|
|
| A propósito de “Vale todo” de
Manguel y Romero |
Un libro reinstala el debate
sobre
la autocrítica periodística |
| Desde hace algo más de un mes
se vende en las librerías “Vale todo, biografía no autorizada
de Daniel Hadad”, de Ediciones B Grupo Zeta, escrito por los
periodistas Romina Manguel y Javier Romero. Si bien el texto
hace foco en la trayectoria del mencionado periodista y empresario,
el libro reinstaló un debate en el medio periodístico: la necesidad
de una autocrítica por parte de las empresas periodísticas y
el periodismo por el pasado reciente. El DsD planteó la cuestión
de fondo en su número aniversario del 16 de diciembre de 2003
(ver Hemeroteca en el portal). |
|
|
El pasado viernes, el DsD consignó las declaraciones del
periodista Guillermo Cherashny quien admitió haber cobrado
“sobres” durante el gobierno de Menem, cuando Hugo Anzorreguy
estaba al frente de la SIDE. La revelación fue realizada en
el programa radial “Con una no basta” que conduce la periodista
Viviana Gorbato en FM La Isla, al consultárselo sobre “Vale
todo”. El lunes 23 de enero, El Cronista Comercial publicó
un editorial titulado “El necesario debate sobre los medios”.
El matutino parte de la polémica a partir de los dichos señalados
e invita a sus lectores a discutir en su foro en Internet
si “¿Son creíbles los medios de difusión?”. El Cronista se
sumó así a una convocatoria similar que hizo el diario La
Nación el 2 de diciembre de 2002, bajo el título “La autocrítica
del periodismo” (Ver
en el portal del DsD, Así Construyen / Debates / Autocrítica,
en el año 2002).
Con la única intención de contribuir al debate pendiente,
el DsD reproduce a continuación un fragmento del capítulo
“La Escalada”, de las páginas 58 a 69, del libro de Manguel
y Romero. Luego incluye el editorial mencionado de El Cronista
Comercial, “El necesario debate sobre los medios”.
Nota del DsD: En el pasaje que sigue, Manguel y Romero
narran los pasos de Hadad, al regreso de España en
1987, donde estudió en la Facultad de Ciencias de la
Información, de la Universidad de Navarra, que mantenía
un convenio con la Universidad Católica Argentina (UCA).
Hadad accedió a la beca para ir al exterior en la UCA
donde cursó sus estudios, puntualizan los autores del
libro.
|
| Libro: Vale Todo |
Biografía no autorizada de Daniel Hadad.
De Romina Manguel y Javier Romero. Prólogo de Jorge Lanata. |
“(…)
El Informador Público |
“A
su regreso de la Península Ibérica conoció y empezó a frecuentar
el Florida Garden, un vistoso bar con look setentista, que por
entonces se había transformado en uno de los reductos más importantes
de la prensa vinculada a los servicios de inteligencia. Las
historias que cruzaban las mesas del café eran disímiles y generalmente
cada dato terminaba en una supuesta primicia imposible de corroborar.
Allí Hadad se relacionó con quienes escribían en El informador
público, acaso el libelo por excelencia de los servicios locales.
El periódico se dedicaba fundamentalmente a vender lo que en
la jerga periodística se conoce como“carne podrida”, o sea información
interesada, generalmente basada en rumores y que la mayoría
de las veces resultaba falsa. Lo dirigía el periodista Jesús
Iglesias Rouco, un español que había emigrado de su tierra natal
tras ser despedido del diario El País, cuando se descubrió que
una nota plagiada llevaba su firma. Las fuentes eran, fundamentalmente,
la derecha peronista, ex represores vinculados con la inteligencia
militar y políticos marginales, y una de las columnas más leídas
era la de Guillermo Cherasny, quien había formado parte de la
Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE) durante el gobierno
de Raúl Alfonsín y había llegado al grado más alto como oficial
de inteligencia de la organización.
Jorge Boimvasser, uno de los fundadores de la revista, asegura
que el dinero para la publicación provenía de gente vinculada
a la UCeDé, de Álvaro Alsogaray. Precisamente, los artículos
de Hadad trataban sobre la interna de ese partido político,
al que él conocía muy bien. Los artículos llevaban la firma
de Gerardo Mitre y trataban de influir en las enrevesada interna
de la UCeDé, donde Hadad tenía sus simpatías.
El semanario fue un éxito editorial que llegó a vender 60.000
ejemplares en sus dos primeros años, pero la increíble suma
de fabulaciones y los numerosos juicios que tuvo que afrontar
por publicar cuantiosa información sin ningún tipo de veracidad
llevaron al periódico a un desprestigio creciente, que prácticamente
lo hizo desaparecer del mercado editorial.
A pesar de la insistencia con que Hadad niega su participación
en la publicación, dos de los principales directivos de El Informador
Público confirmaron el dato. Aún más, en diciembre de 1987 fue
despedido de su puesto de redactor de Somos acusados de haberles
vendido a El Informador Público una investigación que había
preparado para aquella revista.
Hadad asegura que el motivo real de su despido fue una serie
de notas que molestaron al poder en las sombras del gobierno
radical. Enrique “Coti” Nosiglia le pidió a Raúl García, el
director de la publicación, que se deshiciera del molesto reportero.
Algunos años después, Daniel Hadad se quedó con la histórica
secretaria del “Coti”, Gloria Alonso Maggi. Y el “Coti” salió
a pedir por él cuando este libro estaba en ciernes. Los rencores
no son sentimientos aplicables cuando se habla de negocios. |
| Los Pollos de Mazzorín |
De
a poco Hadad había conseguido colarse en la televisión y sus
contactos con los servicios de inteligencia empezaban a rendirle
frutos. Un hombre vinculado a la SIDE, José Luis Reidi, le abrió
las puertas del noticiero de Canal 2. Allí comenzó a trabajar
en el turno de la mañana y todos los mediodías devoraba panchos
aderezados con cantidades industriales de ketchup en el bar
de los estudios Estrella Producciones, desde donde se emite
Crónica TV. Tenía un Renault 11 dorado y mostraba una extraña
debilidad por las notas sociales. Hizo una crónica sobre la
desnutrición en la Villa Itatí, para muchos, resultó conmovedora.
De la experiencia obtenida con su trabajo en la prensa gráfica
y de la mano de Mario Gavilán, su nuevo jefe en el canal de
televisión, aprendió algunas de las claves que le permitieron
una carrera ascendente en la profesión. Allí aprendió la máxima,
nunca admitida en público, “no dejes que la verdad te arruine
una buena nota”. Probablemente el caso paradigmático del Hadad
de esos años haya sido su serie de notas sobre “el caso Mazzorín”.
En 1988, el gobierno de Raúl Alfonsín empezaba a desmoronarse.
El fracaso del programa económico, la recuperación del peronismo,
envalentonado por el triunfo en las elecciones legislativas
del año anterior y la presión de los organismos internacionales
de crédito jaqueaban a la administración radical, que había
rifado gran parte del apoyo popular con la declaración de una
“economía de guerra”, y con las leyes de Punto Final y Obediencia
Debida. Pero todavía sostenía algunos puntos fuertes: no había
tenido ninguna denuncia de corrupción en su contra.
Ricardo Mazzorín, secretario de Comercio Interior de la administración
alfonsinista, decidió bajar los pollos a precios considerados
“inadmisibles”, en respuesta al acuerdo celebrado por los principales
productores locales, entre ellos, la multinacional Cargill.
Esta maniobra, que los economistas denominan “cartelización
de precios”, consistía en importar la aves, para obligar al
mercado local a reducir los precios. La operación fue elegida
como blanco para canalizar las críticas al gobierno radical.
Los mismos periodistas que endiosaban al mercado ahora estaban
horrorizados. El escándalo público y las presiones obligaron
al gobierno a dar marcha atrás con el decreto, pero ya se había
transformado en “el tema” periodístico del momento. Los rumores
de entonces hablaban de toneladas de pollos que eran transportados
de un lado a otro de la ciudad en camiones fantasmas. También
se aseguraba que los pollos venían contaminados de la zona de
Chernobyl, una ciudad en la Unión Soviética, que había sufrido
un desastre nuclear.
Para aquellos días, después de perseguir infructuosamente a
los pollos fantasma, el movilero Hadad se cansó. Mario Gavilán
lo había mandado al Cinturón Ecológico donde, supuestamente,
se había visto una larga hilera de camiones descargando y tratando
de ocultar en la oscuridad de la noche miles de toneladas de
“pollos de Mazzorín”. Como era de esperar, cuando llego el móvil,
no pudo encontrarlos. Desde la unidad móvil, Daniel hadad se
comunicó con su jefe.
-Che, acá no hay nada - dijo el cronista.
-¡No puede ser! Buscá, buscá. Esto es televisión, algún pollo
para mostrar en cámaras tiene que haber entre esas montañas
de basura. No me importa cómo, pero conseguime un par de pollos
para la hora del noticiero – le dijo Gavilán.
Hadad que realmente le tenía bronca al gobierno de Alfonsín
y quería demostrar sus habilidades como cronistas, decidió hacer
una pequeña trampa.
-Nos vamos para San Martín - le dijo al camarógrafo.
A las ochos de la noche, el noticiero del Canal 2 mostró, en
exclusiva, los “pollos de Mazzorín” que el gobierno de Alfonsín
había tratado de esconder sin éxito en el Cinturón Ecológico.
Las imágenes en la TV eran inapelables; el cronista, de gesto
adusto y bigotazos, aseguraba que él personalmente los había
desenterrado minutos antes de salir al aire. A los pollos se
los veía muy mal, exclusivamente pálidos.
En realidad, Hadad había comprado veinte pollos en un mayorista
de la zona y los había esparcido por el terreno. Luego había
tomado un pollo lleno de tierra y basura mostrándolo a cámara,
mientras daba el informe. |
| Una joven promesa |
Entretanto
era invitado a escribir columnas de actualidad en la revista
Gente, Hadad empezaba un programa de cable junto con el ex policía
Alberto Albamonte, uno de los hombres que le abrió más puertas
de la política y quien lo acompañaba a llevar notas a El Informador
Público. El programa se llamaba Control de Gestión, se emitía
por Cablevisión y estaba auspiciado por la fundación Carlos
Pellegrini, de Ricardo Zinn, ex viceministro de Economía de
Isabel Perón, lugarteniente de María Julia Alsogaray durante
la escandalosa privatización de la Empresa Nacional de Teléfonos
(ENTEL) y miembro de la conducción de la UCeDé.
Al poco tiempo, la experiencia fue reemplazada por un programa
producido y financiado por un grupo de jóvenes liberales que
había creado la FUPEL (Fundación para un País en Libertad),
integrada por Federico Zorraquín hijo, Carolina Vicart, Enrique
Duhau, Alfredo Zaia y Santiago Lozano, entre otros. El programa
se llamó Esta semana y fue la primera experiencia de co-conducción
con Marcelo Longobardi, la otra joven promesa del establishment
local.
En su breve paso por la televisión Hadad entendió que la plata
estaba lejos del periodismo gráfico. Su sueño podía consolidarse
en la radio o en la televisión, donde estaban los auspicios
y el contacto directo con los dueños del capital. En Radio América
le ofrecieron un espacio los domingos a la mañana, un horario
que parecía marginal, y él lo aceptó. No importaba dónde, cuándo,
a qué hora ni con quién, finalmente conducía un ciclo propio
en el que podía hacer y deshacer a su antojo.
“Buenos días, Daniel Hadad lo saluda” era su muletilla, que
festejaba como un chico. En la producción estaban Claudia Peiró,
militante montonera y mano derecha de Rodolfo Galimberti en
los “años de plomo”, y Eduardo “Coco” Fernández, actual número
tres de Canal 13. Y un perro de caza persiguiendo avisos: Ernesto
“Bucky” Delacroix, que abandonó a Bernardo Neustadt para dedicarse
a la nueva joven promesa de la facturación de América.
En la mesa, lo acompañaban con soltura la locutora María Laura
Santillán. Desde el inicio del programa se percibía su abierta
disidencia con Hadad. Uno de los incidentes más recordados en
los pasillos de la radio fue cuando plantó a DH en medio del
programa. Hadad usó un tono despectivo para referirse a las
Madres de Plaza de mayo, y la locutora se fue dando un portazo
del estudio de la calle Honduras para no volver. Hadad terminó
el día destrozado. Tenía por María Laura Santillán un amor platónico;
era una de las pocas mujeres que admiraba y ante quien se sentía
profundamente conmovido. Con ella tenía proyectos a largo plazo,
pero todos terminaron truncos ante el desplante de la que, años
más tarde, sería la cara de Telenoche Investiga.
En marzo de 1990 Daniel Hadad trató de convencer a Longobardi
de llevar el programa de cable a la televisión abierta. Fueron
juntos a ver el zar de la TV, Alejandro Romay, al Canal 9 de
la calle Gelly. Lejos estaba ese joven de 30 años recién cumplidos
imaginarse que algún día, doce años después, iba a estar del
otro lado del mostrador.
Acordaron todo de palabra y quedaron en firmar un contrato a
la semana siguiente. Cuando llegó el contrato, Hadad leyó una
cláusula que no lo convencía: tenía que hacer una columna diaria
en el noticiero.
-Eso no es lo pautado, don Alejandro –le descerrajó.
-No se haga problema, jovencito. Si no lo firma, no hay programa-
contestó un imperturbable Romay.
Pidieron pensarlo. Hadad no estaba de acuerdo, pero Longobardi,
sí. Como resultado, Marcelo comenzó con su programa semanal
Fuego Cruzado y a hacer una columna diaria en el noticiero.
Daniel Hadad se sintió traicionado y se prometió a sí mismo
vengarse algún día.
De todos modos, ése no sería un mal año para Hadad. Su estrecha
relación con Neustadt empezaba a dar sus frutos y en octubre
tuvo su gran oportunidad, pues remplazó a los principales conductores
políticos de la TV argentina de aquel momento: Bernardo Neustadt
y Mariano Grondona. Bernardo, enamorado de Claudia Cordero Biedma,
varios años más joven que él, había decidido tomarse unas vacaciones
y dejar el programa en manos de Clara Mariño, su mano derecha,
y Daniel Hadad. En tanto que Mariano Grondona estaba recién
independizado y compartía la conducción con María Laura Santillán
y el crítico Pablo Sirvén.
Durante todo 1990 compartió su labor televisiva con el programa
radial El primero de la mañana; salía al aire todos los días
de 6 a 8 por Radio América y se lo había conseguido su tutor
Bernardo Neustadt. Esa maratón laboral lo llevó a ser premiado
en 1991 por la Cámara Junior por “su superación y logros personales”
como uno de los “Diez jóvenes sobresalientes de la Argentina”,
junto con Gustavo Béliz, Martín Redrado y el actual jefe de
gabinete del presidente Néstor Kirchner, Alberto Fernández.
La misma distinción que una década atrás había recibido su archienemigo
Domingo Felipe Cavallo.
En 1991 llegó la revancha del programa propio y comenzó a conducir
En voz alta, los lunes a las 21, en Canal 2, que tuvo el curioso
récord de perder a un panelista por programa. En la primera
emisión quedó afuera el verborrágico economista Juan Carlos
de Pablo; en la segunda, Gerardo Schamis, consejero de Carlos
Menem y embajador argentino en Francia durante la dictadura,
citado en el legajo 90.623 de la Conadep y, por último, abandonó
la aventura el periodista José “Pepe” Eliaschev.
En voz alta se iniciaba con una declaración de principios. Una
locutora en off declamaba: “En voz alta es un programa independiente,
decididamente occidental y liberal, aunque pluralista, que está
dispuesto a acoger en su seno todas las tendencias, menos aquellas
que propugnen la violencia”. Si fuera muy estricto, la mayoría
de sus amigos de entonces, hubieran quedado fuera del programa. |
| El Grupo Barolo |
“De
la nueva camada me gustan Hadad, Longobardi, Beldi y María Laura
Santillán”, dijo el presidente Carlos Saúl Menem en agosto de
1991.
Un mes después aparecieron dos pedidos de informes en la Cámara
de Diputados de la Nación donde Daniel Hadad aparecía ligado
al Grupo Barolo, un apéndice de la SIDE. El nombre se le debe
al edificio del pasaje Barolo, entre Avenida de Mayo e Hipólito
Yrigoyen, donde antes funcionaba la Agencia de Noticias Saporiti
y donde ahora se había conformado un núcleo de periodistas “amigos
del gobierno”, financiados por los servicios de informaciones
del Estado, cuya función principal era “proteger al presidente
de la Nación y su equipo de gobierno de la furia opositora”.
Por esos días empezaron a circular en los ámbitos de poder y
en los medios de comunicación listas negras de periodistas que
supuestamente conspiraban contra “el quehacer gubernamental”.
El primero de los documentos, de dudosas procedencia, estaba
dedicado a la prensa nacional y decía estar motivado por “la
existencia inequívoca de calderas de propulsión exógena que
tienen fogoneros absolutamente definidos, concretos y científicamente
inspirados” que se habrían conjurado en un “plan maquiavélico”
y dándose “una sorprendente y verdadera acción coordinada” pretendían
lograr “el quiebre definitivo de la principal nervadura de la
confianza y la autoridad inherente a la solemne investidura
presidencial (...) concentrando su acción sobre quienes son
candidatos en las próximas elecciones”. A continuación ofrecía
una lista de veintinueve periodistas que “a través de la propaganda
gris o negra (quieren) producir el desasosiego público, la desazón,
la desesperanza y la sensación popular de descomposición generalizada”.
El segundo documento se centraba en los corresponsales extranjeros.
El grupo reconocía el padrinazgo político de Eduardo Bauzá y
estaba controlado por el secretario de medios, Raúl Burzaco
y por el periodista Luis Beldi, de Ámbito Financiero. Según
el informe de la Cámara de Diputados, el staff de la SIDE se
completaba con tres empleados del organismo de inteligencia
de apellidos Frías, Basualdo y Rivero, más un tesorero de apellido
Isnaldi que se encargaba de pagar a los columnistas con fondos
provenientes de la cuenta de gastos reservados del organismo.
Aparte de Hadad, en ese momento en América TV figuraban en la
nomina Marcelo Longobardi, Daniel Mendoza, Carlos Varela y,
por supuesto, el nombrado Beldi.
Después del golpe recibido, Hadad elaboró una réplica reveladora
en la revista Somos, un medio amigo. Allí, en un reportaje firmado
por Any Ventura, se explayó sobre el asunto:
-Tampoco seamos hipócritas, el Estado tiene periodistas a sueldo.
(...) Yo no soy un moralizador. Yo cuido mi vida.
-¿Qué hace que un periodista trabaje para los servicios de inteligencia?.
-Le soy honesto. Hoy no sé muy bien qué pasa. Creo que la clave
está en gustarle a la gente. No importa quién banca a un periodista.
Importa si le gusta o no a la gente. |
| Tharad y Mongobardi |
Cuando
empezaba 1993 y mientras seguía haciendo El primero de la mañana
por Radio América, viajó a París invitado, junto a varios periodistas,
por Lyonnaisse des Eaux, la empresa interesada en conseguir
la privatización de Obras Sanitarias de la Nación.
París no era santo de su devoción, pues Hadad siempre estuvo
fascinado por los Estados Unidos, algo así como la antítesis
de Francia. Pero quedó impresionado con el restaurante Jules
Verne en el quinto piso de la Torre Eiffel. Iluminado con velas,
desde sus paredes todas vidriadas podía verse la ciudad luz.
Estuvo alojado en uno de los mejores hoteles, el George V y
fue a un restaurante árabe a comer keppe crudo, su comida favorita.
Pero seguía considerando mejor el que había degustado en Londres.
En el viaje eligió sentarse junto a Longobardi y entre ambos
pergeñaron el regreso de H & L, que se produjo en julio de ese
mismo año.
El 30 de agosto de 1994 un sketch del exitoso programa de Jorge
Guinzburg, Peor es nada, fue dedicado a Hadad y Longobardi que
fueron transformados por obra de los humoristas en Tharad y
Mongobardi. El negro Horacio Fontova hizo de Tharad y Guinzburg,
de Mongobardi. El sketch transcurría con los clásicos gags de
frases con doble intención de los cómicos hasta que aparecía
una misteriosa mano con un sobre que parecía contener un grueso
fajo de billetes. Automáticamente los conductores se miraban
de reojo y cambiaban su hipercrítica visión del gobierno por
opiniones cada vez más complacientes.
Las prácticas habituales de Hadad eran vox populi. Pero la revelación
más precisa llegó dos meses después.
El 2 de noviembre de 1994 un libro reveló, por primera vez,
la existencia de apoyos extra publicitarios a Daniel Hadad.
En un fragmento de Los dueños de la Argentina II, el periodista
Luis Majul afirmaba que tanto Hadad como su socio Marcelo Longobardi
recibían un honorario de tres mil dólares mensuales, cada uno,
de parte de Benito Roggio e Hijos, una de las empresas contratistas
más importantes del país.
El dinero, según el libro, no constituía un pago por publicidad
ni auspicio de ninguno de los programas que los periodistas
conducían en ese momento por Radio América o por América TV.
La información fue expresamente admitida por Aldo Roggio frente
a un grabador encendido y en el transcurso de un reportaje realizado
en su oficina.
“¿Roggio está pagando protección, como lo hacen muchas compañías,
a cambio de que los periodistas no informen sobre ellos?”, se
preguntaba Majul. “¿Cuántas empresas aceptan esta práctica?”.
Un gerente de la compañía se explayó: “La empresa cree que,
especialmente Hadad, puede llegar a ser el nuevo Bernardo Neustadt
de la Argentina, y siempre conviene tenerlo como amigo y no
como enemigo”. Aldo Roggio aseguró que el pago a Hadad figuraba
en los balances del grupo. Roggio fue el primero, y acaso el
único, en admitir que las principales empresas del país sobornan
a periodistas a cambio de protección. Y que generalmente lo
hacen por miedo y no tanto por adhesión a la “causa”. Si Roggio
dice que le pagaba una “protección” a Hadad porque suponía que
iba a ser el nuevo Neustadt, eso quiere decir que a Neustadt
“también” le pagaba. Varios empresarios y políticos admiten,
en estricto off the record, recibir “sugerencias” de parte de
Hadad y su gente para publicitar, por derecha o por izquierda,
en sus medios. Y temen que, si se niegan, el periodista desate
una feroz campaña en su contra como la que desató contra el
empresario Francisco Macri, a quien presenta en la televisión
con música de fondo de El Padrino. Francisco Macri asegura,
siempre bien lejos de los micrófonos, que el ensañamiento de
Hadad se debe a que no quiso ceder a lo que él consideraba “un
chantaje inaceptable”. Y, que los trapos sucios, prefiere lavarlos
en casa. Por el momento y para dejar sentada su posición el
patriarca de los Macri le retiró el saludo.
En el programa del 14 de noviembre de 1994 Hadad se jugó a fondo
por la privatización de ENCOTESA, al empresa estatal de correo,
mientras que Longobardi discrepó públicamente con esa posición.
Fue el primer encontronazo fuerte de una guerra que se venía
librando en los sótanos del poder y en la oficina de producción
del programa. El fantasma de Yabrán ya empezaba a escucharse
en los medios. Y provocaría una tormenta que dio de lleno en
el rostro de Hadad.
Hasta ahora sobrevivía gracias a los anunciantes que por una
u otra razón publicitaban en sus programas, pero sabía que para
llegar le hacía falta un medio propio. Y para eso necesitaba
mucho más que auspiciantes. Necesitaba respaldo, apoyo, sostén.
Y buscó entre “los turcos”. Coincidencias del destino, eran
justamente los integrantes de esa comunidad quienes manejaban
los hilos del poder a finales de los noventa”. |
| Editorial
del Diario El Cronista Comercial, del día lunes 23 de
febrero de 2004 |
| El necesario
debate sobre los medios |
|
"Si
algo está claro en la conciencia social argentina después
de la crisis de 2001 es que ninguna institución quedó
a salvo, en mayor o menor grado, por las responsabilidades de
la debacle económica y política. La clase política,
anclada en viejos moldes, recibió el cuestionamiento
más importante, que supo justificar a fines del año
pasado con el resurgimiento del escándalo de las coimas
en el Senado y nuevas revelaciones sobre casos de corrupción.
La incapacidad de vertebrar consensos y la pulseada por los
servicios públicos puso en la mira, también, a
las entidades empresarias. Las críticas, desde diversos
sectores, alcanzaron a sindicalistas, economistas, policías,
piqueteros y además, a algunos comunicadores sociales.
En
mayor o en menor medida (más bien en menor medida)
se apeló a la autocrítica para encontrar explicaciones
ante semejante derrumbe y buscar cierta reconciliación
con la sociedad. Asumir las responsabilidades por el pasado
reciente es necesario, pero sobre todo hace falta una introspección
profunda en cada una de las instituciones para detectar los
cambios que reclama una oportunidad histórica de recuperación
para la Argentina. En esa lista, los medios de comunicación
no pueden estar ausentes.
Hay
datos sintomáticos que encienden una luz de alerta.
Ya en 2002, una encuesta del Centro de Estudios Nueva Mayoría
reveló que la imagen pública positiva de los
medios había descendido drásticamente desde
un 62% en 1996 a un 27% en ese año. Si bien hubo una
recuperación (en 2003 se ubicó en 40%), se perdió
la mitad del prestigio entre la última etapa menemista,
el ascenso de la Alianza UCR-Frepaso y la devaluación
de Duhalde.
|
|
Las
críticas hacia las posiciones de los medios forman
parte de su esencia, la libertad de opinión es necesaria
y debe quedar al margen de las urgencias políticas
y las razones económicas. Pero ello no impide que se
busquen formas de mejorar lo que cada vez, con mayor asiduidad,
sentencian lectores, oyentes y espectadores: que los medios
-al menos alguno de ellos- no están reflejando la realidad
del país con la nitidez con la que podrían hacerlo,
por acción u omisión. La misión de informar
con objetividad y responsabilidad debe estar a salvo de toda
duda.
Aún
más grave, las sospechas de corrupción deben
ser despejadas. La semana pasada, por ejemplo, el controvertido
periodista Guillermo Cherashny admitió en un programa
radial haber cobrado sobres de la SIDE (Secretaría
Inteligencia del Estado) durante la gestión de Carlos
Menem, y dijo no haber sido el único. En esa lista,
incluyó al periodista, Miguel Bonasso, actual diputado
nacional por el oficialismo. Los medios deben procurar que
esas denuncias se esclarezcan.
El Cronista reafirma su compromiso de independencia, ética
y vocación de servicio. Por eso, convoca a un sincero
debate en su foro de Internet (www.cronista.com) sobre el
camino adecuado para fortalecer el bien más preciado
de los medios modernos: la credibilidad".
|
 |
| DsD 24 - 2 - 2004 |
 |
|
|