| Reflexiones de Fernández Díaz publicadas
en La Nación el pasado 7 de junio |
| Pecados y virtudes del periodismo |
| El secretario de redacción de la sección
Política del diario La Nación, Jorge Fernández Díaz realizó una exposición
el 31 de marzo en una mesa redonda organizada por la Asociación de
Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa). Se trató de un debate
sobre los desafíos de la prensa, del que también participaron Magdalena
Ruiz Guiñazú y Daniel Santoro (http://www.adepa.org.ar/editables/JD-panel.asp).
El pasado 7 de junio, Día del Periodista, el diario La Nación decidió
publicarla íntegra en su página de opinión. La nota fue muy comentada
en varias redacciones de los diarios capitalinos. El DsD reproduce
hoy el texto dado que se trata de la contribución al debate sobre
el rol del periodismo más valioso que se haya publicado en lo que
va del año 2005. Para todos los lectores que se la perdieron, entonces,
un excelente disparador de reflexiones sobre la profesión. |
El periodista de La Nación Jorge Fernández
Díaz
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Fernández Díaz es periodista profesional
desde 1981. Realizó investigaciones para las revistas Qué y El Periodista,
fue redactor especial del diario La Razón, jefe de redacción de El
Diario del Neuquén, secretario de redacción y jefe de política del
diario El Cronista, subdirector de las revistas Somos y Gente. En
1997 fue subdirector de la revista Noticias, en 1998 subdirector del
diario Perfil, en 1999 creó y fundó la revista Espectador y en febrero
del 2000 se convirtió en el director de la revista Noticias. Dos años
después, pasaría a ser secretario de redacción a cargo de la sección
política del diario La Nación.
Paralelamente, escribió las novelas policiales “El asesinato del wing
izquierdo” (América) y “El dilema de los próceres” (Sudamericana),
“El hombre que se inventó a sí mismo”, la polémica biografía no autorizada
de Bernardo Neustadt y “Mamá”, un relato sobre la inmigración española
en Argentina.
A continuación, el texto “Pecados y Virtudes del periodismo”
Los años noventa serán recordados, entre otras cosas, por el gran
auge de los medios de comunicación. Las privatizaciones de los canales
y de las radios y la explosión de la sociedad mediática multiplicaron
por miles las voces del periodismo. La verdad se transformó en un
gran negocio. Y el periodismo político fue la vedette del momento.
Confundido por el caos informativo y sin tiempo para entender tantas
y tan diversas complejidades de este mundo hiperinformado, el público
comienza a buscar referentes (periodistas o medios) en quienes delegar
el trabajo. Busca comunicadores que lo representen ideológicamente
(utilizando la palabra “ideología” en su sentido más amplio) y en
quienes pueda confiar. Esos comunicadores deben hacer dos cosas fundamentales:
seleccionar qué es lo verdaderamente importante y establecer qué se
debe pensar sobre los temas centrales de la actualidad.
Este último punto no implica, por supuesto, una actitud pasiva por
parte del receptor. Pero desnuda, sí, una tendencia creciente: el
público no sólo compra información; compra también pensamiento. No
tiene tiempo para pensar en profundidad si está bien o está mal abolir
las listas sábana. Adopta, entonces, la opinión de sus delegados,
los periodistas o medios que eligió previamente, quienes tienen el
tiempo y el conocimiento para procesar los datos, formarse una opinión
y transmitirla con eficacia.
Comienza, de este modo, la gran era de los periodistas referenciales.
Y, con ellos, la democracia del contestador automático.
Por un lado, los ciudadanos empiezan a participar en los medios de
opinión pública: lo hacen, principalmente, a través de las radios.
Y, por otro, van generado como efecto no deseado el periodismo demagógico.
Expliquemos esto. Un periodista gráfico comienza a trabajar en radio.
¿Qué quiere? Contar la verdad y expresar su mirada sobre el mundo.
Pero, digámoslo con sinceridad, sobre todo quiere tener éxito personal.
Conozco a algunos amigos que entraron en la radio con una idea política
y salieron de la radio con otra. Uno de ellos el primer día hizo un
comentario y recibió cincuenta llamadas castigándolo. Al día siguiente,
lo llamaron otros cien oyentes para recriminarle. Al tercer día, empezó
a morigerar su posición: sólo recibió veinte mensajes en contra, y
dos a favor. Lentamente fue virando su posición y siendo complaciente
con su audiencia y hubo un momento en el que recibió cincuenta llamadas
a favor. Y siguió ese camino. Y se convirtió en un superperiodista,
en un referente social y en un héroe de la democracia. Es decir, en
un predicador electrónico y en un demagogo mediático.
Estos ejemplos son muy peligrosos. Se supone que los periodistas tenemos
acceso privilegiado y cierta formación para entender los hechos. Si
no decimos lo que tenemos que decir, sino lo que el público quiere
escuchar, estamos practicando una especie de “clientelismo periodístico”.
El cliente, en periodismo, no siempre tiene la razón.
Es el caso extremo de un médico. La cosa funcionaría así: un médico
me dice que tengo que hacer un régimen estricto para bajar la presión
arterial. Y otro médico me asegura que no es tan grave. Yo elijo la
verdad que me conviene y sigo con mi vida. Pero resulta que un día
tengo un pico de tensión y termino en terapia intensiva.
El periodismo político fue demagógico. Y se volvió maniqueo.
Todos eran héroes o villanos. Todo era blanco o negro. Los matices
no entraban entre tanda y tanda.
La vida enseña que las cosas no son blancas y negras. Las cosas tienen
la costumbre de ser desconsideradamente grises. La historia argentina
demuestra que grandes canallas llevaron a cabo enormes actos heroicos.
Y que grandes héroes cometieron también grandes canalladas. Pero la
complejidad de la verdad era “densa” y no daba rating.
Otra mutación del periodismo político fue la que lo llevó a convertirse
en simple periodismo policial. Esto respondió, en principio, a la
judicialización de la política. Pero el fenómeno es mucho más complejo.
La corrupción se transformó, por esos años, en el gran tema central.
Y seamos justos: el periodismo hizo aportes extraordinarios en esta
materia. Investigó con rigor y con valentía y ayudó a oxigenar la
política argentina. Hay innumerables ejemplos de periodistas rigurosos
que han hecho aportes notables. Y hay muchos periodistas que fuimos
perseguidos por contar la verdad en aquellos años calientes.
Sin embargo, de la sana costumbre de la investigación se pasó al “periodismo
de denuncia”. Derribar ministros, diputados y concejales se convirtió
en un deporte periodístico. Rendía en materia de rating y en circulación,
era premiado, conllevaba un gran prestigio, y entonces todos quisieron
hacer una muesca en su arma. “¿Cuántos políticos derribaste vos? ¿Cuatro?
Yo, nueve”. Esa actitud bastardeó al periodismo de investigación.
Y mucho tuvo que ver que la televisión se haya apropiado de su tecnología
y de su modus operandi y que lo haya hecho, más allá de algunas excepciones,
de manera frívola. Todos tenían en aquellos tiempos un “papelito”,
es decir, un expediente de un político en un juzgado. Se arrojaba
por la ventana a un juez a las ocho de la noche, se le ponía una cámara
oculta a un fiscal a las nueve, se denunciaba a un ministro a las
diez y se obligaba a renunciar a un funcionario a las once. Eso ocurría
todos los días. Había un Watergate berreta cada sesenta minutos. En
eso se había convertido el periodismo político. Tire al blanco, que
no hay problema.
Admitamos este pecado: había gatillo fácil en la prensa argentina,
y se produjeron verdaderos estropicios en nombre de la libertad de
expresión.
No hay posibilidades humanas ni económicas de llevar a cabo investigaciones
rigurosas a repetición. Luego, entre los jueces complacientes con
el poder y el hecho de que las pruebas presentadas eran insustanciales
o directamente equivocadas, se fue creando un clima de gran frustración.
“Para qué voy a seguir viendo esos programas si al final todo termina
en la nada”, decía la gente en las encuestas.
La denuncia hartó, fueron cayendo el rating y las tiradas y el público
buscó otra cosa. Buscó comprender.
“Comprender” es el verbo que sucedió al verbo “denunciar”, y ahí el
asunto no fue tan fácil. Ya no estaba en el poder el hombre que cargaba
con todas las culpas. Llegaba al gobierno una coalición distinta en
medio de una recesión profunda. Había que comprender qué habíamos
hecho mal y qué nos esperaba.
“La verdad es que contra Menem estábamos mejor”, me dijo un colega
en aquellos días, desesperado porque se había quedado sin brújula.
Es que, preparados para rastrear corruptos, los periodistas tuvieron
que vérselas con fenómenos mucho más complejos, para los que no habían
sido formados. Tuvieron que mostrar los libros que habían leído, la
ideología que tenían y el poder de análisis que eran capaces de desarrollar.
Pocos cazacorruptos pudieron con ese desafío. Que es el verdadero
desafío del periodismo político. Pocos “corruptólogos” entienden de
verdad la historia argentina. Es relativamente fácil encontrar un
culpable; es dificilísimo entender la multicausalidad de un hecho
histórico, de una tendencia social, de un malentendido político.
Luego llegó la gran debacle de 2001. Los medios, como las empresas
en general, vieron de cerca el abismo. Y los periodistas también.
Acobardados, al borde de la quiebra y la inanición, los medios se
hicieron débiles y comenzaron a hablar en voz baja, y los periodistas
tuvieron que lidiar con esa situación inédita. Es indudable que en
ese período, en la medida en que se perdía calidad institucional,
se perdía también independencia periodística. La verdad dejó de ser
un gran negocio.
Sólo empresas fuertes garantizan independencia. Se trata de una ley
muy vieja, pero sigue siendo verdadera y eficaz. La política hizo
un crac y el periodismo trató de juntar los pedazos del piso. En eso
estaba cuando llegó Néstor Kirchner.
Este año, usurpando el espacio dominical de Mariano Grondona, escribí
una estampa de Kirchner. Allí decía textualmente: “Todas las mañanas,
alrededor de las 8, el Presidente y su jefe de Gabinete se sientan
a leer juntos los diarios nacionales y extranjeros. Es un ritual inquietante
que suele durar una hora y que está lleno de comentarios feroces,
párrafos recitados en voz alta, intercambio de elucubraciones, rabietas
íntimas y nerviosas llamadas telefónicas para pedir a un funcionario
una explicación o para darle a un ministro una reprimenda. Kirchner
es temible cuando la realidad publicada lo contradice. Tiene una habilidad
extraordinaria para detectar las fuentes anónimas echándole un solo
vistazo a una nota y posee una extraña paranoia que convierte la casualidad,
el error o el simple ejercicio de la verdad informativa en fantasiosas
conspiraciones.
“Luego, durante el día, exigirá ser informado cada hora de lo que
se escribe en las agencias noticiosas y de lo que se dice en la radio
y en la televisión. Trabaja con el televisor encendido y pide estrategias
para instalar tal o cual tema, o para bajarles línea a los periodistas,
y exige que sus colaboradores llamen a los columnistas radiales o
televisivos y les recriminen personalmente algún comentario o la puesta
en el aire de determinada nota. Son llamadas persuasivas. El gobierno
nacional es uno de los más importantes anunciantes de la Argentina
y aplica premios y castigos con la publicidad oficial. La política
mediática es la más eficiente política de Estado de la administración
Kirchner.”
Aclaro, por las dudas, que luego de escribir esta nota el jefe de
Gabinete tuvo la deferencia de no cerrarme las puertas de la Casa
Rosada en la cara. Un extraño privilegio, en el contexto de una administración
vengativa.
Las rabietas presidenciales con la prensa son por todos conocidas.
Joaquín Morales Solá, José Claudio Escribano y el diario LA NACION
han recibido andanadas verbales casi semanalmente durante los primeros
meses del año.
Lo curioso es que el gobierno de Kirchner tiene la particularidad
de saber enmendar algunos de sus errores. Cuando se equivocó en el
acto de la ESMA, se enmendó. Cuando se fue de boca, se enmendó. En
cada una de esas oportunidades las cosas sucedieron así:
* El periodismo le señalaba el error.
* Kirchner se enfurecía y atacaba al periodismo.
* Kirchner enmendaba el error.
* El periodismo se lo reconocía.
Y vuelta a empezar.
El periodismo está para señalar los errores, y el Gobierno para enmendarlos.
Y el Presidente para ahorrarse esas rabietas, que tan mal le hacen
al estrés público y privado.
Pero es innegable que la llegada de Kirchner a la Casa Rosada produjo
cambios en el periodismo nacional. El Gobierno tiene para cada medio
una pauta publicitaria, un negocio, un castigo. Divide entre amigos
y enemigos y discrimina con la información. Otorga primicias oficiales
a los que son complacientes y deja fuera de la información a los díscolos.
Y a veces llama a un periodista progre que se atreve a la mínima crítica
y le pregunta: “¿Por qué le estás haciendo el juego al neoliberalismo?”.
Una curiosa imputación ideológica que yo no había oído en mis veinticinco
años de trinchera periodística.
Toda esta política mediática provocó dilemas en la comunidad de prensa.
Un periodismo progresista que atacaba a Menem y a las corporaciones
políticas se encontró con un presidente que encarnaba su discurso
y no pudo sustraerse a apoyarlo decididamente. Dejó así su célebre
aunque discutible concepto de que el único periodismo era el periodismo
crítico del poder. “Si la prensa no critica, hace propaganda”, decía
ese mismo periodismo, que hoy dejó la crítica de lado para practicar
un oficialismo militante.
Otro periodismo combativo, sin embargo, siguió siendo crítico, bajo
la consigna de ser, como decía Cela, defensor del hombre común y fiscal
del poder.
Se trata de dos doctrinas opuestas. Para dar dos ejemplos internacionales,
mencionemos a El País de Madrid y a The Washington Post, dos de los
mejores periódicos del mundo. El País acompañó el proceso socialista
en España. Lo hizo en nombre de su honestidad intelectual. El espacio
crítico que dejaba lo ocupó el diario El Mundo. Fue un costo bastante
caro el que pagó El País, le nació un competidor temible, pero tuvo
la lucidez de seguir haciendo un producto de gran profesionalismo
y logró, a pesar de todo, mantener el espíritu crítico y el liderazgo.
The Washington Post tiene otra idea. Una vez, un editor argentino
le preguntó a Katharine Graham, su legendaria editora, cuál era la
línea de su prestigioso diario. Y ella respondió: la línea editorial
consiste en criticar al gobierno de los Estados Unidos.
Confundido, el editor argentino le preguntó:
“–Sí, ¿pero a qué gobierno?
–Al gobierno de los Estados Unidos. Cualquiera sea”.
Criticar al poder, para Graham, es la manera de aceptar un rol indelegable
del periodismo independiente.
Pero la era Kirchner también abrió otro debate periodístico entre
quienes siguen defendiendo la fría objetividad de los hechos, es decir,
la vieja escuela norteamericana, y quienes propugnan un periodismo
ideológico, con fuerte toma de posición. El compromiso de los hechos
frente al compromiso de las convicciones ideológicas. Digamos: entre
Bob Woodward y Rodolfo Walsh. Entre Ben Bradlee y Domingo Faustino
Sarmiento. Es un debate incipiente en la Argentina y, a la vez, es
el más viejo debate del periodismo político.
Como sea, criticar al gobierno de Néstor Kirchner e investigarlo a
fondo, es decir, practicar todas las formas del periodismo político,
no es tarea fácil en la Argentina de hoy. A la cantidad de triquiñuelas
que el Gobierno utiliza con la prensa se agregan episodios inéditos.
Se podrían contar muchas anécdotas de esta administración. Pero contaré
aquí una que es bastante simbólica. No voy a nombrar al funcionario,
por delicadeza y porque terminó siendo una víctima. Baste decir que
una redactora trajo un día una larga entrevista con un ministro de
Kirchner. En ese reportaje, con fotos y grabador de por medio, el
ministro repasaba múltiples temas. Advertimos que, como al pasar,
hacía un importante anuncio sobre un asunto candente. Le pedimos,
entonces, a la redactora que tomara esa información, la contrastara
con otras fuentes y pidiera opiniones críticas. Abrimos el diario
de ese domingo con el anuncio y con la cita textual del ministro.
Esa mañana, el Presidente leyó en Olivos la nota, llamó al ministro
y, hecho una furia, lo reprendió con dureza. Le recriminaba, en realidad,
haber dado una buena noticia. Las buenas noticias las tiene que dar
el Presidente. También le ordenó, sin derecho a queja, que saliera
a desmentir la información. A decir que el diario había mentido. El
vocero del ministro elaboró un comunicado y se lo dio a todas las
agencias de noticias. Durante cuarenta y ocho horas la desmentida
fue multiplicada por todos los medios. El vocero, avergonzado, llamó
a un editor de nuestro diario y le pidió perdón, le dijo que eran
órdenes de arriba. Tres meses después, cuando ya nadie recordaba el
episodio, el Gobierno confirmó el anticipo de LA NACION.
Me atrevo a puntualizar los desafíos que tenemos hoy los periodistas:
dudar, formarnos de manera incesante, no hacer reduccionismos, evitar
las simplificaciones, contar los matices de la realidad. Ser autocríticos,
rigurosos, anticíclicos. Y ser, ante todo, independientes, por encima
del miedo, de las conveniencias y de los negocios. Ser capaces de
criticar al Gobierno en sus errores y de elogiarlo en sus muchas virtudes.
Ser capaces de eso, aun teniendo siempre en cuenta la vieja máxima
de Voltaire: “Es peligroso tener razón cuando el gobierno está equivocado”.
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| DsD 14 - 6 - 2005 |
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