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Adelanto del libro del periodista Pablo Llonto
La presunta pelea entre Ernestina
y la hija de Roberto Noble
El DsD brinda a sus lectores, el texto completo del capítulo II del libro “La Noble Ernestina” que desde el viernes 4 de abril ya se encuentra a la venta en librerías y kioscos. Lo hace como una contribución a la transparencia de una problemática cada vez más compleja: la trama de los medios de comunicación en la Argentina. El mencionado texto, incluye algunos aspectos hasta aquí desconocidos de la supuesta pelea por la herencia del fundador del diario Clarín, Roberto Noble. La obra de Llonto plantea que Ernestina primero se enfrentó con la ex de Noble, Guadalupe Zapata y posteriormente con su hija, Guadalupe Georgette Noble, conocida en un primer momento como “Lupita”, y que actualmente se hace llamar “Lupe”, y es la conductora del programa “Virtudes Capitales” que se emite por la señal de TV, P&E. Lupe fue esposa del ex funcionario menemista Enrique Llopis. La trama de los hijos adoptivos de la viuda de Noble. El rol de Jaján.
El texto es el siguiente:


“II Avisos fúnebres

La libertad conseguida en la Sala II de la Cámara Federal de San Martín era maravillosa, pero la había dejado grogui y necesitaba recuperarse durante algunas horas para poder salir al ruedo. Debía retomar la iniciativa. Ella no era cualquiera de esas copetudas como Liz Fassi Lavalle o Dolores Blaquier que cuando cayeron entre rejas bajaron la voz y se guardaron la rabia. La memoria de Noble no la perdonaría. En las páginas de Clarín debía quedar registrado el mal que le habían hecho, las injusticias que se cometían contra ella y la advertencia clara, a todos los buitres que acechaban, de que les costaría mucho cascotear el castillo donde se atesora la herencia más grande de la historia argentina.
Esta vez no tenía, como en los ochenta, al tucumano Joaquín Morales Solá para que la asesorara frente a la computadora. Ya bastante había hecho por ella con ese artículo de La Nación del 19 de diciembre, en el que había puesto su pecho para defenderla con la gratitud de quien comió de su mano durante tantos años. “Era el invierno de 1976 –escribió compungido Morales–… Una noche fría de ese tiempo ingrato, la directora de Clarín, Ernestina Herrera de Noble, nos sorprendió con el relato de la adopción de sus hijos. Había también lágrimas, muchas lágrimas en sus ojos, pero correspondían a las emociones que despierta la alegría. El relato incluía la forma en que esas criaturas habían llegado a sus brazos. Un bebé tenía una hermosa sonrisa y el otro no paraba de llorar, decía. Incluía también, los farragosos trámites de la adopción entre jueces, médicos y abogados. Más de 25 años después, la señora de Noble sigue llorando por esos hijos”. No le extrañaba la gentileza de La Nación. Al final de cuentas era el diario que dirigían los Saguier, hijos de Matilde Noble, la sobrina del marido. El artículo, al que Morales había titulado “Una madre que siempre habló de adopción”, era conmovedor para todos aquellos que aceptaban la teoría de la pobre señora. Era algo así, sentimental y humano, lo que ella necesitaba transmitirle a los lectores. Pero no podía, la cabeza no le daba.
El impulso decisivo vino del propio Marquevich cuando el miércoles 8 de enero llegó al Juzgado con su enorme perro mastín y dictó, en plena feria judicial, el procesamiento de la directora por el primero de los delitos de los que era acusada: uso de documentos públicos falsos. El juez no creía en tanta lágrima derramada y puso en claro sus razones:
“Se ha verificado la puesta en marcha del engranaje judicial con la connivencia de algunos de sus integrantes dentro del Tribunal de Menores Nº 1 de San Isidro, para satisfacer los deseos maternales de Herrera de Noble valiéndose de una inescrupulosa ingeniería ideada sobre el servicio de justicia.
”Presentar versiones falaces de los hechos, incorporar pruebas irregulares en especial por testigos amañados e informes a gusto, medida y conveniencia para demostrar un imaginario cuadro de situación propicio para lograr la adopción de los entonces menores.
”La beba no apareció en las circunstancias que dijo Herrera de Noble, sino que la casa donde apareció en una caja de cartón sobre la calle Laprida de San Isidro no era el domicilio o residencia de Herrera de Noble.
”Yolanda Echagüe de Aragón no fue vecina de Herrera de Noble ya que, en la época que esta última dice haber encontrado a la criatura, Echagüe de Aragón residía en la localidad de Acasusso, junto con su esposo y su nieta y no en el barrio de Las Lomas de San Isidro.
”El otro testigo del caso, García, que supuestamente trabajaba como jardinero de Aragón, nunca fue tal, sino que se desempeñaba como chofer personal de la viuda de Noble y de la familia desde hacía 38 años.
”La mujer que quería dar a su hijo (Felipe), María Luisa Delta, no existió ya que su matrícula personal corresponde a una persona de sexo masculino, y que no hay dato preciso y concordante de su personalidad, edad, figura o antecedente alguno que acredite haber tenido un hijo.
”Se encuentra probado que la encausada Herrera de Noble el día 29 de noviembre de 1976 usó documentos apócrifos –certificado de nacimiento y testimonio de depósito provisorio– al entablar la demanda que culminó con el dictado de la sentencia de adopción plena fundada, básicamente, sobre dicha documentación.
”Se encuentra probado que Ernestina Laura Herrera de Noble hizo insertar datos falsos en su deposición ante el Tribunal de Menores 1 de San Isidro (en el expediente 7308, N.N. mujer) producto de lo cual provocó las falsas declaraciones que habrían prestado Yolanda Echagüe de Aragón y Roberto Antonio García”.
A pesar de que sus abogados le dijeron que todo esto era previsible y que en la Cámara de Apelaciones las cosas seguramente cambiarían, no pudo evitar la decepción. No sabía qué hacer, así que lo llamó a Magnetto por el celular y le pidió que le reservaran dos páginas en el diario para dar su respuesta en una carta a los lectores. Estaba dispuesta a escribir sola, sin consejeros, hasta que Magnetto la convenció de llamar a los abogados y esperar hasta el domingo 12 de enero para publicar la carta en un diario que tiraba 720.000 ejemplares.
Por primera vez, desde 1976, admitiría que los menores a los que había adoptado con sus métodos podían ser hijos de desaparecidos, pero eso sí, la culpa siempre era de otros: “Me encuentro frente a dos realidades muy distintas –escribió–. Primero, el deseo legítimo de las Abuelas de saber si mis hijos fueron arrebatados a detenidos-desaparecidos. Segundo, los abusos del juez Marquevich. Muchas veces he hablado con mis hijos sobre la posibilidad de que ellos y sus padres hayan sido víctimas de la represión ilegal. Y siempre les he dicho que yo apoyaría la decisión que ellos tomaran. Tienen 26 años, son lo más importante de mi vida, una vida mucho más interesante, afortunada y prolongada de lo que jamás imaginé en mi juventud”.
Mientras revisaba la última línea, su memoria traía el registro de aquella pieza de la calle Cavia, de los fotógrafos en la puerta del Juzgado, de los numerosos diarios internacionales con su foto, semiagachada y con esos oscuros anteojos que buscaban despertar la compasión general. Demasiadas afrentas como para no referirse al juez: “Marquevich no me conoce, nunca nos hemos reunido, ¿tiene algo en mi contra? Les digo que sufro más por mis hijos que padecen por mí, que por mi situación personal. Sufro también porque veo su intimidad al aire libre, tironeada por especulaciones políticas y por deseos legítimos que terminan envueltos en esas mismas especulaciones. Mi misión es preocuparme por la gente. Conducir un medio que defienda la democracia, conducirlo para que siga siendo una herramienta al servicio de la gente. Es lo que pienso seguir haciendo toda la vida”.
Casi una semana detenida había sido mucho. Y aunque los tres últimos días los cumplió en la mansión, era un duro golpe a sus setenta y siete años. La carta a los lectores sería lo último que haría antes de dedicarse de nuevo a los chicos y viajar a Punta del Este. Se prometió reponerse con el bálsamo de una familia que, decía, le había llevado veintiséis años construir. Ni siquiera la conmovería la solicitada que, en respuesta a su carta, le dedicaron las Abuelas sugiriéndole por enésima vez que mandara a Marcela y a Felipe a sacarse sangre para cumplir con el estudio de ADN.
Tenía mucho para contarles a los chicos. Jamás les había hablado de sus devaneos juveniles, de cuando esos hombres –por lo general maduros y casados– se acaloraban en el teatro y le gritaban “¡Bien, Marinerita! ¡Otra, otra, Marinerita!”. Nunca les había dado detalles de la desconcertante vida de “papá” –así llamaba a Noble frente a ellos– y, lo que era más duro, tampoco se había atrevido a relatarles la verdadera parábola de sus vidas ni a confesarles que la historia de la madre que había abandonado a Felipe en un juzgado era falsa, igual de falsa que la historia de la cajita de cartón que misteriosas manos habían dejado una noche en la puerta de la casa de la calle Laprida de San Isidro.
La culpa que sentía era infinita, tanta como su memoria. En algunas zonas de su mente tenía el registro de cada hecho, de cada acto y ahora entendía por qué, a lo largo de treinta años, todos los secretarios de redacción de Clarín se asombraban de su enorme retentiva.
¿Debía empezar? ¿La apodarían “la viuda negra” cuando terminara todos sus relatos, como esa araña peluda y temible que la atemorizaba de chica? ¿O la atormentarían con aquel refrán popular de “la viuda rica, con un ojo llora y con el otro repica”?
Cuando se decidiera, ya sería tarde. Llevaba años cometiendo el más grande error de su vida: creer que nunca se averiguaría la verdad.



Si los jóvenes Felipe y Marcela aceptaran hacerse el estudio de ADN deberían concurrir por primera vez en sus vidas a un sanatorio municipal, el Hospital Durand de la Capital Federal, hacer una pequeña cola para ser atendidos en la unidad de inmunología y someterse a un leve pinchazo en el dedo que, con mucho gusto y cara de aburrimiento, le realizará una enfermera que gana 230 dólares por mes.
Su sangre pasaría entonces por un examen de abuelidad, a partir de los resultados que, desde hace quince años, se encuentran depositados en el Banco Nacional de Datos Genéticos. Allí, más de tres mil familiares de desaparecidos ya han dejado una muestra que sirve de base para el rastreo de los niños buscados.
Los médicos, mediante el seguimiento de marcadores genéticos, pueden establecer si algunas combinaciones de ellos son heredados de los abuelos o simples coincidencias. Las probabilidades de certeza llegan al 99,95 por ciento y en todo el mundo son muy pocos los casos de dos individuos no relacionados que compartan el mismo tipo de sistema genético. Los resultados se conocen en dos meses.
La historia que se busca reconstruir con Marcela es la de una niña de seis meses, que se llama Matilde y que vio, el 4 de setiembre de 1976 en su casa de la calle Catamarca 1795 de Acasusso, cómo grupos del Ejército y de la Policía de la provincia de Buenos Aires atacaban la vivienda a tiros y granadas. La madre de Matilde era Bárbara Miranda y el padre, Roberto Francisco Lanuscou, ambos militantes montoneros. En el ataque que había sido comandado por un militar de apellido Lando, murieron los dos y también los hermanitos de Matilde, Roberto de 5 años y Bárbara de 4. Según algunos vecinos, Matilde habría sido retirada viva en una ambulancia, pero ese dato recién se confirmó después de 1983, cuando los abuelos de los tres chicos participaron de la exhumación de unos cadáveres N.N. en el cementerio de Boulogne, y al abrir los cajones encontraron los huesos de los padres y de dos de los niños, un osito de peluche y un chupete. De Matilde no había nada. Siempre pensaron que en el asalto a la casa habían muerto los cinco integrantes de la familia. Cuando consultaron a un experto en antropología y restos humanos, les dijo que era imposible que los huesos de un bebé de seis meses se evaporaran en el cajón. El cráneo de la madre presentaba un orificio, por lo que se deduce que fue rematada de cerca. Los militares y la policía habían impedido el acceso a la vivienda de los Bomberos Voluntarios de San Isidro que se presentaron por los llamados de los vecinos. Los diarios de la época hablaban de “cinco subversivos muertos en un enfrentamiento”. Matilde jamás podrá abrazarse con sus abuelos maternos porque Juan Miranda y María Amelia de Miranda fallecieron en 1995 y 2001. Cosas del destino: el apellido de soltera de la abuela era Herrera. Había nacido en Córdoba, en 1923.
En el caso de Felipe se busca a un bebé que estaba en la panza de María del Carmen Gualdero, quien fue secuestrada el 8 de junio de 1976 en el barrio de Caballito por el móvil 1083 de la Seccional 11a de Capital. De la esquina de Acoyte y Avellaneda, María del Carmen fue llevada a una dependencia de la calle Moreno de la Policía Federal y luego se pierde todo rastro. Estaba embarazada de nueve meses y tenía fecha probable de parto para el 25 de junio. Su abuelo, un médico militar retirado, había realizado algunas averiguaciones que le indicaron que habría pasado por el centro clandestino Automotores Orletti que funcionó en la calle Venancio Flores 3519 del barrio de Floresta o por alguno de los centros clandestinos de Campo de Mayo. El padre del bebé, Ernesto García, había sido asesinado en 1975.
Mientras la directora estuvo detenida en la pieza de la calle Cavia, ni Marcela ni Felipe se animaron a hablar con ella sobre un probable análisis. Todo cambió cuando llegó “mamá” a casa y los dos intentaron convencerla de ponerle un cierre a algo que llamaban calvario. Pero la directora les dio una orden que sonaba muy parecida a aquellos gritos de reprimenda que recibían de niños:
–Mientras esté Marquevich de juez, ustedes no se sacan ni una gota de sangre para ese juzgado.
Volvió a ser la leona de sus mejores años. La mujer que, en los breves y escasos reportajes que concedía, aseguraba que el único premio que no había recibido y más deseaba era el de “la mejor mamá del mundo”. Estaba dispuesta a demostrar, en cualquier terreno, que ningún juez, aun el que había osado detenerla, sería capaz de obligar a “sus hijos” a hacer lo que ellos no querían.
El domingo 26 de enero –el detalle de elegir un día domingo nunca estaba ausente–, el título de la página 10 de Clarín era un aviso para Marquevich: “Hallan una prueba irrefutable en el caso de la directora de Clarín”. La información señalaba que Marcela, de viaje por España para aprender cuestiones ligadas al manejo de un diario, había concurrido a un laboratorio en Barcelona para verificar su grupo sanguíneo. El resultado era A positivo. Con ese dato la directora pretendía demostrarles a sus lectores que Marcela no era la beba Lanuscou desaparecida en 1976 ya que, decía la nota, en el expediente existía un certificado aportado por las Abuelas que certificaba que el grupo sanguíneo de la pequeña Matilde era B positivo.
La noticia no cambiaba en nada la historia de la causa, ya que la prueba judicial determinante para averiguar si alguien es hijo de desaparecidos es el estudio de ADN y no el grupo de sangre. Pero el tiro por elevación al juez era furibundo: los Noble Herrera le refregaban en el rostro a Marquevich que se harían extracciones cuando a ellos se les diera la gana.



“Mi prisión forma parte de un plan que comenzó varios meses atrás y que tiene previstas muchas acciones más. Hay un sector político que quiere ir limpiando el terreno para adueñarse de todo el poder”. Este texto, de enero de 2003, era parte de la “Carta Abierta” de la directora a sus lectores y tenía varias lecturas en el difícil escenario argentino que asomaba. La más simple era, una vez más, imputarle la supuesta operación a la maldad o sed de venganza del menemismo y su brigada. Pero en las salas de lectura de entrelíneas de los analistas de medios y en la propia redacción de Clarín, también se abrieron especulaciones de otro tipo.
La directora cumplirá 78 años a mitad de 2003. Su agotamiento físico es notorio y la causa por la apropiación de los chicos puede aniquilarla moralmente. La clase media argentina, principal sostén de Clarín, no toleraría tan fácilmente que su diario de tantos años fuera dirigido por una condenada por delitos aberrantes. ¿Por qué no un pase de manos y una retirada elegante a cuarteles de invierno?
En ese escenario, el nombre de Héctor Magnetto escalaba posiciones y acumulaba sospechas. A muchos les llamó la atención que en los días de las rejas y los comisarios y las órdenes de allanamiento, quien era su segundo en el Grupo, y naturalmente la persona encargada de poner la cara, se ocultara de las explicaciones dando un notorio paso al costado. El único que hablaba era el doctor Padilla Fox.
“Muchachos, queremos traerles tranquilidad. Este es un ataque contra el diario. Tenemos que seguir trabajando y con fuerza. Quienes trabajamos en Clarín no podemos bajar los brazos”. Con distintas palabras en cada sección, los jefes recorrieron la redacción durante la última semana de diciembre y le hablaron a los periodistas para que el pánico no se extendiera. Las cenas de fin de año, típicas de toda empresa, estuvieron a punto de ser canceladas en las secciones Política y Economía por propuesta de algunos cronistas que, extremadamente solidarios con la directora, decían que “no era momento de festejar nada”. Realmente había quienes pensaban que en la sombra podían verse aves de rapiña y no eran precisamente de plumaje menemista.
Son los mismos que están convencidos de que la directora no confía ni en su imagen en el espejo y aseguran que, en el tercer piso del edificio de la calle Piedras, en el corazón del poder del Grupo, Marcela ya tiene una oficina esperándola para que se meta en los manejos de Clarín. La señora no desea más sorpresas en su vida.



La figura de una viuda millonaria siempre tuvo especiales atractivos para la prensa. En este caso, no porque existiera un candidato para casarse con ella a los 77 años, sino por el rumbo que podía tomar la herencia del imperio mediático con mayor facturación de la Argentina. Algunos seguidores de la trama Ernestina cayeron en el facilismo de las especulaciones. Que si se decretaba la nulidad de las adopciones, Marcela y Felipe perdían todo, que los chicos ya tendrían jugosas cuentas en el exterior, que Magnetto se preparaba para un sabroso conflicto sucesorio.
Pero no eran los periodistas los únicos que habían tomado por caminos amarillos y estaban exaltados con estos escarceos. La directora también se interesó por el intríngulis hereditario y le pidió a Padilla Fox que le armara un esquema con todas las posibilidades. Cuando lo recibió, se quedó tranquila con el primer párrafo: si el juez decretaba la nulidad de las adopciones, al no tener hijos ni padres vivos, ella podía testar la totalidad de su fortuna a favor de Marcela y Felipe o como luego elijan llamarse. La segunda posibilidad le pareció rara, pero también aceptable. La readopción. Al no existir otros hijos, podía adoptar a Marcela y Felipe mayores de edad, siempre y cuando se demuestre en una causa judicial la existencia de lazos de familiaridad que así lo justifiquen y exista plena conformidad de los adoptados mayores.
Años antes todas estas cuestiones de herederos y herencias y malditos testamentos le habían causado una jaqueca permanente. En los últimos meses de vida del doctor, cuando él ya la llamaba cariñosamente la piti, no sólo se había quedado al lado de su lecho para acercarle los remedios y controlarle la fiebre, también quería hablar con él sobre las redacciones y arreglos del testamento que Noble hacía y deshacía mientras desvariaba en la paz cordobesa.
El desplazamiento que la piti había conseguido de los demás herederos no forzosos era notable. Desaparecían hermanos, amas de llaves, sobrinos y el nombre de ella se agigantaba en los mismos niveles en que la salud del doctor se venía a pique. Tenía muy claro que en algo no debía distraerse: Clarín debía ser para ella. Era un diario que valía 47 millones de pesos ley en 1969 y una máquina de fabricar dinero. Quedarían para la disputa final tres mujeres: la pequeña Lupita, que por entonces vivía con ellos en la estancia y que se sacaría de encima a la semana de la muerte de Noble, la mamá de Lupita, y ella.
Imaginaba de nuevo la cara que puso y la amargura que tragó el día que le notificaron la primera demanda. Era la ex del doctor, conocida como Guadalupe Zapata, que en representación de su hija menor de edad, Lupita, intentaba impugnar la validez del casamiento de la directora y de todas las manifestaciones testamentarias que le parecían nada equitativas: los campos, departamentos y las Galerías Santa Fe quedaban para la niña y el diario y el dúplex donde vivían, para la esposa. Los juicios terminaron en complejas conciliaciones gracias a las gestiones del ex secretario privado de Noble, Jorge Baeza, en las que finalmente Clarín fue a parar en su totalidad al patrimonio de la directora mientras Lupita recibía los inmuebles en la Argentina y Uruguay y algunas pequeñeces relacionadas con el diario que olían a tomada de pelo: entrega cotidiana y gratuita de un ejemplar del diario, un palco en el Colón y el carné de periodista si cumplía con los requisitos legales. A partir de ese momento, las puertas de Clarín quedaron cerradas para la niña Lupita, a quien ni siquiera le dirigiría la palabra.
Cuando Guadalupe Georgette Noble, el verdadero nombre de Lupita (Noble le puso Georgette porque quería un hijo varón al que iba a llamar Jorge), tuvo idea de lo que había ocurrido con la herencia del padre y también de la veda que le imponía Clarín, sacó a relucir el recio carácter –sí heredado– del doctor y buscó nuevos abogados para que iniciaran el operativo rescate. Contrató al constitucionalista Germán Bidart Campos y reconoció que estuvo mal asesorada en los anteriores pleitos en los que había desistido y aceptado la dispar herencia “por razones de armonía y para mantener la paz familiar”. Estaba dispuesta a dinamitar lo que la directora había construido durante años, cuando se aprovecharon de su inocencia de niña bien. Un día de 1996 lanzó el grito de guerra: “Le voy a pelear las páginas del diario a Ernestina”.
Fue uno de los juicios de impugnaciones hereditarias y declaración de derechos más apasionantes que haya vivido la justicia civil argentina. Armada de papeles hasta los dientes, la única hija que, hasta ahora, es quien lleva con todas las letras y sin objeciones el apellido Noble, cuestionó la validez de algunas cláusulas testamentarias que le daban a Ernestina el manejo exclusivo de Clarín, pero en lo que más hacía hincapié era en su “apartamiento espiritual y periodístico de la mayor obra de creación de mi padre que es el diario Clarín”. Sus abogados iniciaron la demanda en el Juzgado Civil Nº 35 y la carátula del expediente era otra muestra de las trifulcas familiares: “Noble, Guadalupe c/ Herrera Ernestina s/ Derechos Personalísimos, N° 4553”.
La lista de agravios que Lupita había acumulado durante años parecía interminable: captar la voluntad de Noble para desheredarla, perjuicios de 37 millones de dólares debido a la desheredación, no tratarla públicamente como única hija de Noble, apropiación indebida de la marca Roberto Noble y omitir en el expediente de adopción de Marcela y Felipe que don Roberto ya tenía una hija, con lo que obtuvo para los niños el apellido Noble.
El contragolpe de la viuda en el expediente sonó como una advertencia. Le refregaba a Lupita su carácter de “hija extramatrimonial” y deslizaba la hipótesis de que no fuera hija de Noble. Era su táctica preferida: jugar con los secretos del padre que Lupita desconocía. Como una fiera herida, Lupita llegó a lo máximo y pidió un estudio de ADN con todos los sobrevivientes de la familia para demostrar que su sangre era la de una Noble.
La disputa estaba por superar la paciencia de la directora cuando los abogados le sugirieron, en diciembre de 1998, que llegara a un arreglo y que además pagara el daño moral que reclamaba la Lupita, convertida ahora en Lupe y conductora del programa de cable “Virtudes Capitales” que se televisa por Política y Economía (P+E), después de ponerle fin a su matrimonio con el ex funcionario de la cultura menemista, y también cantante, Enrique Llopis.
El jueves 10 de diciembre de aquel año, para los lectores de Clarín pasó casi inadvertida una carta de una persona apellidada Noble. Era la primera vez en 30 años que se le permitía escribir y entonces Lupita desgarró su corazón para que la directora entendiera cómo iban a ser las cosas de allí en adelante: “Un padre no está hecho de bronce sino de alma, sangre y piel. Aunque sea recordado por su obra, detrás de cada hombre público hay siempre un ser humano que ama, acaricia, besa y trasciende en sus hijos… Los recuerdos se agolpan y se entrelazan. Me llevan a Villa del Totoral, su refugio, su descanso. En esa tierra cordobesa de paz y dulcedumbre, de luminosos atardeceres entre viñas, churquis y alfalfares según la época, entre pájaros y caballos, papá tenía su estancia La Loma. Era su cable a tierra. Cuando las preocupaciones lo acuciaban, buscaba refugio en el campo para retemplar el ánimo. Y en esa solitaria reflexión encontraba el impulso necesario para enfrentar nuevos desafíos. Siempre repetía que en la vida hay que ir de frente y poner la cara. El peso de sus realizaciones se palpaba en todas partes. Cuando me hacía saludar a todo el mundo en la Villa del Totoral, en realidad me estaba enseñando a corresponder el respeto y la veneración que recibía de aquellos cordobeses agradecidos. Hoy te digo, papá, que recuerdo a tu gente, esos hombres de campo que te querían, te respetaban y a veces, también te temían. A esos periodistas que procuraban alcanzar la fuerza de tus convicciones, esos hombres incondicionales que, salvo queridas excepciones, ya no están para reconfortarme recuperando tu anecdotario. Han pasado treinta años desde aquel inexplicable paseo en bicicleta que Norberto Ezeiza, administrador de La Loma, improvisó para alejarme de ese lugar y de esa hora en que ya habías muerto. Yo tenía diez años. Y no nos despedimos. La noche anterior habíamos visto una película de Bob Hope”.
Desde entonces Guadalupe concurre a los actos de la Recoleta –donde Ernestina ni aparece– en homenaje a su padre, lleva a su hija Sara Llopis a cuanta recordación del doctor Noble se celebre y cuando algún curioso le pregunta si alguna vez será periodista del diario, responde con dulzura: “Yo con Clarín ya estoy en paz”.



No muy lejos de las Galerías Santa Fe que heredó Lupita, vive el matrimonio Jaján. Cualquiera que los viera caminar por el barrio cuando salen de compras hasta el supermercado Disco, diría que se trata de una pareja de jubilados que ha tenido un buen pasar y que en los últimos años se vino a menos. Tendrían razón. Él, un señor alto y calvo, de anteojos gruesos y mirada perdida, ya tiene ochenta y uno. La tentación de compararlo con el tío Lucas, aquel personaje de los Locos Adams, es irresistible. Ella es una señora elegante, que cuida cada peso como si fuera el último y que pasa los días preparando su venganza II en un libro en el que contará “toda la verdad de Noble y la vieja esa”. Se cuida de no usar malas palabras ante los periodistas que la interrogan, cosa que no hace su marido, quien cada dos por tres se refiere a la directora como “esa yegua de mierda”.
No hay en el planeta alguien que odie más a la señora de Noble que los Jaján. No le perdonan que los haya dejado con las manos vacías después de tantos favores realizados. Aseguran que una noche de abril de 1982 el gerente financiero de Clarín, José Aranda, llegó hasta la casa de ellos en la calle Paraná para ofrecerle a “Don Emilio” un trabajo de ablande. La empresa necesitaba que alguien de confianza del abogado de “las Guadalupes” lo convenciera de no seguir adelante con las demandas que cuestionaban el matrimonio de Ernestina y la cada vez más creciente herencia del padre. Jaján no supo nunca quién le dio su nombre a los hombres de confianza de la noble. Pero comprendió que Aranda sabía bien a quién iba a pedirle ese favor: él era un gestor de operaciones comerciales internacionales, lo que en el mundo de las valijas misteriosas y los vendedores de influencias se conoce como un “abrepuertas”. Peronista de la ultravieja guardia, a Jaján se le conocían amistades con el empresario Jorge Antonio, alguna vez delegado de Perón, con Guillermo Kelly y con gran cantidad de viajantes asiduos que cerraban operaciones de exportación de maderas a México o de cemento a países árabes.
El abogado Ramón Martos, amigo de Jaján, era un incansable buscador de pruebas con las que intentaba anular el matrimonio entre Roberto Noble y Ernestina Herrera. Llevaba varios años en esa tarea por encargo de Guadalupe Zapata, la madre de Lupita y primera esposa de Noble. Su argumento era que Noble ya estaba casado con la Zapata en Culiacán, México, en 1958 y, por ende, el matrimonio Noble-Herrera de 1967 era nulo. De esa manera la directora perdería la herencia y el diario Clarín quedaría a disposición de un nuevo juicio sucesorio en el que la Lupita y la propia Zapata ocuparían una posición privilegiada como herederas.
Sin embargo, la directora había preparado un buen contraataque. Sostenía que la Zapata no podía decir que se había casado primero con Noble, porque su propio matrimonio con el doctor era nulo. La acusaba de no haberse divorciado del piloto de aviones Charles Stehlin, con quien se había casado en Buenos Aires en 1955, y por ende, si nunca se había separado, mal podía casarse con Noble. Jaque.
Pero no contaba con que Martos tenía otra jugada en mente: la señora Zapata había iniciado en la Argentina un juicio reclamando la nulidad de su propio matrimonio, ya que sostenía que Stehlin, en 1955, también estaba casado con anterioridad con la señorita francesa Viviane Alice Cochery. Había conseguido el acta de matrimonio Stehlin-Cochery celebrado en Nueva York en 1942 y pedía que se declarara que el matrimonio Zapata-Noble era indiscutiblemente válido. Estaba todo en regla, tenía hasta una opinión favorable de la fiscalía y se preparaba para celebrar el gran triunfo judicial que apartaría a la Ernestina de la propiedad de Clarín. Jaque.
Jaján aceptó el trabajo encomendado por Aranda y se lanzó a buscar contactos en México y en Francia para conseguir lo que parecía imposible: obtener algún documento que demostrara que el casamiento Stehlin-Zapata era válido y para ello era imprescindible una sentencia de divorcio entre Stehlin y la francesa, un matrimonio que se había celebrado en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial cuando el aviador juraba que combatía contra los nazis.
Para estas cosas, nada mejor que Ciudad Juárez en México, el paraíso de los “divorcios al vapor” en la década del 50. Hasta allí viajaron Jaján y un policía que trabajaba para él. A las tierras calientes y cerveceras, cercanas a la ciudad tejana de El Paso y llenas de historias de contrabandos de frontera, tráfico de inmigrantes a los Estados Unidos y, sobre todo, millones de divorcios. No era una exageración la fama. Gracias a una ley mexicana que autorizaba que “por incompatibilidad de caracteres” una pareja podía lograr su divorcio, el Registro Civil de Ciudad Juárez se hizo famoso por la rápida tramitación que le daba a esos casos. “Andate a Juárez que allá te separan, a lo mucho, en dos días”, comentaban los abogados de todo el mundo. Se llegó a registrar el tiempo récord de una separación: un matrimonio de California había obtenido el divorcio en 14 minutos. Llegaban famosos de todo el mundo, urgidos por nuevos amores y viejos rencores, y los diarios mexicanos llenaban sus páginas con las noticias del corazón: se separaban en Ciudad Juárez Ingrid Bergman y Roberto Rosellini, Marylin Monroe y Arthur Miller, Mia Farrow y Frank Sinatra. Muchos ni siquiera pisaban México. Bastaba darle un poder a los abogados por la mañana para que el trámite se cerrara antes de que anocheciera.
Diez doctores en leyes de Ciudad Juárez se enriquecieron en aquellos años y se calculaba que 187 millones de dólares entraban a la ciudad por año en concepto de impuestos por trámites de divorcios, gastos de alojamiento de las parejas y honorarios de abogados. El imán no sólo era la velocidad de los empleados del Registro Civil, rápidos para concretar el fin de un enlace. En muchos países –la Argentina era uno de ellos– aún no existía la ley de divorcio.
El plan Ciudad Juárez dio resultado. Jaján regresó de México con el trofeo que demostraba que Stehlin se había separado “al vapor” de la francesita el 29 de febrero de 1944. Por lo tanto, su matrimonio con la Zapata era válido. Si era válido, la Zapata no contaba con aptitud nupcial cuando se casó con el doctor Noble. Zapata-Noble era nulo, y en consecuencia Ernestina estaba bien casada con Noble. Jaque mate.
Cuando Jaján se presentó a cobrar sus honorarios, la directora, Magnetto y Aranda le respondieron sin eufemismos que “se dejara de joder”. Le decían que ya había cobrado viáticos y sostenían que quien había realizado la investigación era el policía y no Jaján.
Cuando en 1986, después de un último intento por conseguir la recompensa, se encontró con las puertas cerradas de la residencia de la directora, Jaján empezó con el juicio. Era apenas el comienzo de otra de las historias de un movedizo zorro de los negocios que se había retirado a casa a discutir con su señora cómo podían hacer para cobrar. En otro sentido, la directora se proponía lo mismo, que cobrara y para toda la cosecha.
La suerte no lo ayudó y aún espera novedades en la última instancia, pero antes debió soportar la condena del juez de instrucción Mario Quiroga quien, por denuncia de Ernestina, encontró que en el expediente de reclamo de honorarios se había cometido “tentativa de estafa procesal”.
La voz de mando de la directora puso a Jaján en la lista de los indeseables y así, durante varios años, el gestor engañado vio su apellido en grandes titulares de Clarín relacionado con el narcotráfico. El diario partía de un hecho real: Jaján había sido condenado a 16 meses de prisión por la justicia estadounidense por defraudación al Tesoro al haber hecho una declaración jurada incorrecta en una extraña operación de la que nada se contaba: agentes encubiertos de la DEA, la agencia antidroga estadounidense, entre los que se encontraba un ex tupamaro delator durante los 70, querían ingresar fondos del lavado de dinero a Sudamérica mediante compras inmobiliarias que les facilitaba Jaján con unos campos de su propiedad en Misiones. En el medio aparecía un abogado de Clarín viajando a Estados Unidos para aportarle a la jueza los antecedentes de Jaján en la Argentina y la veloz y llamativa presentación de un escrito de la directora al juez Quiroga, el mismo día de la condena a Jaján, informándole de la sentencia condenatoria en los Estados Unidos.
De jugar con fuego y quemarse, Jaján había aprendido la lección. La posta la tomó su esposa, limpia en antecedentes y con menos nidos de víboras atravesados en su hoja de ruta. “Emilio, yo no paro hasta verla presa”, le dijo una tarde de 1995 en la cocina amplia del departamento que parecía detenido en la estética de los 60.
Y no paró”.
DsD 7 - 4 - 2003
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