir. España vivía una etapa de cambio, y nos fuimos después que Julio logró que Clarín lo enviara allá como corresponsal. Viajamos en enero de 1977. Regresamos por un corto período en 1979 para que nuestras familias conocieran a Darío, nuestro hijo, que nació en Madrid. Nos demoraron durante horas en migraciones”, recuerda Hilda.

Durante esa nueva estadía europea la pareja escribía donde encontraba un espacio. Julio mantenía su corresponsalía y algunos medios españoles le pedían colaboraciones. Incluso se presentaron juntos a un concurso de la editorial Everest y recibieron el primer premio por un trabajo sobre Pedraza de la Sierra, un pueblo histórico de Segovia.

Volvieron a Buenos Aires en 1982. Y en agosto de ese año se produjo en el diario un episodio nefasto. “Se estaba intentando formar una comisión interna para reclamar varios puntos a la empresa, entre ellos la efectivización de los colaboradores permanentes que trabajábamos entre 6 y 8 horas diarias”, narra Pablo Llonto. Y continúa: “Entonces el diario despidió a los principales mentores de esa comisión: Alejandro Fabbri, Gustavo Veiga, Alejandro Guerrero, Alejandro Horovicz y Alberto Guilis. El hecho derivó en la organización de una asamblea en la que Nudler, siendo jefe, habló a favor de los despedidos. Para la empresa eso era una falta grave y lo echó”.


En su libro Diario de la Argentina, Asís da cuenta de este episodio cambiando el apellido de Julio:
“Porque estaban en asamblea y no, en realidad era un corillo ampliado, se transmitía la indignación y la rabia pero en voz excesivamente baja; se trataba de redactores nada más, había un solo secretario, Julio Nader, pero de secretario Julio tenía solamente el cargo y tal vez la guita, en la práctica era un tropero más, un compañero, ideológicamente sobre todo, y le costaría caro”.
Tras diez años de trabajo, Nudler dejó para siempre la redacción de la calle Tacuarí.

A salto de mata

Comenzaría entonces una época de cambios, altibajos, oportunidades y decepciones. Entre 1982 y 1983, Nudler elaboró ideas para una revista empresarial llamada Competencia. Se ocupaba de temas puntuales de economía y finanzas, aunque diversificándose también hacia asuntos culturales. Luego –desde julio del ’83 hasta los primeros meses del ’84- trabajó en Tiempo Argentino, una publicación de vida breve donde fue secretario de redacción. Sus especialidades eran economía e internacionales.

“Cuando Julio tenía 42 años y trabajaba en Tiempo Argentino hubo un dirigente de la UCR porteña que publicaba un periódico partidario, un tal Hernández, que se ilusionó con sacar un diario que se llamaría La República”, recuerda el periodista Alejandro Lomuto.

“Convocó como jefe de redacción a Luis Domenianni, ex La Opinión, Convicción y La Semana, y este comenzó a formar equipo. Iba a ser un diario relativamente pequeño y con cinco áreas: política, economía, internacionales, información general y artes y espectáculos. Domenianni nombró a Julio jefe de economía y a mí subjefe. Todo parecía andar fenómeno. Trabajamos durante un mes Domenianni, los cinco jefes, los cinco subjefes, el jefe de arte y algún otro más que se me escapa, básicamente discutiendo y planificando cómo sería el diario y armando los equipos. Fueron convocadas poco más de 100 personas, muchas de las cuales dejaron los trabajos que tenían. Pero cuando llegó el momento de que cobráramos el primer sueldo, la plata no apareció. No apareció entonces ni nunca. Ahí murió el proyecto. Hicimos un juicio que jamás pudimos cobrar, porque el tal Hernández resultó insolvente. Casi todos nos desanimamos pronto. Creo que Julio fue el único que asistió a todas las audiencias, hasta que no hubo nada más que hacer”.


Entre marzo y agosto de 1984 Nudler hizo colaboraciones para Ámbito Financiero. Y ese mismo año ingresó al diario La Razón, que entonces pertenecía a Ricardo Peralta Ramos. Con el cargo de secretario de economía, Julio volvió a trabajar bajo el mando de Jacobo Timerman.


“En La Razón conocí y me acerqué al periodista más talentoso del que haya tenido noticia hasta ahora”, asegura Raúl Dellatorre, quien años más tarde volvería a coincidir con Nudler en Página/12.

“Ese tono casi a media voz con el que por primera vez me habló vía telefónica para ofrecerme un trabajo sería el mismo con el que después, durante dos décadas, compartiría redacciones y alguna mesa de café, disfrutando de las reflexiones más profundas dichas con las palabras más sencillas, lanzando dardos sobre personalidades de la política o compañeros de redacción por igual, haciendo gala de un humor fino y ácido sin medir consecuencias. Un conjunto de condiciones que para muchos lo convertían en ‘un tipo insoportable’, más aún cuando frente a una pantalla -o la hoja sobre una máquina de escribir, en nuestra primera etapa compartida-, se dedicaba a editar minuciosa y severamente la nota de un redactor, al que obligaba a sentarse a su lado y escuchar el reproche a un giro sintáctico incorrecto, un adjetivo mal usado o un error de puntuación. Nada se le escapaba y nada se callaba. Esa era –según se viera- la sesión de tortura más severa o la más brillante clase de redacción. Temo decir que siempre la viví como esto último, aunque suene injusto con muchos de mis compañeros que sintieron lo contrario. Y no porque mis notas no recibieran los mismos zarpazos”, recuerda.

“Con Julio aprendí a escribir y a razonar en forma crítica, siendo crítico antes que nada a la propia interpretación de los hechos, a la primera impresión –concluye Raúl-. Y aprendí también que lo que es complejo no se resuelve simplificándolo, sino explicando la complejidad con objetivos más modestos que si se tratara de llegar a una conclusión general y definitiva”.

Sobre los agitados días en La Razón en plena crisis financiera del diario también habla Mochkofsky en Timerman:
“La situación económica era tan desesperante que cuando Nudler propuso aumentar las páginas de economía y separarlas en un suplemento, Timerman, que se había entusiasmado con la idea, le ordenó que se olvidara de la parte periodística y se dedicara a conseguir avisos. Nudler se negó: iba en contra de todas sus ideas sobre la independencia y la dignidad periodística. Timerman insistió: ‘Tiene que conseguir avisos. Las notas las pueden hacer los demás’. Nudler insistió en su negativa y se concentró en el lanzamiento. La mañana en que apareció el suplemento, Nudler recibió un llamado en su casa. Era el secretario de redacción, Marcelo Capurro, para felicitarlo. Le preguntó cuánto ganaba y resolvió que era muy poco; debía pasar temprano por el diario para arreglar que le duplicaran el sueldo. Nudler llegó a la redacción contentísimo y fue derecho al despacho de Capurro, que lo recibió con una frase lacónica: ‘Tengo que comunicarte que ya no sos más el jefe de economía’. Nudler no entendía: ‘¿No me iban a duplicar el sueldo?’. ‘No, no. Te separamos de economía y no te vamos a duplicar el sueldo’. ‘¿Por qué?’. Porque después de la llamada de Capurro, Timerman había visto el suplemento, que no tenía avisos. Estaba furioso y culpaba a Nudler, que a partir de entonces fue condenado a tareas ínfimas para un periodista de su nivel, como resumir cables de agencias o, simplemente, no hacer nada en todo el día”.

Julio partió también de esa redacción y a lo largo de los años ’84, ’85 y ’86 se dedicó a hacer colaboraciones para uno de los noticieros de Canal 7. Cobraba por “bolos” y solo salió al aire unas pocas veces, mayormente editaba. Para la misma época ideó además un programa para Radio Municipal, algo así como una revista radial con temas de economía, política, internacionales y cultura. Se llamaba “Para salir hechos” y se emitía los sábados al anochecer.

“En 1986, Julio había vuelto a Tiempo Argentino, esta vez como secretario de Economía”, prosigue Lomuto. “El diario había pasado de sus dueños originales a un grupo de dirigentes radicales cuya cabeza visible era el empresario Luis Cetrá y atravesaba dificultades económicas. Entonces me llamó para que fuera a trabajar con él y yo, que acababa de salir de Télam, acepté. Sin embargo, por los problemas que tenía el diario, demoraron bastante en aceptar mi incorporación. Finalmente lo hicieron, pero no hubo tiempo de concretarla. Enseguida los dueños dispusieron el cierre del diario”.
Entre marzo y agosto del ’87 Nudler trabajó en la sección economía de la revista Expreso; y entre septiembre del ’87 y abril de 1990 se desempeñó en Somos, la revista de Editorial Atlántida, como jefe de economía.

“No siempre caía bien a los dueños de medios lo que mi viejo escribía. Pero así y todo lo bancaban -afirma Darío Nudler-. Y lo bancaban porque tenía buena pluma y era serio trabajando”. “Sé que sufrió la racha de colaborador. Porque como a todo colaborador le demoraban los pagos, o incluso le pagaban con canjes –agrega-. Recuerdo una época en la que le daban unas cajas de madera súper lujosas con latas de salmón, langostinos, esas cosas. Y aunque tal vez en casa no había un mango, comíamos eso”.

Interludio: el tango y Nudler; Nudler y el tango 

Tal vez sea que Nudler, como tantos otros de su generación, creció escuchando tangos por la radio; o el hecho de que sus primeros 15 años de vida coincidieron con los 15 años de mayor esplendor del género. El caso es que Julio fue un tanguero empedernido que todo el tiempo escuchaba tango, citaba letras de tangos, leía sobre tango y conocía casi todas las anécdotas, historias y pormenores del paño tanguero.

“Pero a Julio no solo le gustaba escuchar tangos: él quería comprenderlos, tanto en la música como en la letra. Para lo primero, aprendió a tocar el violín. Para lo otro hicieron lo suyo su gusto por la lectura, la literatura y la filosofía”, revela Alejandro Lomuto. Y agrega: “Además tenía una memoria prodigiosa sobre versiones, grabaciones y canciones. Y la tenía siempre activa. Conocía intérpretes o autores de los años más remotos, y al mismo tiempo mostraba una apertura notable”.

“Julio era un apasionado del tango. No lo bailaba, yo sí. Traté de enseñarle, pero no había caso”, completa Hilda Cabrera. “En uno de nuestros primeros encuentros fuimos a un lugar bailable de Olivos. La música era tan estúpida que nos fuimos. Caminando por la zona, se le ocurrió volver a la ciudad, a un lugar donde se interpretaba tango del mejor. Era un sitio pequeño, y desde el escenario invitaban al público a participar. Un muchacho dijo que sabía tocar el violín, le prestaron el instrumento y pidió que alguien cantara la letra. Y Julio se atrevió. No era cantante, pero le puso empeño y no desentonó. El tango sonaba melancólico, no recuerdo el nombre”, relata y agrega que, ya de adulto, Nudler tomó clases de guitarra clásica con el maestro y concertista Roberto Lara.

El amor por el tango confluyó con la mirada periodística en el único libro que Julio escribió en su vida: Tango judío (Del ghetto a la milonga), publicado en 1998 y calificado por los cultores del género como “un trabajo hermoso”. “Es el libro del argentino judío no practicante atrapado por los afectos, la cultura y la historia de su país”, explica Hilda. “La investigación fue ardua, tuvo que despabilar archivos dormidos y entrevistar a los protagonistas o a los familiares que a veces, sorprendidos tal vez ante su iniciativa, mostraban cautela. Elaboró los textos destacando el valor de la integración. De ahí el título del primer capítulo: ‘Tango que me hiciste goi’. Y así resultó de verdadero”.

“Papá era hiperculto”, prosigue Darío. “Le gustaba la música, la literatura y la ciencia, de hecho tenía una valoración de la ciencia que a veces se me hacía exagerada. Leía muchísimo, y todo el tiempo exploraba materias vecinas a la economía. Siempre fue tanguero, aunque también solía escuchar jazz y música clásica. Fue, además, muy futbolero. Hincha de Quilmes desde que en 1954 Boca, cuadro al que hasta ese momento adscribía, mandó al descenso al cervecero. Sin embargo nunca insistió en que yo me hiciera de Quilmes, y terminé haciéndome de Racing. Fue así que de un sufrido hincha de Quilmes nació un sufrido hincha de Racing”, remata.

“Desde fines de los ‘80 yo tenía un programa en Radio Municipal, se llamaba ‘Siempre el Tango’. Y un buen día me llamó Nudler. No lo conocía personalmente, pero sí leía sus notas y de hecho lo admiraba. Se presentó y me preguntó algo referido al tango para un artículo que escribía. No recuero qué era, pero sí que me extrañó que me consultara a mí por ese tema. Al final, en el devenir de la charla, terminó confesándome su interés en participar del programa”, recuerda Néstor Pinson, investigador de historia musical argentina. “A partir de ahí comenzó a venir una vez por semana a la radio, y así fui conociéndolo. Al terminar el programa, que iba a la noche, solía alcanzarlo en el coche hasta Retiro para que tomara el último tren”.

“Enganchamos enseguida –añade-, tenía una forma de ser muy especial que contrastaba con la mía, él era muy serio. Pero en algo sí nos parecíamos: en que no nos gustaba que nos molestaran, que nos sacaran de lo nuestro. Julio estaba harto de que lo llamaran de programas de televisión para que hablara de economía. No le interesaba. Mil veces lo llamaron, y tanto dijo que no que al final dejaron de hacerlo”.

“Su participación en el programa era muy valiosa. Nudler conocía el tango. Tenía muchas lecturas y muchas escuchadas, y además tenía oído. Por lo general traía uno o dos temas y los comentaba. Al principio lo tuve que frenar, porque la audiencia era muy tradicional y a veces él venía con cada barbaridad, como temas de los raros de Piazzola, no te digo Adiós Nonino que vaya y pase. ´Emparejá un poco’, le dije. Y lo hizo”, recuerda Pinson. “Cuando en el ’99 fundamos Todotango Julio fue parte de las primeras reuniones en el café del Hotel Castelar. Luego escribiría para el sitio 47 artículos, la mayoría biografías de tangueros. Tenía prohibido a los correctores que le tocaran una sola coma, cosa que se le permitía porque los textos que entregaba estaban impecables”.

“Cierta vez me llamó y me dijo: ‘Hablame de Malena. Lo que te salga. Se me hizo una laguna y tengo que entregar una nota en una hora’. Le dije lo primero que se me ocurrió, le habré hablado 20 minutos. Y al otro día compro el diario y no podía creer cómo, respetando lo que dije, Julio fue capaz de componer un artículo tan bien escrito –advierte-. Eran mis palabras, pero al mismo tiempo no lo eran: sonaban mejores. Ésa era su calidad”.

La era Página/12 

El 1 de mayo de 1990 y a poco de cumplir 50 años Julio Nudler empezó a trabajar en Página/12, donde fue jefe de la sección economía, columnista y secretario de economía. Llevó a cabo ahí una tarea prolífica, exhibió su pluma, escribió sobre cada aspecto de la vida económica argentina y también –ocasionalmente- acerca de tango. Hizo denuncias. Fue admirado y referido por expertos y colegas. Sin embargo, al igual que otras veces, recibiría allí un severo golpe.

Al poco tiempo también Hilda comenzó a escribir para Página/12. “Ingresé al diario en enero del ’91 y estuve a prueba hasta abril, cuando me incorporé como redactora de planta. Fueron años muy creativos. Trabajar en el mismo espacio con la pareja no genera conflicto si se aprende a separar la cuestión laboral de la privada. En general regresábamos juntos a casa, cuando Julio me esperaba al término de una función de teatro, disciplina artística de la que me ocupaba, o yo lo iba a buscar al diario para tomar el último tren”, recuerda.

El periodista Rubén Levenberg coincidió con Nudler en la redacción de Página. “Yo estaba en internacionales y a pocos metros de él, pero siempre tuve la sensación de que estaba a kilómetros de distancia. No por su actitud, que era fraternal, sino por su historia. Tenía algunos rasgos en común con otros periodistas que conocí en Página/12, como Susana Viau, Miguel Briante o Salvador Benesdra: cierto aire de distraído, parecía mirar lejos, como si más acá del horizonte no hubiera nada. Hasta que te dabas cuenta de que no se le escapaba un detalle”.

“Es raro –añade- porque podría citar a otros de su generación que pasaron por las mismas redacciones y a los que admiré y todavía admiro, pero éstos eran una categoría diferente, ni mejor ni peor, diferentes. Uno aprende que en periodismo, como en otras actividades creativas, hay organizadores, líderes, buscadores de noticias y tipos con capacidad de interpretar la realidad. También los que hacen de todo un poco. Nudler estaba entre los que saben investigar, interpretar y valorar”.


“Como muchos de los que pasaron por demasiadas redacciones y tuvieron muchas experiencias al lado de otros grandes periodistas, solía enojarse frente a las veleidades de los chicos que con dos firmas se sentían Gardel sin haber cantado un tango completo. No le costaba enojarse, pero las rabietas como recurso didáctico no eran su exclusividad, era una cuestión generacional. Los maestros de su edad -un poco más, un poco menos- solían usar frases y términos hirientes para despertar en los más noveles el periodista que tenían adentro”, concluye Levenberg.

En esos años Nudler colaboró también para la revista Trespuntos (donde escribió principalmente sobre tango) y en 2002 para la web Terra, que más adelante reuniría todas sus columnas. A fines de 2004 publicó algunas pocas notas en Veintitrés.

El sábado 23 de octubre de 2004 por primera vez los lectores de Página/12 no encontraron el panorama económico que cada semana llevaba la firma de Julio Nudler. La nota, que había sido levantada la noche anterior por el director del diario, Ernesto Tiffenberg, denunciaba la designación de Claudio Moroni al frente de la Sindicatura General de la Nación y abundaba en datos sobre la trayectoria de Moroni, “títere del no menos corrupto jefe de Gabinete, Alberto Fernández” según refirió el propio Nudler en una carta en la que al día siguiente explicó que había sido censurado por la dirección del diario.

“Así como no quiero perjudicar a este gobierno sino evitar, con mi modesto aporte, que se suicide, tampoco quiero afectar al diario, que también se está suicidando. Sé que en otros diarios gozaría de mucha menos libertad. Pero rechazo de plano la censura también en éste. No le adjudico al director ni a nadie el derecho a censurar mis notas, aunque él lo haga cada tanto y yo no pueda evitarlo, y no pienso negociar nada al respecto. Me niego a convenir regla de juego alguna. La única es el ejercicio responsable de una plena libertad de expresión”, señalaba también la misiva que replicaron como correo varios de sus amigos. Nulder se entero mucho después. 


El episodio dividió aguas en el periodismo argentino. A partir de allí se desencadenaron cientos de repercusiones, discusiones y cadenas de mails que se reflejaron tanto en Página/12 como en todo el gremio periodístico, solidarizándose con Julio pero descubriendo a la vez el profundo malestar que se vivía en muchas redacciones. La nota de Nudler, que se titulaba “De títeres y titiriteros”, fue finalmente publicada en Página y presuntamente rebatida por otro artículo de Horacio Verbitsky el 14 de noviembre.

La conmoción no cesaba. “Consideramos redundante detenernos a señalar la honestidad profesional e intelectual de un hombre que tiene una impecable trayectoria y que, como muy pocos, ha alcanzado un indiscutido prestigio entre sus colegas y lectores”, señaló en un comunicado la asamblea de periodistas de Página/12. La Asociación Periodistas sostuvo en cambio que “hubo distintas posiciones con relación al caso de nuestro colega Nudler, primando la opinión de que no constituyó un episodio de censura, sino que se encuadra en la dinámica de las habituales relaciones entre un periodista y su editor”. Esta postura provocó en Periodistas la renuncia de 11 de sus miembros, lo que derivaría poco tiempo después en su disolución definitiva. Un sitio pequeño, poco conocido entonces, Diario sobre Diarios (DsD) con cinco años de existencia, fue el único medio periodístico que cubrió el escándalo periodístico. 

Julio no se fue del diario, pero la relación jamás fue la misma y el panorama económico no volvió a aparecer. El conflicto marcaría a fuego al periodista y a toda la redacción, no obstante Nudler fue mil veces más que ese episodio en Página/12.

El periodismo que Nudler quería 

Que lograba hacer entendibles los a veces enrevesados temas económicos. Que tenía una meticulosidad rayana con la obsesión. Que era una firma de lujo, un profesional que conocía acabadamente su materia, pero también sabía muchísimo de otros temas. Que no era “gracioso”, aunque sí tenía una gran charla. Que era implacable a la hora de corregir. Que tenía una mirada aguda sobre todo y sobre todos. Y que siempre –pero siempre- daba gusto leerlo. Cosas como esas dicen los colegas acerca de Nudler. Nada mal para la competitiva arena periodística.

“Aunque tenía una cultura general muy amplia, Julio esquivó ese molde arquetípico que nos define a los periodistas como aquellos que sabemos muy poco de muchas cosas. Escribió sobre las tres materias de las que más sabía ‒y mucho‒: economía, tango y política internacional. Y nunca lo hizo de taquito: para cada nota, por pequeña que fuera, se documentaba como si estuviera preparando una tesis”, señala Lomuto.

“Julio tenía un compromiso inquebrantable con la precisión informativa. Desde ese punto de vista, ningún dato era menor. Lo cual, por supuesto, no significa que no tuviera criterios de relevancia razonables. Significa que si un dato merecía estar dentro de una nota, por más que fuera menos relevante que otros, debía ser tan preciso y estar tan chequeado como los otros. Mientras la mayoría de los periodistas se preocupa prioritariamente por llegar cuanto antes a la cantidad de caracteres requerida y sacarse las notas de encima como si estuvieran en una línea de montaje, la prioridad de Julio era la precisión, que se entendiera lo que contaba y que estuviera sólidamente documentado. Para él todas las notas eran distintas y todas tenían que ser la mejor”, explica.

En una extensa entrevista publicada en La Vaca el propio Nudler brindó sus definiciones acerca de la profesión:

“… fuera de tener el derecho de no revelar la fuente, que aparece cuando ya estamos en un juicio o algo así, (los periodistas) no tenemos establecidos nuestros derechos en la vida cotidiana. ¿Qué derecho tenemos a la conciencia? ¿Qué derecho tenemos a la libre expresión? No está dicho en ningún lado”.

“Siempre dije que en Página tuve más libertad que en otros medios. No me refiero sólo a la libertad de denunciar cosas, sino en un sentido más amplio. Si yo trabajara en algún gran diario, debería limitarme a escribir sobre economía. Y debería someterme a un cierto estilo de escritura y de códigos al que finalmente se ajustan todas las notas. En cambio en Página pude escribir en las más diversas secciones, desde deportes a cultura, con una amplia libertad de estilo. Eso hizo que yo me enamorara del diario, porque es así como me gusta hacer periodismo: no estar todos los días repitiendo la misma nota”.

Marcha y final

“Un día estábamos con Julio en un café de Callao y Córdoba –cuenta Néstor Pinson- y le comento que estaba escribiendo una nota sobre los verdaderos autores de la marcha peronista. Ahí nomás se para y me dice: ‘Hay que hacer un libro con eso’”. Y así arrancó un proyecto monumental que bajo el título “La Marcha” derivaría en una serie de fascículos y CDs sobre el origen y la historia completa del himno justicialista. 

“El trabajo sobre ‘La Marcha (Los muchachos peronistas)’ fue otra labor fundamental –asegura Hilda. Tuvo colaboradores extraordinarios, fervorosos, y aportes invalorables de coleccionistas, investigadores, compañeros de Página/12 y amigos que se sumaron al proyecto. Fue su última gran tarea, al tiempo que no renunciaba a una invitación de la Universidad de Boston para tratar un tema económico y -como un hecho singular para quienes lo convocaron- ofrecer un seminario sobre la intensa relación de los judíos con el tango. Esto en clases que incluyeron grabaciones y la traducción de las letras que le proporcionó un amigo, Laureano Fernández, bandoneonista e investigador del tango. Y tampoco había desestimado meses antes la invitación de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, en Cartagena de Indias (Colombia)”.


“Vino una noche a casa y me contó el proyecto de ‘La Marcha’. Él estaba en contacto con algunos coleccionistas y difusores de tango y supo que uno de los mayores coleccionistas, Héctor Lorenzo Lucci, tenía grabaciones de diferentes versiones de ‘Los Muchachos Peronistas’. Julio pensó en publicar una serie breve (en principio serían tres) de CDs con esas versiones y otras grabaciones de música típica de la época del primer peronismo, acompañados por fascículos con artículos sobre distintos aspectos de ese período. Me contó que el proyecto era financiado por él, pero que creía que en el peor de los casos iba a recuperar su plata porque le habían prometido varios avisos”, cuenta Lomuto.

El primer fascículo fue presentado en un cálido evento en el Torquato Tasso. “Pero cuando nos juntamos en la Richmond para planificar los siguientes números llegué y me encontré con un clima raro - explica Pinson-. Justo había pasado lo de Página/12”.

Además de las que tuvo para Julio, el episodio de censura tuvo también consecuencias directas sobre ‘La Marcha’. “Varios de sus colaboradores técnicos y administrativos eran ejecutivos o empleados de Página y algunos de ellos se alejaron del proyecto. Y de los avisos prometidos no llegó ninguno –señala Lomuto-. Sin embargo Julio no aflojó. En la medida en que fue convenciendo a Lucci de que soltara más tesoros de su archivo, decidió aumentar la colección a cinco fascículos. El último número tuvo el doble de páginas de los anteriores y con él se obsequió, además, un pin con el escudo del Partido Justicialista. Todo eso lo pagó Julio, ya a sabiendas de que solo podría recuperarlo parcialmente, a través de la venta de ejemplares, que para colmo iba cayendo”.

Hilda y Darío se encargarían, con los años, de rescatar los miles de fascículos devueltos, recuperarlos y venderlos a través de una web que crearon especialmente. “Fue muy doloroso lo que pasó con ‘La Marcha’ –refiere Darío-, una mezcla de errores de cálculo y gente que no se portó bien con mi viejo, quien, por otro lado nunca tuvo cintura política”.

Julio nunca fumó, es cierto; y en la redacción de Página/12 se fumaba mucho, eso también es cierto. Pero contra lo que muchos dicen, no fue solamente el cigarrillo ajeno lo que lo enfermó de cáncer a Nudler. “En 1999 murió su papá, de 94 años, y entonces atravesó una situación familiar que lo angustió terriblemente. A los tres meses descubrió que tenía cáncer. "Y es sabido que una depresión también puede facilitar el desarrollo de un cáncer de pulmón”, dice Darío.

“Julio jamás llegaba tarde a ningún lado –recuerda Pinson-, era de esos tipos que se mataban por cumplir. Un día estaba con tos. Y a la semana siguiente no apareció por la radio para hacer el programa, lo cual en él era rarísimo. Al otro día me habla y me dice: ‘Tengo cáncer’”. “Pero lo sobrellevó muy bien –agrega-. La enfermedad no lo postró e incluso a veces, cuando estaba haciendo quimioterapia, me llamaba por teléfono para conversar”.

Julio Nudler murió el 27 de julio de 2005. “Se dice que la descripción de una persona no es más que la simple cáscara de su esencia, que la esencia se va con la persona. Y es realmente así. Inevitable”, reflexiona Hilda en este décimo aniversario de su muerte.

Pero aún nos quedan sus notas. “Recordaré por siempre la lección de periodismo que nos dio durante todo el 2001, anticipando antes que nadie que iba a explotar la convertibilidad. Imaginó y escribió acerca de cuál sería la salida. ¿Devaluación, dolarización, default? Como nadie creía todavía en eso, creó un debate consigo mismo. ¿Sería una devaluación para después dolarizar? ¿Habría default previo? Jugaba con la hipótesis de las Dos D, las tres D, distintas combinaciones. Detrás de ese juego, se asomaba el más elaborado análisis que nadie haya hecho entonces (y creo que tampoco después) sobre el estallido por él anunciado de la convertibilidad”, recuerda Raúl Dellatorre.

Y remata con el mejor consejo: “Hay que ir a los archivos, releerlo y sorprenderse”.

 

 

Referencias:

DsD recordando a Julio Nudler:
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/4/67-recordando-a-julio-nudler.php#.VdzhGSV_Okp    

47 colaboraciones en Todotango: http://www.todotango.com/comunidad/colaboradores/colaborador.aspx?id=11

Notas en Terra: http://www3.terra.com.ar/ctematicos/crisis_economica/69/69388.html

Carta de Nudler denunciando censura: http://www.rodolfowalsh.org/spip.php?article200

La nota de Nudler: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/subnotas/43613-14896-2004-11-14.html

Nota de Verbitsky: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-43613-2004-11-14.html

Nota en La Vaca: http://www.lavaca.org/notas/julio-nudler-%C2%BFque-derecho-tenemos-a-la-conciencia/

www.lamarchaperonista.com.ar 

Nota Relacionadas con Nudler editadas por DsD

Tras la disolución de la Asociación de Periodistas http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/4/210-tras-la-disolucion-de-la-asociacion-periodistas.php#.VdxqwSV_Oko


Se disolvió la Asociación de Periodistas
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/4/209-se-disolvio-la-asociacion-periodistas.php#.VdxrGyV_Oko

El episodio Nudler sacude al periodismo
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/4/207-el-episodio-nudler-sacude-al-periodismo-argentino.php#.VdxrUiV_Oko

La nota de Nudler que Página nunca publicó
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/4/208-la-nota-de-nudler-que-pagina12-no-publico.php#.VdxrdiV_Oko

Recordando a Julio Nudler
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/4/67-recordando-a-julio-nudler.php#.Vdxr3iV_Oko

Una ucronía para Julio Nudler
http://www.diariosobrediarios.com.ar/dsd/notas/1/7398-una-ucronia-para-julio-nudler-a-seis-anos-de-su-muerte.php#.VdxuWSV_Oko

 

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