Quito
Otros momentos fueron particularmente difíciles: su llegada en helicóptero al Regimiento de la Tablada, casi 24 horas después de iniciado el intento de copamiento por el Movimiento Todos por la Patria. Cuando el helicóptero que había despegado desde Olivos llegó a las inmediaciones de la unidad militar, aún se escuchaban disparos. Y al descender Alfonsín fue recibido por un pelotón de oficiales del Ejército, fuertemente armados y con la cara embetunada. Era el retorno a la luz pública de los carapintadas, los que con Aldo Rico habían puesto en jaque a la democracia en los hechos de semana santa.
Otra novedad, fue la presencia de un juez federal, Gerardo Larrambebere, de Morón, lo que representaba la inédita presencia de un juez de la Constitución en un ámbito hasta entonces reservado para la justicia militar. El magistrado, de todos modos, avaló los procedimientos militares y la causa por tormento y desaparición de personas aún sigue dando vueltas por los tribunales internacionales.
En ese momento, luego de recorrer instalaciones devastadas por morteros y cañones, y al pasar junto a cuerpos destrozados y mal olientes por el efecto del intenso calor, la comitiva que acompañó a Alfonsín fue advertida de que aquellos tiros que aún se escuchaban formaban parte de una misa en scene de los propios militares para magnificar la represión: eran disparos al aire de las tropas oficiales. Tampoco lo supo en aquel momento Raúl Alfonsín: pero quizá entre los cuerpos estuviera el de un periodista: Carlos “Quito” Burgos quien había entrevistado más de una vez al propio Alfonsín, cuando se desempeñaba como Jefe de Noticias del diario La Opinión. El cuerpo de Burgos nunca apareció.

En el avión
Pero no todo fue dramático en la presidencia de Alfonsín. Los viajes al exterior en el viejo boeing Tango 01 fueron ámbitos para anécdotas varias. Solía viajar un nutrido contingente de periodistas de los medios y del ámbito oficial: Eugenio Paillet, de Noticias Argentinas, Oscar Cardoso, de Clarín; Charly Fernandez, Luisa Valmaggia, Ricardo Goncalvez, entre otros. Siempre estaban ubicados en los asientos de atrás y el boeing no era de lo más cómodo. Eso iba generando presión a medida que pasaban las horas de vuelo. Y la descarga era una especie de cantitos tribuneros, coreados por los periodistas.
Aunque parezca mentira se llegó a cantar, para escozor de varios funcionarios radicales: “Traigan al gorila de Alfonsín, para que vea, que esta banda no cambia de idea, lleva la bandera de Evita y Perón”. En uno de los viajes Paillet compró, para sus hijos, un pequeño órgano, con el cual comenzó a hacer escuchar los acordes de....la marcha peronista. En pleno avión presidencial. Eduardo Menem que era uno de los invitados como senador, se acercó presuroso al oír la marchita, en tanto José Ignacio López no disimulaba su sorpresa.
Irascible
En un viaje relámpago a China, al partir de regreso, perdió el avión el jefe de seguridad de Alfonsín, el teniente coronel Yago de Gracia, quien se había demorado haciendo compras. Las cargadas a bordo no se hicieron esperar, pero esto motivó más de un enojo y hasta escenas de pugilato con el director de Prensa de la Presidencia, el irascible Carlos Castro.
“Me debe un alfajor”
El viernes 3, se sumó al anecdotario periodístico el secretario de redacción de diario La Capital de Mar del Plata, Marcelo Pasetti, a través de una nota titulada “Gracias por la primicia doctor”.
Contó que siendo un joven cronista que recién estaba haciendo sus primeras armas periodísticas, “jamás iba a imaginar que unos meses más tarde estaría sentado en el avión presidencial, viajando a la India y Grecia, formando parte, como periodista, de la delegación que acompañaba al Presidente de la Nación. Y menos aún, que el mismo hombre que emocionaba cerrando sus discursos con el preámbulo de la Constitución, ahora jugaba al truco, ahí, a metros de mi asiento, con Ricardo Campero, entonces secretario de Comercio como compañero, contra dos reconocidos colegas capitalinos”.
Relató que “la gira continuó y los argentinos volvimos a emocionarnos en el Partenón, en Atenas, en una mañana muy fría. El presidente Alfonsín estaba de muy buen humor, con un sobretodo grueso y bromeaba con todos mientras recorríamos esa maravilla. En un momento, jamás lo podré olvidar, se acercó y me preguntó cómo lo estaba pasando. Alcancé a decir un par de frases, y sentí que me apretaba el brazo. ‘El lunes nos recibe Felipe González en España. Va a ser muy importante’, confesó. Lo miré sorprendido y le pregunté si lo podía dar a conocer. ‘Claro m'hijo, para eso se lo cuento’, me disparó”.
Luego continuó la anécdota con el llamado a la redacción:
“Llegué al hotel e inmediatamente redacté la crónica con la primicia. Al rato llamé al diario para confirmar que hubiese llegado -había once horas de diferencia- y en pleno cierre, el secretario a cargo fue cortante: ‘Sí, llegó, pero eso no lo vi en ningún lado’. -Claro que no porque es una primicia, comenté. -¿Y quién te lo dijo? -No importa, pero es verdad. Publíquelo sin problemas, alcancé a decirle. -Más vale que no metas la pata, pendejo, fue su amable despedida”.
Y comentó que “al otro día, en el desayuno, se acercaron dos colegas a mi mesa. ¿De dónde sacaste lo de Felipe González?, preguntó sin un buen día el más veterano. Lo habían llamado desde su redacción en Buenos Aires, donde se chequeaban todos los diarios, y esa primicia no la tenía. Al rato, en conferencia de prensa, el presidente Alfonsín hacía el anuncio”.
Y remató que en el avión de vuelta “simplemente le dije: ‘Señor Presidente, muchas gracias por la primicia del otro día’. Me miró, sonrió, leyó en voz alta ‘Mar del Plata’, en la credencial que yo llevaba colgada y palmeándome lanzó un: ‘Me debe un alfajor’...”.
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