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A propósito de “Vale todo” de Manguel y Romero
Un libro reinstala el debate sobre
la autocrítica periodística
Desde hace algo más de un mes se vende en las librerías “Vale todo, biografía no autorizada de Daniel Hadad”, de Ediciones B Grupo Zeta, escrito por los periodistas Romina Manguel y Javier Romero. Si bien el texto hace foco en la trayectoria del mencionado periodista y empresario, el libro reinstaló un debate en el medio periodístico: la necesidad de una autocrítica por parte de las empresas periodísticas y el periodismo por el pasado reciente. El DsD planteó la cuestión de fondo en su número aniversario del 16 de diciembre de 2003 (ver Hemeroteca en el portal).

El pasado viernes, el DsD consignó las declaraciones del periodista Guillermo Cherashny quien admitió haber cobrado “sobres” durante el gobierno de Menem, cuando Hugo Anzorreguy estaba al frente de la SIDE. La revelación fue realizada en el programa radial “Con una no basta” que conduce la periodista Viviana Gorbato en FM La Isla, al consultárselo sobre “Vale todo”. El lunes 23 de enero, El Cronista Comercial publicó un editorial titulado “El necesario debate sobre los medios”. El matutino parte de la polémica a partir de los dichos señalados e invita a sus lectores a discutir en su foro en Internet si “¿Son creíbles los medios de difusión?”. El Cronista se sumó así a una convocatoria similar que hizo el diario La Nación el 2 de diciembre de 2002, bajo el título “La autocrítica del periodismo” (Ver en el portal del DsD, Así Construyen / Debates / Autocrítica, en el año 2002).

Con la única intención de contribuir al debate pendiente, el DsD reproduce a continuación un fragmento del capítulo “La Escalada”, de las páginas 58 a 69, del libro de Manguel y Romero. Luego incluye el editorial mencionado de El Cronista Comercial, “El necesario debate sobre los medios”.

Nota del DsD: En el pasaje que sigue, Manguel y Romero narran los pasos de Hadad, al regreso de España en 1987, donde estudió en la Facultad de Ciencias de la Información, de la Universidad de Navarra, que mantenía un convenio con la Universidad Católica Argentina (UCA). Hadad accedió a la beca para ir al exterior en la UCA donde cursó sus estudios, puntualizan los autores del libro.

Libro: Vale Todo
Biografía no autorizada de Daniel Hadad.
De Romina Manguel y Javier Romero. Prólogo de Jorge Lanata.
“(…)
El Informador Público
“A su regreso de la Península Ibérica conoció y empezó a frecuentar el Florida Garden, un vistoso bar con look setentista, que por entonces se había transformado en uno de los reductos más importantes de la prensa vinculada a los servicios de inteligencia. Las historias que cruzaban las mesas del café eran disímiles y generalmente cada dato terminaba en una supuesta primicia imposible de corroborar. Allí Hadad se relacionó con quienes escribían en El informador público, acaso el libelo por excelencia de los servicios locales.

El periódico se dedicaba fundamentalmente a vender lo que en la jerga periodística se conoce como“carne podrida”, o sea información interesada, generalmente basada en rumores y que la mayoría de las veces resultaba falsa. Lo dirigía el periodista Jesús Iglesias Rouco, un español que había emigrado de su tierra natal tras ser despedido del diario El País, cuando se descubrió que una nota plagiada llevaba su firma. Las fuentes eran, fundamentalmente, la derecha peronista, ex represores vinculados con la inteligencia militar y políticos marginales, y una de las columnas más leídas era la de Guillermo Cherasny, quien había formado parte de la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE) durante el gobierno de Raúl Alfonsín y había llegado al grado más alto como oficial de inteligencia de la organización.

Jorge Boimvasser, uno de los fundadores de la revista, asegura que el dinero para la publicación provenía de gente vinculada a la UCeDé, de Álvaro Alsogaray. Precisamente, los artículos de Hadad trataban sobre la interna de ese partido político, al que él conocía muy bien. Los artículos llevaban la firma de Gerardo Mitre y trataban de influir en las enrevesada interna de la UCeDé, donde Hadad tenía sus simpatías.

El semanario fue un éxito editorial que llegó a vender 60.000 ejemplares en sus dos primeros años, pero la increíble suma de fabulaciones y los numerosos juicios que tuvo que afrontar por publicar cuantiosa información sin ningún tipo de veracidad llevaron al periódico a un desprestigio creciente, que prácticamente lo hizo desaparecer del mercado editorial.

A pesar de la insistencia con que Hadad niega su participación en la publicación, dos de los principales directivos de El Informador Público confirmaron el dato. Aún más, en diciembre de 1987 fue despedido de su puesto de redactor de Somos acusados de haberles vendido a El Informador Público una investigación que había preparado para aquella revista.

Hadad asegura que el motivo real de su despido fue una serie de notas que molestaron al poder en las sombras del gobierno radical. Enrique “Coti” Nosiglia le pidió a Raúl García, el director de la publicación, que se deshiciera del molesto reportero. Algunos años después, Daniel Hadad se quedó con la histórica secretaria del “Coti”, Gloria Alonso Maggi. Y el “Coti” salió a pedir por él cuando este libro estaba en ciernes. Los rencores no son sentimientos aplicables cuando se habla de negocios.
Los Pollos de Mazzorín
De a poco Hadad había conseguido colarse en la televisión y sus contactos con los servicios de inteligencia empezaban a rendirle frutos. Un hombre vinculado a la SIDE, José Luis Reidi, le abrió las puertas del noticiero de Canal 2. Allí comenzó a trabajar en el turno de la mañana y todos los mediodías devoraba panchos aderezados con cantidades industriales de ketchup en el bar de los estudios Estrella Producciones, desde donde se emite Crónica TV. Tenía un Renault 11 dorado y mostraba una extraña debilidad por las notas sociales. Hizo una crónica sobre la desnutrición en la Villa Itatí, para muchos, resultó conmovedora.

De la experiencia obtenida con su trabajo en la prensa gráfica y de la mano de Mario Gavilán, su nuevo jefe en el canal de televisión, aprendió algunas de las claves que le permitieron una carrera ascendente en la profesión. Allí aprendió la máxima, nunca admitida en público, “no dejes que la verdad te arruine una buena nota”. Probablemente el caso paradigmático del Hadad de esos años haya sido su serie de notas sobre “el caso Mazzorín”.

En 1988, el gobierno de Raúl Alfonsín empezaba a desmoronarse. El fracaso del programa económico, la recuperación del peronismo, envalentonado por el triunfo en las elecciones legislativas del año anterior y la presión de los organismos internacionales de crédito jaqueaban a la administración radical, que había rifado gran parte del apoyo popular con la declaración de una “economía de guerra”, y con las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. Pero todavía sostenía algunos puntos fuertes: no había tenido ninguna denuncia de corrupción en su contra.

Ricardo Mazzorín, secretario de Comercio Interior de la administración alfonsinista, decidió bajar los pollos a precios considerados “inadmisibles”, en respuesta al acuerdo celebrado por los principales productores locales, entre ellos, la multinacional Cargill. Esta maniobra, que los economistas denominan “cartelización de precios”, consistía en importar la aves, para obligar al mercado local a reducir los precios. La operación fue elegida como blanco para canalizar las críticas al gobierno radical. Los mismos periodistas que endiosaban al mercado ahora estaban horrorizados. El escándalo público y las presiones obligaron al gobierno a dar marcha atrás con el decreto, pero ya se había transformado en “el tema” periodístico del momento. Los rumores de entonces hablaban de toneladas de pollos que eran transportados de un lado a otro de la ciudad en camiones fantasmas. También se aseguraba que los pollos venían contaminados de la zona de Chernobyl, una ciudad en la Unión Soviética, que había sufrido un desastre nuclear.

Para aquellos días, después de perseguir infructuosamente a los pollos fantasma, el movilero Hadad se cansó. Mario Gavilán lo había mandado al Cinturón Ecológico donde, supuestamente, se había visto una larga hilera de camiones descargando y tratando de ocultar en la oscuridad de la noche miles de toneladas de “pollos de Mazzorín”. Como era de esperar, cuando llego el móvil, no pudo encontrarlos. Desde la unidad móvil, Daniel hadad se comunicó con su jefe.

-Che, acá no hay nada - dijo el cronista.
-¡No puede ser! Buscá, buscá. Esto es televisión, algún pollo para mostrar en cámaras tiene que haber entre esas montañas de basura. No me importa cómo, pero conseguime un par de pollos para la hora del noticiero – le dijo Gavilán.
Hadad que realmente le tenía bronca al gobierno de Alfonsín y quería demostrar sus habilidades como cronistas, decidió hacer una pequeña trampa.
-Nos vamos para San Martín - le dijo al camarógrafo.
A las ochos de la noche, el noticiero del Canal 2 mostró, en exclusiva, los “pollos de Mazzorín” que el gobierno de Alfonsín había tratado de esconder sin éxito en el Cinturón Ecológico. Las imágenes en la TV eran inapelables; el cronista, de gesto adusto y bigotazos, aseguraba que él personalmente los había desenterrado minutos antes de salir al aire. A los pollos se los veía muy mal, exclusivamente pálidos.
En realidad, Hadad había comprado veinte pollos en un mayorista de la zona y los había esparcido por el terreno. Luego había tomado un pollo lleno de tierra y basura mostrándolo a cámara, mientras daba el informe.
Una joven promesa
Entretanto era invitado a escribir columnas de actualidad en la revista Gente, Hadad empezaba un programa de cable junto con el ex policía Alberto Albamonte, uno de los hombres que le abrió más puertas de la política y quien lo acompañaba a llevar notas a El Informador Público. El programa se llamaba Control de Gestión, se emitía por Cablevisión y estaba auspiciado por la fundación Carlos Pellegrini, de Ricardo Zinn, ex viceministro de Economía de Isabel Perón, lugarteniente de María Julia Alsogaray durante la escandalosa privatización de la Empresa Nacional de Teléfonos (ENTEL) y miembro de la conducción de la UCeDé.

Al poco tiempo, la experiencia fue reemplazada por un programa producido y financiado por un grupo de jóvenes liberales que había creado la FUPEL (Fundación para un País en Libertad), integrada por Federico Zorraquín hijo, Carolina Vicart, Enrique Duhau, Alfredo Zaia y Santiago Lozano, entre otros. El programa se llamó Esta semana y fue la primera experiencia de co-conducción con Marcelo Longobardi, la otra joven promesa del establishment local.

En su breve paso por la televisión Hadad entendió que la plata estaba lejos del periodismo gráfico. Su sueño podía consolidarse en la radio o en la televisión, donde estaban los auspicios y el contacto directo con los dueños del capital. En Radio América le ofrecieron un espacio los domingos a la mañana, un horario que parecía marginal, y él lo aceptó. No importaba dónde, cuándo, a qué hora ni con quién, finalmente conducía un ciclo propio en el que podía hacer y deshacer a su antojo.

“Buenos días, Daniel Hadad lo saluda” era su muletilla, que festejaba como un chico. En la producción estaban Claudia Peiró, militante montonera y mano derecha de Rodolfo Galimberti en los “años de plomo”, y Eduardo “Coco” Fernández, actual número tres de Canal 13. Y un perro de caza persiguiendo avisos: Ernesto “Bucky” Delacroix, que abandonó a Bernardo Neustadt para dedicarse a la nueva joven promesa de la facturación de América.

En la mesa, lo acompañaban con soltura la locutora María Laura Santillán. Desde el inicio del programa se percibía su abierta disidencia con Hadad. Uno de los incidentes más recordados en los pasillos de la radio fue cuando plantó a DH en medio del programa. Hadad usó un tono despectivo para referirse a las Madres de Plaza de mayo, y la locutora se fue dando un portazo del estudio de la calle Honduras para no volver. Hadad terminó el día destrozado. Tenía por María Laura Santillán un amor platónico; era una de las pocas mujeres que admiraba y ante quien se sentía profundamente conmovido. Con ella tenía proyectos a largo plazo, pero todos terminaron truncos ante el desplante de la que, años más tarde, sería la cara de Telenoche Investiga.

En marzo de 1990 Daniel Hadad trató de convencer a Longobardi de llevar el programa de cable a la televisión abierta. Fueron juntos a ver el zar de la TV, Alejandro Romay, al Canal 9 de la calle Gelly. Lejos estaba ese joven de 30 años recién cumplidos imaginarse que algún día, doce años después, iba a estar del otro lado del mostrador.

Acordaron todo de palabra y quedaron en firmar un contrato a la semana siguiente. Cuando llegó el contrato, Hadad leyó una cláusula que no lo convencía: tenía que hacer una columna diaria en el noticiero.
-Eso no es lo pautado, don Alejandro –le descerrajó.
-No se haga problema, jovencito. Si no lo firma, no hay programa- contestó un imperturbable Romay.

Pidieron pensarlo. Hadad no estaba de acuerdo, pero Longobardi, sí. Como resultado, Marcelo comenzó con su programa semanal Fuego Cruzado y a hacer una columna diaria en el noticiero. Daniel Hadad se sintió traicionado y se prometió a sí mismo vengarse algún día.

De todos modos, ése no sería un mal año para Hadad. Su estrecha relación con Neustadt empezaba a dar sus frutos y en octubre tuvo su gran oportunidad, pues remplazó a los principales conductores políticos de la TV argentina de aquel momento: Bernardo Neustadt y Mariano Grondona. Bernardo, enamorado de Claudia Cordero Biedma, varios años más joven que él, había decidido tomarse unas vacaciones y dejar el programa en manos de Clara Mariño, su mano derecha, y Daniel Hadad. En tanto que Mariano Grondona estaba recién independizado y compartía la conducción con María Laura Santillán y el crítico Pablo Sirvén.

Durante todo 1990 compartió su labor televisiva con el programa radial El primero de la mañana; salía al aire todos los días de 6 a 8 por Radio América y se lo había conseguido su tutor Bernardo Neustadt. Esa maratón laboral lo llevó a ser premiado en 1991 por la Cámara Junior por “su superación y logros personales” como uno de los “Diez jóvenes sobresalientes de la Argentina”, junto con Gustavo Béliz, Martín Redrado y el actual jefe de gabinete del presidente Néstor Kirchner, Alberto Fernández. La misma distinción que una década atrás había recibido su archienemigo Domingo Felipe Cavallo.

En 1991 llegó la revancha del programa propio y comenzó a conducir En voz alta, los lunes a las 21, en Canal 2, que tuvo el curioso récord de perder a un panelista por programa. En la primera emisión quedó afuera el verborrágico economista Juan Carlos de Pablo; en la segunda, Gerardo Schamis, consejero de Carlos Menem y embajador argentino en Francia durante la dictadura, citado en el legajo 90.623 de la Conadep y, por último, abandonó la aventura el periodista José “Pepe” Eliaschev.

En voz alta se iniciaba con una declaración de principios. Una locutora en off declamaba: “En voz alta es un programa independiente, decididamente occidental y liberal, aunque pluralista, que está dispuesto a acoger en su seno todas las tendencias, menos aquellas que propugnen la violencia”. Si fuera muy estricto, la mayoría de sus amigos de entonces, hubieran quedado fuera del programa.
El Grupo Barolo
“De la nueva camada me gustan Hadad, Longobardi, Beldi y María Laura Santillán”, dijo el presidente Carlos Saúl Menem en agosto de 1991.

Un mes después aparecieron dos pedidos de informes en la Cámara de Diputados de la Nación donde Daniel Hadad aparecía ligado al Grupo Barolo, un apéndice de la SIDE. El nombre se le debe al edificio del pasaje Barolo, entre Avenida de Mayo e Hipólito Yrigoyen, donde antes funcionaba la Agencia de Noticias Saporiti y donde ahora se había conformado un núcleo de periodistas “amigos del gobierno”, financiados por los servicios de informaciones del Estado, cuya función principal era “proteger al presidente de la Nación y su equipo de gobierno de la furia opositora”.

Por esos días empezaron a circular en los ámbitos de poder y en los medios de comunicación listas negras de periodistas que supuestamente conspiraban contra “el quehacer gubernamental”. El primero de los documentos, de dudosas procedencia, estaba dedicado a la prensa nacional y decía estar motivado por “la existencia inequívoca de calderas de propulsión exógena que tienen fogoneros absolutamente definidos, concretos y científicamente inspirados” que se habrían conjurado en un “plan maquiavélico” y dándose “una sorprendente y verdadera acción coordinada” pretendían lograr “el quiebre definitivo de la principal nervadura de la confianza y la autoridad inherente a la solemne investidura presidencial (...) concentrando su acción sobre quienes son candidatos en las próximas elecciones”. A continuación ofrecía una lista de veintinueve periodistas que “a través de la propaganda gris o negra (quieren) producir el desasosiego público, la desazón, la desesperanza y la sensación popular de descomposición generalizada”. El segundo documento se centraba en los corresponsales extranjeros.

El grupo reconocía el padrinazgo político de Eduardo Bauzá y estaba controlado por el secretario de medios, Raúl Burzaco y por el periodista Luis Beldi, de Ámbito Financiero. Según el informe de la Cámara de Diputados, el staff de la SIDE se completaba con tres empleados del organismo de inteligencia de apellidos Frías, Basualdo y Rivero, más un tesorero de apellido Isnaldi que se encargaba de pagar a los columnistas con fondos provenientes de la cuenta de gastos reservados del organismo.

Aparte de Hadad, en ese momento en América TV figuraban en la nomina Marcelo Longobardi, Daniel Mendoza, Carlos Varela y, por supuesto, el nombrado Beldi.

Después del golpe recibido, Hadad elaboró una réplica reveladora en la revista Somos, un medio amigo. Allí, en un reportaje firmado por Any Ventura, se explayó sobre el asunto:
-Tampoco seamos hipócritas, el Estado tiene periodistas a sueldo. (...) Yo no soy un moralizador. Yo cuido mi vida.
-¿Qué hace que un periodista trabaje para los servicios de inteligencia?.
-Le soy honesto. Hoy no sé muy bien qué pasa. Creo que la clave está en gustarle a la gente. No importa quién banca a un periodista. Importa si le gusta o no a la gente.
Tharad y Mongobardi
Cuando empezaba 1993 y mientras seguía haciendo El primero de la mañana por Radio América, viajó a París invitado, junto a varios periodistas, por Lyonnaisse des Eaux, la empresa interesada en conseguir la privatización de Obras Sanitarias de la Nación.
París no era santo de su devoción, pues Hadad siempre estuvo fascinado por los Estados Unidos, algo así como la antítesis de Francia. Pero quedó impresionado con el restaurante Jules Verne en el quinto piso de la Torre Eiffel. Iluminado con velas, desde sus paredes todas vidriadas podía verse la ciudad luz. Estuvo alojado en uno de los mejores hoteles, el George V y fue a un restaurante árabe a comer keppe crudo, su comida favorita. Pero seguía considerando mejor el que había degustado en Londres. En el viaje eligió sentarse junto a Longobardi y entre ambos pergeñaron el regreso de H & L, que se produjo en julio de ese mismo año.
El 30 de agosto de 1994 un sketch del exitoso programa de Jorge Guinzburg, Peor es nada, fue dedicado a Hadad y Longobardi que fueron transformados por obra de los humoristas en Tharad y Mongobardi. El negro Horacio Fontova hizo de Tharad y Guinzburg, de Mongobardi. El sketch transcurría con los clásicos gags de frases con doble intención de los cómicos hasta que aparecía una misteriosa mano con un sobre que parecía contener un grueso fajo de billetes. Automáticamente los conductores se miraban de reojo y cambiaban su hipercrítica visión del gobierno por opiniones cada vez más complacientes.
Las prácticas habituales de Hadad eran vox populi. Pero la revelación más precisa llegó dos meses después.

El 2 de noviembre de 1994 un libro reveló, por primera vez, la existencia de apoyos extra publicitarios a Daniel Hadad. En un fragmento de Los dueños de la Argentina II, el periodista Luis Majul afirmaba que tanto Hadad como su socio Marcelo Longobardi recibían un honorario de tres mil dólares mensuales, cada uno, de parte de Benito Roggio e Hijos, una de las empresas contratistas más importantes del país.

El dinero, según el libro, no constituía un pago por publicidad ni auspicio de ninguno de los programas que los periodistas conducían en ese momento por Radio América o por América TV. La información fue expresamente admitida por Aldo Roggio frente a un grabador encendido y en el transcurso de un reportaje realizado en su oficina.

“¿Roggio está pagando protección, como lo hacen muchas compañías, a cambio de que los periodistas no informen sobre ellos?”, se preguntaba Majul. “¿Cuántas empresas aceptan esta práctica?”.

Un gerente de la compañía se explayó: “La empresa cree que, especialmente Hadad, puede llegar a ser el nuevo Bernardo Neustadt de la Argentina, y siempre conviene tenerlo como amigo y no como enemigo”. Aldo Roggio aseguró que el pago a Hadad figuraba en los balances del grupo. Roggio fue el primero, y acaso el único, en admitir que las principales empresas del país sobornan a periodistas a cambio de protección. Y que generalmente lo hacen por miedo y no tanto por adhesión a la “causa”. Si Roggio dice que le pagaba una “protección” a Hadad porque suponía que iba a ser el nuevo Neustadt, eso quiere decir que a Neustadt “también” le pagaba. Varios empresarios y políticos admiten, en estricto off the record, recibir “sugerencias” de parte de Hadad y su gente para publicitar, por derecha o por izquierda, en sus medios. Y temen que, si se niegan, el periodista desate una feroz campaña en su contra como la que desató contra el empresario Francisco Macri, a quien presenta en la televisión con música de fondo de El Padrino. Francisco Macri asegura, siempre bien lejos de los micrófonos, que el ensañamiento de Hadad se debe a que no quiso ceder a lo que él consideraba “un chantaje inaceptable”. Y, que los trapos sucios, prefiere lavarlos en casa. Por el momento y para dejar sentada su posición el patriarca de los Macri le retiró el saludo.

En el programa del 14 de noviembre de 1994 Hadad se jugó a fondo por la privatización de ENCOTESA, al empresa estatal de correo, mientras que Longobardi discrepó públicamente con esa posición. Fue el primer encontronazo fuerte de una guerra que se venía librando en los sótanos del poder y en la oficina de producción del programa. El fantasma de Yabrán ya empezaba a escucharse en los medios. Y provocaría una tormenta que dio de lleno en el rostro de Hadad.

Hasta ahora sobrevivía gracias a los anunciantes que por una u otra razón publicitaban en sus programas, pero sabía que para llegar le hacía falta un medio propio. Y para eso necesitaba mucho más que auspiciantes. Necesitaba respaldo, apoyo, sostén. Y buscó entre “los turcos”. Coincidencias del destino, eran justamente los integrantes de esa comunidad quienes manejaban los hilos del poder a finales de los noventa”.
 
Editorial del Diario El Cronista Comercial, del día lunes 23 de febrero de 2004
El necesario debate sobre los medios
"Si algo está claro en la conciencia social argentina después de la crisis de 2001 es que ninguna institución quedó a salvo, en mayor o menor grado, por las responsabilidades de la debacle económica y política. La clase política, anclada en viejos moldes, recibió el cuestionamiento más importante, que supo justificar a fines del año pasado con el resurgimiento del escándalo de las coimas en el Senado y nuevas revelaciones sobre casos de corrupción. La incapacidad de vertebrar consensos y la pulseada por los servicios públicos puso en la mira, también, a las entidades empresarias. Las críticas, desde diversos sectores, alcanzaron a sindicalistas, economistas, policías, piqueteros y además, a algunos comunicadores sociales.

En mayor o en menor medida (más bien en menor medida) se apeló a la autocrítica para encontrar explicaciones ante semejante derrumbe y buscar cierta reconciliación con la sociedad. Asumir las responsabilidades por el pasado reciente es necesario, pero sobre todo hace falta una introspección profunda en cada una de las instituciones para detectar los cambios que reclama una oportunidad histórica de recuperación para la Argentina. En esa lista, los medios de comunicación no pueden estar ausentes.

Hay datos sintomáticos que encienden una luz de alerta. Ya en 2002, una encuesta del Centro de Estudios Nueva Mayoría reveló que la imagen pública positiva de los medios había descendido drásticamente desde un 62% en 1996 a un 27% en ese año. Si bien hubo una recuperación (en 2003 se ubicó en 40%), se perdió la mitad del prestigio entre la última etapa menemista, el ascenso de la Alianza UCR-Frepaso y la devaluación de Duhalde.

Las críticas hacia las posiciones de los medios forman parte de su esencia, la libertad de opinión es necesaria y debe quedar al margen de las urgencias políticas y las razones económicas. Pero ello no impide que se busquen formas de mejorar lo que cada vez, con mayor asiduidad, sentencian lectores, oyentes y espectadores: que los medios -al menos alguno de ellos- no están reflejando la realidad del país con la nitidez con la que podrían hacerlo, por acción u omisión. La misión de informar con objetividad y responsabilidad debe estar a salvo de toda duda.

Aún más grave, las sospechas de corrupción deben ser despejadas. La semana pasada, por ejemplo, el controvertido periodista Guillermo Cherashny admitió en un programa radial haber cobrado sobres de la SIDE (Secretaría Inteligencia del Estado) durante la gestión de Carlos Menem, y dijo no haber sido el único. En esa lista, incluyó al periodista, Miguel Bonasso, actual diputado nacional por el oficialismo. Los medios deben procurar que esas denuncias se esclarezcan.

El Cronista reafirma su compromiso de independencia, ética y vocación de servicio. Por eso, convoca a un sincero debate en su foro de Internet (www.cronista.com) sobre el camino adecuado para fortalecer el bien más preciado de los medios modernos: la credibilidad".

DsD 24 - 2 - 2004
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