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Edición Especial - Viernes 11 de agosto 6:00 hs

Periodistas

13/07/2010
Manfred Schönfeld
Manfred Schönfeld

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Manfred Schönfeld

“No es que sea valiente, hay un diario que publica mis artículos”

Julio 2010. Las nuevas generaciones de periodistas no saben quién fue. Sus contemporáneos casi lo olvidan. Manfred Schönfeld, el periodista de La Prensa fue un columnista muy leído a fines de los 70 y principios de los 80. De origen liberal, apoyó el golpe de 1976, pero luego denunció desapariciones. En 1981 reveló que había jueces trabajando a la par de los torturadores y se ligó una golpiza. Diario sobre Diarios (DsD) rescata aquí su particular trayectoria. Un pasaje de la historia de nuestro periodismo. Además, el periodista de La Prensa, Sergio Crivelli, aporta su recuerdo.


Julio 2010. Manfred Schönfeld (1) fue un periodista que forjó prácticamente toda su carrera en el diario La Prensa de la ciudad de Buenos Aires. Había nacido en 1932 en Berlín, ciudad que sus padres, que eran de origen judío, debieron abandonar huyendo del nazismo.

Fue así como desde los cinco años Schönfeld vivió en la Argentina, en donde ejerció su profesión y –en paralelo- se doctoró en Filosofía y Letras. En 1954 entró en la redacción del diario Argentinisches Tageblatt de la colectividad alemana de nuestro país. Dos años después ingresó en La Prensa, donde trabajó hasta su muerte, el 18 de febrero de 1989. En el diario se desempeñó en varias secciones, incluso como corresponsal en Inglaterra y Alemania.

Quienes lo conocieron lo describen como un hombre inteligente y curioso, frontal y culto, más “un erudito” que un periodista de raza. Fue un intelectual informado más que un “buscador de noticias”; un profesional que citaba en latín y dominaba a la perfección el alemán y el inglés.

“Ya de joven tenía el aspecto de un señor grande”, recuerda Gerardo López Alonso, quien trabajó con él durante algunos años en La Prensa y luego, con el paso del tiempo, siguió frecuentándolo de manera informal. Actualmente López Alonso es vicedecano de la Universidad Austral. “La Prensa y Schönfeld eran algo muy difícil de separar –agrega- si hasta él mismo, cuando hablaba, se expresaba como si fuera un editorial del diario. Ahí Schönfeld estaba en su salsa: era redactor estrella y eterno candidato a jefe de redacción”.

Su ajustada identificación con la impronta conservadora de La Prensa no fue un detalle menor. Por ejemplo: cuando durante el gobierno de Frondizi se discutió la ley de enseñanza libre (que permitía el establecimiento de universidades privadas que en su mayoría serían católicas) el periodista se mostró abiertamente a favor de la postura del gobierno y de los sectores católicos. Él mismo se definía a sí mismo como un “liberal nacionalista”. Nada más lejano al peronismo.

“Las polémicas de escritorio a escritorio en la redacción eran intensas y Schönfeld jamás dudaba en mostrarse como una persona partidaria del orden y la autoridad, incluso en contra de lo que opinaban muchos de sus colegas. No obstante, su inteligencia y su particular sentido del humor volvían estos debates bien interesantes”, rememoró también López Alonso.

Coherente con su “nacionalismo”, Schönfeld apoyó sin titubeos la guerra de Malvinas, dijo que si por su contextura física no lo dejaban integrar las tropas, “voy aunque sea a pelarles papas a los soldados” y reclamó desde sus columnas el apoyo de la sociedad a la “gesta nacional”. Muchos de sus textos y su ideario malvinero quedó plasmado en el libro “Malvinas, la guerra austral”.

Un periodista de viejo cuño

Por Sergio Crivelli *

Cuando se escriba la historia de los derechos humanos en los años 70 –la historia, no la “memoria” de un sector-Manfred Schönfeld y La Prensa tendrán un capítulo que aún no ha sido escrito. Ambos denunciaron la represión ilegal cuando nadie lo hacía, cuando los militares estaban en el poder y los medios que hoy hablan de “dictadura” hablaban respetuosamente de “Proceso de Reorganización Nacional”.

El que escribe estas líneas ingresó en La Prensa en 1978 por pedido de Schönfeld, de quien pasó a ser colaborador. Allí vio por primera vez a las Madres de Plaza de Mayo que iban a visitarlo. Cuando preguntó quiénes eran esas mujeres con pañuelo blanco en la cabeza, Schönfeld se limitó a responder: “No se imagina las cosas que cuentan. Tratan de encontrar a sus hijos. Es terrible”.

Poco más tarde escribió un artículo de una página entera que llevaba por título “Cuando de noche pienso en la Argentina”, donde denunciaba y repudiaba la represión ilegal. Por la misma época “La Prensa” publicó la primera lista de “desaparecidos” por decisión del entonces director Máximo Gainza. La reacción de los militares no tardó. Hubo hostigamiento y amenazas. Le cortaron la publicidad oficial al diario y finalmente le pegaron a Schönfeld el famoso manoplazo que le borró los dientes delanteros.

¿Por qué Schönfeld, que era un liberal conservador, cuestionó y acusó públicamente al “proceso” por la violación de los derechos humanos mientras gran parte el “progresismo” callaba? Hasta 1978 había vivido y trabajado en Europa y a su regreso comprobó con amargura que las denuncias de la izquierda internacional eran ciertas. Lo comprobó en el terreno con testimonios directos. Su reacción fue condenar la barbarie, porque creía que el estado de derecho era un fundamento no negociable de la vida civilizada. Cualquier otra cuestión era posterior. Lo que hizo, en realidad, fue ser coherente con sus principios, porque era un periodista de viejo cuño uno de aquellos para los cuales era imposible renunciar a la honestidad y a la verdad.

Tal vez para encuadrarlo ideológicamente habría que recurrir a una frase de otro periodista de excelencia: Indro Montanelli. El italiano se definía como un “burgués anarquista”, porque estaba a favor de la ley y el orden, pero le tenía alergia al poder. Schönfeld se veía a sí mismo como alguien llamado a observar y criticar al poder y no a entrar en componendas con él. Tampoco hubiese entendido el periodismo como un negocio más para enriquecerse a cambio de venderse al gobierno de turno. Estaba acuñado en un material que hoy, lamentablemente, escasea.

* Periodista de La Prensa.

Su apoyo al régimen

Se entiende entonces que tras los agitados años 70, Schönfeld compartió, en principio, los postulados del “Proceso de Reorganización Nacional” que se instauró en 1976. Sin ir más lejos: en su columna del 24 de junio de 1978, en vísperas de la final del Mundial de Fútbol, justificó el golpe militar y elogió a Jorge Rafael Videla de esta manera:

“(...) Nuestro gobierno llegó al poder en medio de un estado de desastre natural...Fue y sigue siendo un régimen imperante en una situación de emergencia, bien que ésta última sea cada vez y, muy paulatinamente, menos candente. No buscó ningún espaldarazo en la realización del torneo mundial de fútbol... no tuvo la más mínima necesidad de ‘regimentar’ a las masas para ‘lanzarlas a la calle’...No hubo, pues, intención ni mucho menos certeza de obtener un provecho político.

“Estos socialdemócratas desean naturalmente volver al poder que está poco menos que al alcance de su mano. Un excelente ‘caballito de batalla’ que, por lo demás, no les crea ningún tipo de compromiso político es el asunto de los derechos humanos en la lejana Argentina, vivificado por la realización del campeonato mundial de fútbol.

“¡A extraerle, pues, todo el jugo político posible a este tema! ¡A bombardear al gobierno de La Haya y a hacerle la vida imposible, hasta el punto de que un embajador no pueda decir ya nada bueno del país ante el cual se encuentra acreditado!..¿Quiénes politizan, entonces, los deportes, el fútbol y la Copa Mundial? ¿Ellos o nosotros?

“(...) Por lo demás, debe tranquilizarnos la noción de que la poco común serenidad, el sobrio decoro y la falta de toda presunción, virtudes todas ellas que la ciudadanía empieza a estimar en creciente medida en el presidente de la Nación, lo colocan en una natural posición de encarar con altura cualquier posibilidad de que se intente lastimar, en forma zafia, el sentimiento nacional del país y de su pueblo”.

Unos días más tarde, el 23 del mismo mes, el periodista amplificaría la versión de la “campaña anti argentina” en el exterior:

“Se sigue hostilizando a nuestro país... Se trata de la continuación de una campaña de hostilidad que es impulsada en varias partes del mundo, por grupos de argentinos opuestos al actual gobierno del país, ora exiliados, ora exiliados sedicentes, en ciertos casos elementos de izquierda más o menos extrema, en otros, activistas de ideología indefinida, adictos al peronismo, ex usufructuarios de él, así como miembros de organizaciones terroristas que han logrado crearse la aureola de ser luchadores libertarios. La acción de tales grupos de composición y motivación heterogéneas, se hizo sentir, por ejemplo, también en un país como Venezuela, durante la visita que está efectuando allí el almirante Massera”.

El 6 de septiembre Schönfeld firmó un artículo titulado “Dando la cara por la Argentina. La actuación de Videla en Roma está refutando varios pronósticos temerosos”. La nota, que comentaba un viaje de Videla a Roma para asistir a la entronización del Papa Juan Pablo I, elogiaba al militar diciendo que contra los pronósticos pesimistas de que se desatara “una nueva campaña destinada a empañar la imagen de la Argentina en el extranjero”, sobre todo “en un centro informativo europeo de considerable importancia”, Videla había “dado la cara”:

“Videla no esperó ser agredido para `dar la cara´, sino que fiel a una de las normas que rigen la profesión en que se formó a saber la de que `la mejor defensa es el ataque´, hizo un uso cabal de su viaje a Roma (...)

“Así, estuvo perfectamente adecuado a las modalidades que en materia de relaciones con el periodismo, son usuales en Europa occidental, el hecho de que el presidente hablase sin tapujos de ninguna especie, de la guerra que se libró en nuestro país, de esa `guerra sucia´ en la que se registraron, como en toda guerra, muertes y desapariciones.

“Llamar a la verdad por su nombre es lo mejor que, en tales circunstancias, pudo haberse hecho. Lo propio se refiere a la energía con que el general Videla defendió la imagen argentina, desligada del problema del terrorismo, sino una compleja realidad, capaz de desenvolverse como la de cualquier otro país.
“(...) No hay que creer que, por ello, que el eco que el presidente argentino está recibiendo o recibirá en Italia será necesariamente positivo. Lo importante es que reciban eco y que no lo cosechen únicamente aquellos que nuestros conciudadanos que, en el exilio, están actuando acuciosa e intensamente en la campaña destinada al desprestigio argentino”.

El giro menos pensado

Pero más adelante algo empezó a cambiar en las columnas de Schönfeld. Por ejemplo: el 12 de diciembre de 1978 pudo leerse en La Prensa una columna en la que el periodista escribía sobre la necesidad de esclarecer los casos de desaparecidos (aunque aclaraban que muchos “no merecen que se llore por ellos”):

“(...) Añadamos que `desaparecer´ significa, habitual aunque no necesariamente, haber sido detenido por personas armadas que ora estaban vestidas de civil ora de uniforme y que se identifican –o no– como pertenecientes a tal o cual rama de las Fuerzas Armadas, de seguridad o del orden. El silencio es el caldo de cultivo ideal para toda clase de versiones. La falta de información –o la información manipulada– da lugar a falsedades de toda clase... Lo que importa, empero, es que sigue sabiéndose muy poco, y en ciertos casos nada, acerca de mucha gente, casi siempre joven, que desapareció, ya sea de sus hogares, como de sus lugares de trabajo o de estudios. “El Estado de derecho puede comprender, según las circunstancias y siempre de acuerdo con la letra y el espíritu de la ley, la aplicación de las penas más severas, sin excluir la capital. Pero aun entonces encierra un respeto fundamental para con la dignidad humana... No es lo mismo, finalmente, morir con un consuelo espiritual y religioso –al cual tiene derecho hasta el más infame de los criminales, por su mera condición humana– que ser `liquidado´ entre gallos y medianoche. No sabemos si esto último ha sucedido, pero tenemos derecho a saber qué sucedió y qué sucede. No se trata de ningún lacrimoso sentimentalismo, porque estamos convencidos de que hay muchos de los desaparecidos que no merecen que se llore por ellos, porque tampoco ellos fueron capaces de apiadarse... Son preferibles cien fusilamientos a una `desaparición´, siempre y cuando los ajusticiados hayan incurrido en delitos punibles con la pena de muerte. Lo que no puede seguir aceptándose es el silencio. Es necesario asumir con coraje lo hecho en el pasado y enfocar con severa serenidad el presente”.

A partir de entonces Schönfeld comenzó, poco a poco, a convertirse en uno de los periodistas que más exasperaban al gobierno militar. Levantando siempre las banderas de la moralidad, la austeridad y el decoro escribía cosas tan irritantes para el régimen como que las películas que se prohibían en los cines (por ejemplo “Calígula”) se proyectaban sin embargo en los casinos militares. Schönfeld se preguntaba “si eso es por tener mentes preparadas para no ser influenciadas por lo que prohibían a la gente común”.

La Prensa, en tanto, se iba enredando en una posición que cada vez resultaba interesante. Por una lado, el diario fue el primero que en 1978 publicó una solicitada de los familiares de desaparecidos (una página completa en la que se clamaba por noticias sobre el paradero de todos aquellos que el Estado, aparentemente, se había engullido). Por otro lado, seguía brindando apoyo al régimen, manteniendo las columnas de Schönfeld junto a textos en los que Ramón Camps clamaba por “el exterminio y la guerra santa contra el enemigo de la patria, de la cristiandad y de la cultura occidental”.

En junio de 1981 Schönfeld firmó una seguidilla de notas particularmente críticas para con el régimen. El lunes 8 tituló su columna “El proceso debe regenerarse desde adentro o, de lo contrario, arrastrará en su derrumbe al país entero”. Allí hablaba sin miramientos de una crisis que incluso podría llegar a ser institucional “ya que terminan por ser cuestionadas las fuentes mismas del poder en que se funda el régimen ‘de facto’ y la legitimidad moral de su existencia”. La nota criticó duramente la falta de austeridad de la cúpula gobernante y se permitía también otras diatribas. Por ejemplo, “por poner al frente del Colón a un brigadier, como si faltaran funcionarios de carrera idóneos y probos para ocupar semejante posición administrativa en un ámbito que de aeronáutico quizás sólo tenga a su etéreo ballet”.

La agresión y el recuerdo de Ambito

Claro que las represalias no tardarían en llegar. Si bien la dictadura permitía cierta crítica a algunos medios de comunicación que desde 1976 se disciplinaron y fueron uno de los sostenes de su legitimación en términos de opinión pública, todo estaba muy acotado a lo que se conocía como “los límites del disenso”. El 16 de ese mismo mes se suprimió toda publicidad oficial en La Prensa, y el 22 de junio a las nueve y media de la noche, frente a su casa, Manfred Schönfeld fue increpado al bajar de un taxi por una patota de agresores anónimos que con una manopla le propinó en la cara un golpe tal que le provocó una importante hemorragia en el labio y la pérdida de cinco piezas dentales.

“Antes incluso de hacerse atender el periodista ensangrentado corrió a la redacción y escribió un encendido testimonio con la violencia”, cuenta Carlos Ulanovsky en Paren las rotativas. La foto tipo carnet del rostro ensangrentado de Schönfeld en la primera plana (blanco y negro) de La Prensa aún es recordado por varios de sus contemporáneos.

Por esos días Schönfeld publicó una serie de notas tituladas “Antes de que el país toque fondo”. Luego de la agresión se tomó un breve descanso, aunque antes se permitió firmar una nota que escribió desde su casa. “No nos doblegarán –decía en ese artículo- Insistiremos con la verdad”.

El 22 de febrero de 1982, en una extensa nota, Schönfeld escribió en medio de una columna: ‘¿Qué hay de los jueces de instrucción, de algunos de los cuales no debe asombrar que haya llegado a correrse la voz de que cumplen su cometido sentados al lado de los torturadores?”.

¿Cuándo se alzará la cortina que anula el imperio del estado de derecho en el país?”, se titulaba el artículo en el que el periodista, no obstante, justificaba esa situación “en tiempos bravíos de la lucha contra el terrorismo, la subversión y la guerrilla”:

“En la Argentina de hoy no existe el estado de derecho. Y no existe porque el Poder Judicial –aquél que debe velar por su existencia- se ha convertido, más y más, en un espantajo, en una caricatura de sí mismo.
“El Poder Judicial no sólo ha dejado de ser independiente, sino que ha renunciado a su independencia, prestándose como figurante en el juego, cuyo protagonista es el Poder Ejecutivo, sin que al respecto importe que ese Poder Ejecutivo haya surgido de las urnas (como sucedió en épocas de la dictadura peronista).
“Esta situación podría haber tenido una explicación, humana ya que no legalmente aceptable, en los tiempos iniciales del `proceso´, en los tiempos bravíos de la lucha contra el terrorismo, la subversión y la guerrilla; pero lo grave es que sigue subsistiendo, año tras año, casi como por inercia y sin que aparentemente nadie se mosquee”.

Unos párrafos más adelante se refirió a la cuestión de la tortura por la que más tarde sería llevado a tribunales:

“De acuerdo con el nivel que fijan los estratos más altos, se comportan los inferiores, salvo alguna honrosa y heroica excepción (...)
“Si el presidente de la Corte acepta, sin protestar, que se nombre a un nuevo miembro de ese tribunal sin que se hubiese tenido la cortesía de consultarlo, ¿qué puede esperarse de los camaristas o de los jueces de primera instancia? ¿Qué de los de instrucción, de algunos de los cuales no debe asombrar que no haya llegado a correrse la voz de que cumplen su cometido tranquilamente sentados al lado de los torturadores, mientras estos efectúan su `tarea´ con el imputado o acusado?”.

Bajo el décimo subtítulo, “Los desaparecidos”, alentó a la dictadura cambiar de actitud y reconocer la represión, aunque seguía diluyendo la responsabilidad de los militares para repartirla entre los civiles:

“En cuanto a la tragedia de los ‘desaparecidos’, no crea el gobierno que con ignorarla y seguir la actitud asumida durante la etapa de Videla y Viola, el problema desaparecerá. Por el contrario, se enquistará y será –como se lo dijimos a uno de los presidentes del ‘proceso’– una ‘siembra de dientes de dragón’ que el país entero tendrá que cosechar cuando el quiste surja y estalle a flor de piel. Que es, precisamente la razón por la cual el periodismo independiente no puede ni debe dejar descansar el tema. Si nadie habla lealmente de él, lo explotarán deslealmente y con espurios fines políticos y demagógicos los mismos partidos y los mismos dirigentes que ayer no más –cuando todos andaban en pleno idilio con el gobierno de turno, el de Viola– no decían sobre los ‘desaparecidos’ esta boca es mía.
“Todo lo cual se entiende, no sería ni posible ni necesario, si se alzara la cortina que está trabando el imperio del estado de derecho en el país. Pero nadie parece estar dispuesto a alzarla. Para hacerlo, para mostrar si quiera la buena voluntad de hacerlo, dos meses –incluso dos meses del período veraniego– habrían sido más que suficientes. “Se trataría pues de la primera desilusión que depara a un esperanzado país el gobierno de Galtieri. Así las cosas, tememos que no será la última”.

“Un periodista que denunciaba pero cuando era arriesgado”, tituló el 4 de agosto de 2006 el diario Ámbito Financiero en un artículo con el cual su entonces propietario, Julio Ramos, recordó a Schönfeld. Actualmente, no se encuentra disponible en el archivo web del diario.

“Debe pensarse que hoy, 2006, es fácil y sin riesgo denunciar torturas y torturadores”, decía la nota. “Por eso hasta se exagera. Pero en aquella denuncia que un juez presenciara torturas y hacerlo desde una prensa censurada era una hazaña. Pero el periodista de La Prensa no comía vidrios. Sabía moverse. Comenzó a pergeñar su nota el día que recibió a un abogado, Osvaldo Píccolo, que le contó las peripecias de un cliente suyo, Mutscheller, a mediados de 1981, plena dictadura. Este hombre estaba detenido en el Departamento Central de Policía a disposición de una jueza Damianovich. Fue torturado. Además supo que no era el único en una época donde torturas por política o delitos comunes era corriente. Logró oír a un hombre Cuttica que estaba procesado en la misma causa quien le contó. Cuttica no sobrevivió a los interrogatorios. Píccolo, dolorido, recurrió a la pluma respetada de Schönfeld, de reputación seria por sus investigaciones. Incluyó aquel impactante párrafo mientras recogía datos que le dio un juez federal que había sido separado del cargo y una fuente que nunca quiso develar, que le aportó informes no muy precisos sobre la actuación de ‘una jueza’ en una causa ‘Garay, Julio César y otros’”.

“Las corporaciones de magistrados lo acusaron de mentir –cuenta también Ámbito- simpatizantes del régimen hacían declaraciones contra el periodista que reproducía la prensa pro militar. Funcionarios de la dictadura se sumaban a denostarlo”. Por esa nota Schönfeld tuvo que acudir repetidas veces a Tribunales y exponerse a más descalificaciones de organizaciones como el Foro de los Estudios sobre la Administración de Justicia, que señaló que las denuncias del periodista se basaban en un análisis “parcial y restringido”. Finalmente, el 1 de julio de 1983, la jueza Laura Damianovich de Cerredo fue destituida por “mal desempeño de sus funciones a inhabilitación para ocupar otro cargo oficial”. “Ella había presenciado los golpes a un detenido –concluye Ámbito- tal como escribió el periodista”.

Explorando las razones del cambio

¿Cómo es posible que alguien que desde lo ideológico apoyó el golpe fuera quien, paradójicamente, terminó transformándose en uno de los periodistas que más criticas hiciera contra el “Proceso”?

Se podría pensar que entre las razones del cambio figura la competencia (nunca declarada) con otro periodista que por aquellos años entró al diario y empezó a firmar, -y como si fuera poco, en la tapa- una serie de columnas más que explosivas: Jesús Iglesias Rouco. “Fue entonces cuando Schönfeld, que recién volvía de Alemania, empieza a separarse un poco de la voz oficial del diario y a escribir análisis políticos cada vez más audaces. Aún así la rivalidad entre ambos periodistas le trajo al diario una bocanada de aire fresco”, dice López Alonso.

“Jesús Iglesias Rouco y Manfred Schönfeld pudieron sobre Máximo Gainza y convirtieron el periódico en una trinchera en la que sólo importaban sus columnas diarias. Muchos compraban el diario por esas columnas. El mismo ejemplar de La Prensa podía defender al general Ramón Camps y publicar una lista de desaparecidos a la que nadie se animaba”, escribe Gonzalo Peltzer en su blog Paper Papers. En tanto Gaucho Malo, el sitio de Santiago González, señala que “Gainza, con la aguda ironía que no perdió nunca, describía a sus dos principales articulistas diciendo que Schönfeld era un primer violín, e Iglesias Rouco un rockero”.

Iglesias Rouco, oriundo de Galicia, España, editaría -ya en democracia-, El Informador Público, periódico muy leído durante el gobierno de Raúl Alfonsín que incluía buena información del mundillo político y operaciones de prensa en dosis similares.

Las malas lenguas dicen que Schönfeld, en el fondo, estaba íntimamente satisfecho tras haber recibido la agresión que por fin le regaló su merecido minuto de fama. Y las buenas lenguas tampoco niegan lo anterior, pero a la vez reconocen que a la hora de denunciar, el periodista fue capaz de demostrar una buena cuota de coraje.

Schönfeld, que trabajó en el diario hasta el día de su temprana muerte a los 57 años (“era obeso y no se cuidaba”, comentan sus viejos conocidos), reconoció en cierta oportunidad esa ventaja.

“No es que yo sea valiente -advirtió-. Es que hay un diario que publica mis artículos”.

(1) Su nombre completo era Manfred Ulfilas Schönfeld. Ulfilas es un antiguo nombre alemán. Schönfeld significa “campo lindo”. Su esposa fue la escritora Laura del Castillo. Lo apoyó incondicionalmente en toda su carrera hasta su muerte. Sin duda alguna, un sólido sostén para Schönfeld, según quienes lo conocieron. Murió en Paraná, Entre Ríos, en 1989.

Fuentes:
Entrevista con Gerardo López Alonso
Diarios La Prensa de la época, hemeroteca del Congreso de la Nación.
Tesis del periodista Martín Malharro Los grandes medios gráficos y los Derechos Humanos en la Argentina - 1976 - 1983.

Más sobre Schönfeld

Nota publicada en La Prensa bajo el título La necesidad de esclarecer los casos de los desaparecidos (en el libro Decíamos ayer, de Eduardo Blaustein y Martín Zubieta).
En La Nación en 2009, el periodista Luis Gregorich evoca a dos colegas, “uno glorificado con justicia, otro injustamente silenciado”, en referencia a Rodolfo Walsh y Manfred Schönfeld.

 

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